Por Sergio E. Cerecedo

Jimena Monteoliva (2019)
Desde hace unos años, la plataforma de distribución Blood Window, impulsada por el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA) de Argentina, se ha especializado en llevar a festivales y públicos masivos propuestas de terror y fantasía de lo más variadas, así como realizando convocatorias para postproducción y pitching (negociación de los guiones para su realización) en las que han tenido cabida numerosas producciones latinoamericanas. Con ese ritmo y constancia en su trabajo, se ha vuelto una buena costumbre verlos en los créditos de películas que llegan a los festivales de nuestro país. En una de las pasadas edición del macabro se exhibieron un par de títulos apoyados por sus programas, entre ellos el que hoy nos ocupa.
Elena, una mujer joven que fue secuestrada cuando pequeña, regresa más de 10 años después herida y enferma en un contexto de pandemia donde un virus ronda entre los lugares más insalubres y las niñas siguen desapareciendo. Su hermano Facundo es doctor y, ante su vuelta, de inmediato se dispone a curarla y ayudarla a recuperarse e integrarse a una vida normal. Lo que vivió en esos años es un misterio y él la llevará a vivir con su esposa, que se mantiene escéptica y temerosa porque sus hijas contraigan la enfermedad, aunque intenta siempre ser amable, y sus hijas pequeñas, Emma y Juli, de inmediato le toman cariño como una hermana más. Elena no habla mucho, poco a poco va integrando los recuerdos de lo vivido en un secuestro donde vivió entre las cloacas, con seres entre los que se encuentran contrabandistas, drogadictos y una criatura mutante ansiosa de sangre.
Entre sus múltiples virtudes, podemos decir que la atmósfera enrarecida en la visualidad del filme está muy bien lograda al más que optar por hacer la típica mansión lúgubre y con telarañas, decidirse por lograr esa irrealidad con detalles como juntar escenarios que lucen de diferentes tiempos —mientras la guarida de la criatura y los vagabundos es como una cloaca vista en las historias con futuros distópicos, la casa y la vida campirana de la familia remite más a siglos pasados, el domo del hospital donde trabaja Facundo es más actual.
El diseño sonoro consigue texturas bastante envolventes en incidentales y ambientes, aunque si acaso se siente demasiada presencia de la música en el principio, pues da la impresión de que realza la técnica más que meternos en la historia, pues esos juegos de percusiones metálicas y drones me parecen más que bien logrados en varios momentos, pero en otros se apreciaría un poco más de silencio.
La directora Jimena Monteoliva —productora de variados trabajos— dirige con brío un guion ajeno, pero en el que se le siente comprometida y se nota su mano en las secuencias. Principalmente en la creación de vértigo en el tramo final.
Conforme avanza la trama, ciertas dudas aparecen ¿Qué tan coludida está Elena con los habitantes de los túneles y cloacas? ¿Su afán de guardar esos secretos es indecisión, miedo o evasión de la realidad? ¿Cariño por su captor? Esa ambigüedad queda carente de una mayor exploración. La película en sí funciona en un tono ligero, si uno no es demasiado exigente con la complejidad de la trama y le toma el valor que se debe a una producción esmerada, donde las actuaciones y caracterizaciones sí consiguen ser expresivas y conectar con el espectador, demostrando que no hay que gastar una millonada para lograr escenarios y personajes fantásticos que evaden la risa involuntaria.
Pero es precisamente ahí donde la parte del argumento y su desarrollo pueden hacer ruido en un par de aspectos narrativos que se ven venir de lejos y se sienten un tanto inocentes y explícitos —sus referencias a las fábulas infantiles son muy evidentes y quizá eso le reste fuerza, pues la combinación de conceptos no se amalgama del todo—. Si uno mira la película como algo propiamente de terror, puede que se decepcione por la carencia de susto fácil, pues “Matar al dragón” va más por lo situacional, y aunque las circunstancias tensas se agoten pronto, es un film que se recupera secuencia por secuencia y consigue mantenernos ahí, aunque más por las acciones y la eficiencia con que es filmada que por la historia en sí.
Con ambas observaciones, me da mucho gusto que estos productos de género sean cada vez más frecuentes y reconfiguren los cánones de lo que deben ser el terror y la fantasía, no por nada esta vertiente es cada vez más frecuente en América Latina y el mundo y por lo mismo, los creativos se ven retados a siempre tener ideas nuevas o reinvenciones bien pensadas y auténticas de lo ya conocido. “Matar al dragón” se nutre de algunos elementos clásicos para brindarnos un producto vigente y entretenido.
