Monstruo de Xibalba: el multicolor del Más allá

Por Sergio E. Cerecedo

Un viejo amigo que solía ir a trabajar por temporadas en la ahora controvertida Tulum, hace unos 10 o 12 años, me comentaba mucho que vivir en la llamada Riviera Maya podría sentirse como un espejismo, donde todo lo que mucha gente trabaja no se ve, el idioma originario vive marginado y también quien lo habla trata de defenderse de diversas maneras, como un paraíso que existe para los ojos de todos, pero cuyo goce cada vez era más reservado para quien tiene el recurso económico. Por otras personas importantes en mi vida pude percatarme también de las diferencias sociales en las cuales la gente que en los hoteles te atiende con una sonrisa y con atención, fuera de ellos, en su entorno cotidiano, no se siente con la confianza de hablarte si no está el vínculo del intercambio de servicios, ambos mundos permanecen ajenos.

En este contexto, la Riviera Maya ha sido objeto de retratos muy televisivos y vacacionales de la región más propias de la publicidad y del perpetuar esta explotación a lo bello sin una cercanía cotidiana al estilo de vida o las diferencias con otras regiones del país, la directora Manuela Irene lleva su inquietud de trabajar con infancias a la ruralidad de Yucatán, logrando un relato con puntos sumamente interesantes en su primer película, que, dicho sea de paso y como han mencionado directora y fotógrafo, también apostaron por este proyecto bajo la premisa de que hay muy pocas películas clasificación A, ya que las infancias también deben audiover contenidos sobre otras infancias.

Rogelio es llevado a unas vacaciones obligadas por hechos de violencia en su ciudad natal con Eduarda, su Nana, a la península de Yucatán. El discurso de la inocencia como búsqueda, la urbanidad como una burbuja en la cual poco se tiene de referente al pasado de las civilizaciones forman el escenario. Rogelio es alguien que oculta cosas, anda por ahí cumpliendo caprichos y sus amistades no son la imagen de gente idealizada por la nostalgia al estilo del melodrama, sí es un niño con intereses un tanto macabros —como ahora los hay muy de moda por algunas series gringas—, pero que detrás de ello alberga curiosidad y también la soledad del explorador solo con su causa. Las leyendas que sus amigos le cuentan de monstruos y espíritus que circundan este pueblo que al principio le es extraño serán refrendadas o desmitificadas conforme él vaya comprendiendo cuál es el sentido de la existencia de cada cosa, persona, momento.

Dentro de este misterio y la oscuridad de algunos temas, también podemos ver el divertido choque cultural entre el niño chilango —en realidad de Cuernavaca— y sus nuevos amigos locales; también cómo las pirámides y zonas arqueológicas forman parte de su estar diario y de dudas que traen preguntas muy graciosas propias de la infancia y el descubrimiento del mundo. De estas puntadas divertidas también se escinde un retrato de la cotidianeidad de las personas que crecen cerca de los ríos y zonas plenas de vegetación y fauna propia del lugar, sin embargo, dentro de esta propuesta fresca y disfrutable, sí siento que extrañé un poco escuchar más la lengua Maya, sobre todo porque la película supo mostrar muchas cosas sin aleccionar o pretenderse didáctica. Creo que más diálogos que no estuvieran en español hubieran tenido más contribución al aire de misterio y también a cómo todo se va haciendo más conocido para los personajes conforme Rogelio se incorpora al pueblo.

Entre los puntos que podrían estar más desarrollados en la película, encuentro una falta repentina de anclas emocionales con la situación de un par de personajes, otro punto que puede llegar a restar interés y sacar de la jugada al espectador es la inestabilidad de algunas tomas de cámara en mano que difuminan las intenciones de las escenas, hay paisajes llenos de texturas naturales que por este temblor no nos permiten concentrarnos en el detalle; esto es especialmente notorio en un partido de béisbol donde se siente una confusión no deseada en lo visual, el tambaleo de la cámara y la inconstancia del foco no nos dejan a nivel sensorial saber qué sentir ni a nivel narrativo saber en qué empieza y termina, redondear estas intenciones elevaría aún más el nivel de abstracción y nos permitiría envolvernos más en el mundo que la directora nos propone. Pese a estas cuestiones técnicas que atropellan nuestro entendimiento de la pieza, la cámara busca estar cercana y curiosa, y eso, como ya dije, es importante en el retrato de tierras que se prestan a mucha lejanía ideológica, visión superficial turística, como la que se critica y es objeto de burla en una secuencia.

La partitura de Tomás Barreiro se permite el uso de instrumentos que recuerdan al folklore del sur del país y del continente americano, pero sin llevar las armonías por ese camino, si no más por el lado misterioso que tomaban scores como el de “Tiempo compartido” (Sebastian Hoffman, 2018). Sus acordes compilan y reacomodan sonidos que tenían las piezas de Silvestre Revueltas y la vertiente nacionalista de los músicos mexicanos, lo que es bastante notorio en el uso de los alientos maderas, y variados acentos disonantes de las cuerdas. También hay un dejo muy majestuoso de las bandas sonoras de Mario Lavista, sobre todo las que acompañaban los inicios y finales de las películas de los cincuenta.

Las decisiones de montaje son por demás extrañas, pues llevan a la película a una vertiente sensorial en la cual sí, tenemos retazos de historias, pero el desarrollo de personajes es más de impresiones que de ese intento de evadir el lugar común, el sentido dado por unir instantes de exploración, de hacer nuevos lazos y comprender una tierra ajena a través de su variada gente (mujeres, hombres, adultos mayores, niños, alguien con capacidades diferentes, inclusive de los animales).

Acierta en la sensación de desconcierto que imprime a las cosas y momentos en el trayecto de alguien que está en la transición de solo escuchar de los temas difíciles y del final de la vida a presenciarlo cada vez más en su vida personal. El niño ve la vida con extrañeza y la manera de editar refuerza esa aura que tienen las imágenes. Mención aparte para la corrección de color que no escatima en el contraste y que nos regala imágenes muy vívidas y no convencionales de la península.

Grabada en diversos municipios de Yucatán como Espita, Celestún, las Coloradas o San Pedro Chenchelá, es estimable que en su propuesta hayan considerado sí darle el carácter de naturaleza no acondicionada del todo, no solo ver lugares bonitos y reservarse el exotismo y los paisajes naturales de las zonas mayas para pasajes surreales de la historia, como los sueños del niño. Lo que vemos del pueblo no siempre es bonito y la naturaleza y el campo mexicano no pierden la condición agreste y la dualidad entre el valor ecológico y cultural de los lugares y la dificultad de quienes la habitan para preservarla y sobrevivir a la vez.

 

 

 

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