Por Sergio E. cerecedo
En los años 2000 en gran parte de Latinoamérica se abren muchas puertas de libertad creativa y de expresión en cuanto a temas y periodos históricos que antes hubieran estado vetados, inclusive películas inspiradas en hechos reales como El Violín (Francisco Vargas Quevedo, 2005). Como parte de esto “Postales de Leningrado” se ubica como una película inspirada en hechos personales de la directora Mariana Rondón y las personas que conoció. Rondón actualmente se ha consolidado como una directora socialmente comprometida que ha abordado cuestiones como la identidad de género, las tensiones devenidas por la brecha generacional y ha demostrado un particular interés en las infancias y en su visión del mundo.
El relato se desarrolla en los años 60, en una familia variopinta y divertida que realiza los preparativos para recibir el año nuevo haciendo un concurso para ver quien cocina mejor e integrando a los más chicos a la cocina y el trabajo doméstico. Aquí se nos cuelan varios hechos, al constatar como espectadores que los familiares presentes son ancianos, niños y mujeres con hijos; nos damos cuenta que los hombres no están, se encuentran en la guerrilla del lado de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), frente muy ligado a las luchas antiimperialistas y por ende, a Cuba y a Rusia. Ese día vemos el arresto de un miembro de la familia que resulta ser el germen de muchas cosas que salen a relucir en la historia familiar. En lo abstracto, vemos como Teo, uno de los niños es marcado profundamente por ver cómo se sacrifica y limpia a un cerdo antes de comerlo, metáfora poderosísima de la exposición de las infancias a los contextos y hechos violentos.
La narración, aunque parece costumbrista y convencional, tiene su primera capa de complejidad ya que vemos las vivencias desde Teo, uno de los niños de esta familia, pero sonoramente tenemos la narración de una pequeña que resulta ser su prima y resulta ser atemporal. Teo es mucho más grande y sus períodos de infancia parecen no coincidir mucho y no se nos aclara cómo él le contó a ella lo sucedido o como se enteró. Por él vemos cómo desde la cárcel los familiares apresados tienen un plan para salir y seguir luchando contra el régimen imperante y, paralelo a esto, cómo han vivido en la guerrilla en las montañas, lo cual es mostrado a través de filmaciones que un Estadounidense que los sigue está realizando, donde se nos muestra la necesidad de vivir en el anonimato ante el peligro de caer en la cárcel y ser torturados y desaparecidos.
A pesar de tratar temas serios, la película se permite jugar con los recursos con los que cuenta los hechos, especialmente el abordaje desde un aire infantil, pues parecer que nos está contando un cuento. Al tener esa estructura para los hechos históricos, los dota de frescura, quitándole en muchos momentos la solemnidad a los hechos históricos al decidir contarlos desde los niños de una familia. La niña protagonista dentro de esta distancia no aclarada establece un paralelo con su primo y todo lo que él atestigua siendo muy pequeño
Las postales del título, que Teo recibe de su papá desde Rusia ante la promesa de algún día volver a verse, forman parte de un continuo collage visual que el niño construye con su imaginario. Teo es primo de la narradora y es en el relato su continuo guía, al aún ser un niño en el momento que vive la familia previo a la gestación de la niña que narra, continuamente despojada de un nombre por el anonimato en el que tiene que vivir la gente de la guerrilla.
Situarnos del lado de los niños nos pone en un sitio de comprensión hacia su desasosiego, ellos se integran desde su imaginación como héroes, espías, gente con superpoderes y a los que asumirse como parte de la lucha que tienen sus familiares les da tanto una pertenencia como una fortaleza y camino a seguir, por los padres a los que no conocen más que por carta y anécdotas de los abuelitos, tal vez por alguna visita a la cárcel, las mismas postales o una foto eventual entre los cajones. Las actuaciones contribuyen mucho al sentir casual, a ver en estratos a los abuelos en el padecer emocional; a los padres jóvenes en ausencia, en forma de correspondencia, voces y visitas efímeras; y a los niños en una presencia manifiesta, vocal, que atestiguan los hechos y aprenden a adaptarse de la manera menos ortodoxa a un futuro donde puedan seguir siendo esa presencia con memoria histórica y familiar que los lleve a un lugar más pacífico.

Para retratar todos estos encuentros, la propuesta de cámara de Micaela Cajahuaringa opta por una diversidad de tonalidades y texturas, tanto las veces que mira la realidad presente como los juegos de los recuerdos de la filmación de los guerrilleros y los ya mencionados collages con los elementos de las postales y cómo Teo se imagina en ellos. Mariana Rondón es también animadora y ha realizado instalaciones audiovisuales, por ello, las animaciones ilustran la imaginación acerca de los planes del grupo guerrillero, pues vemos mapas, croquis, señaléticas y dibujos que se añaden a la imagen de manera magistral. Volviendo a lo propio del encuadre, la cercanía y seguimiento a los personajes es evidente en sus primeros planos. El montaje es muy ágil y los planos no duran mucho, lo cual contribuye también a hacerla un audiovisual inquieto, que sin volverse de un ritmo frenético te mantiene pendiente de los hechos y no cansa.
El logro de la musicalización, obra y selección de Felipe Pérez Santiago y Camilo Froideval es muy amplio tanto en selección como en composición e intenciones y uno lamenta que no haya salido un disco con los temas, porque se trata de una gran labor que en todo momento voltea a ver a las necesidades de lo que audiovemos y no a la mera lucidez técnica. funciona de diferentes maneras a lo largo de la película:
- La parte territorial/tradicional de escucharlo dentro de la celebración de fin de año con clásicos de latinoamérica como “La Banda Borracha”
- Cuando alude a la concepción de los niños sobre la guerrilla y sus acciones encubiertas, ilustrando todo a momentos como una película de espías, inclusive haciéndonos escuchar una especie de parodia a “Hasta siempre comandante” con una partitura muy parecida a la del tema principal de James Bond compuesto por John Barry. Con esta pieza se integran persecuciones e inclusive un sabotaje en una tienda departamental manejados con bastante humor. Aquí se puede decir que realiza una traslación de lo que los niños ven como heroico y cinematográfico en la música
- La música balcánica y de alientos reminiscente de la sonoridad de la unión soviética en la primera media hora, nutriendo el imaginario de Teo sobre el lugar donde están ahora sus padres intentando salvar el mundo, el cual el niño ve tanto con añoranza como con cierta idealización.
Entre numerosas virtudes técnicas y de las emociones y memorias que logra transmitir, la película fue premiada en Biarritz y seleccionada para contender a los Oscar, pero su mayor logro es la transmisión de la parte humana del conflicto bélico, sin caer en el patriotismo fácil o la hagiografía, recordándonos que los traumas a veces son colectivos y que mirar a la otredad muchas veces es más propio de lo que pensamos.
