La Religiosa de Denis Diderot
Por Diana Peña Castañeda[1]
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Santa María no es un lugar abierto a la luz, con patios vivos que acompañen el silencio elegido. Aquí las hojas no se mueven, ni hay insectos que pasen entre olores húmedos. En Longchamp los corredores, aunque amplios, carecen de cielo que acompañe el paso, y de salones para la hospitalidad. Y los cuartos de Sainte-Eutrope no sostienen el descanso porque desde las orillas se vigila el cuerpo. El claustro, en La Religiosa, no es un lugar piadoso sino el espacio del encierro atado a la penitencia más inclemente.
En esa extensión de reclusión, el comedor no ofrece platos celebratorios. En la cocina no hay recetas, ni los huertos jamás sugieren crecimiento. Cierto es que, al cuerpo, el castigo entra por la boca; cada ración servida es sazonada con mortificación y crueldad. Ante esa necesidad primaria que le ha sido negada, al entrar en el claustro, Suzanne Simonin se ocupa de escribir una misiva para pedir auxilio.
“Estaba sola en una mesa en el refectorio; no me servían en ella; estaba obligada a ir a la cocina para pedir mi ración; la primera vez, la hermana cocinera gritóme: No entre, aléjese usted.
—¿Qué quiere?
—Algo para comer.
—¡Algo para comer! Usted no es digna de vivir…”
El alimento que le es ofrecido está contaminado con toda clase de suciedades “Me arrojaban los alimentos más desagradables y los mezclaban incluso con ceniza y toda clase de inmundicias.” Pero ella debe elegir entre el hambre o la humillación, lo primero ya no es opción. “Algunas veces me iba y pasaba el día sin tomar nada; otras insistía y ponían para mí sobre el umbral comida que se hubieran avergonzado de presentar a los animales; yo la recogía llorando y me marchaba.”
Su decisión es aprovechada para que obedezca sin rebelarse al régimen punitivo extremo. A veces encuentra pedazos de pan oscuro, denso, hecho de harinas pobres y migas apelmazadas con un sabor agrio. Ese mendrugo pesado es lo contrario a la hospitalidad que simboliza la eucaristía. El castigo en contraste es obligarla a ver cómo las superioras degustan dulces y abundancia alimenticia. A través de estos manjares, la institución le dice a Suzanne que está excluida incluso del placer.
Suzanne Simonin llegó al claustro por imposición familiar para ocultar su origen ilegítimo. En su historia, ella es el pecado de su madre. Al estar manchada no es merecedora de la protección moral. De ahí que no solo deba ser separada de su derecho a la herencia familiar, sino, ante el riesgo de contaminarlas, de sus otras hermanas a quienes sí se les concede la libertad de elegir.
“Si no entras en vida de religión, perpetuarás mi dolor y mis remordimientos hasta que cierre los ojos.” Este momento está marcado por una solemnidad fría. Lejos de cualquier sentido maternal, la madre de Suzanne impone su propio remordimiento. Para salvarse, encuentra en el cuerpo de su hija la forma de expiación.
La madre le dio la vida, pero le quita su nombre. Para entrar al claustro, ya no se llamará María-Susana Simonin. Esa, es otra forma de negarle la pureza para corregir el horror de haber nacido fuera de la filiación legítima. El hecho de que el María se diluya, además, es abandono. Ella ya no tiene el amparo de quien la engendró ni de la madre sagrada. Por tanto, su identidad se reduce a ser algo disponible para otros.
Finalmente, el alimento bien hecho le es ofrecido, no como indulgencia, sino como apropiación erótica de su cuerpo. “O se vive en abundancia, o muere una de hambre; (…) pásase de la desgracia al favor, y del favor a la desgracia, sin saber por qué.” Suzanne rememora los momentos en que la superiora sirve mazapanes, frutas y confituras.
Dice que aquella mujer se pasea por el comedor, probando con el borde de los labios y luego poniendo porciones en los platos de todas. Ciertamente, el alimento aquí pierde cualquier inocencia; su disponibilidad es a capricho de quien sirve. Suzanne pasa de sufrir hambre a ser el alimento de quien impone las reglas y las quita.
En la frase: “A partir de este momento fui recluida en mi celda; me impusieron silencio; fui separada de todo el mundo, abandonada a mí misma, y vi claramente que estaban dispuestos a disponer de mí sin mí…” Suzanne Simonin nos muestra cómo el castigo se convierte en una acumulación de dolor marcado por la reclusión, el silencio y el abandono. Cuando ella comprende, muy pronto, que los otros dispondrán de ella, sin ella, la conciencia grita el martirio que produce el castigo disfrazado de obediencia.
Suzanne no niega la fe, tampoco busca derribar el precepto religioso. Su conflicto no es con Dios ni con la espiritualidad. Ella entiende que el sometimiento del que ha sido objeto no es un postulado divino. Entonces reclama su derecho a elegir con libertad, a la autonomía de su cuerpo lejos de la vocación sumisa, la carga familiar o la culpa histórica.
Ante la carencia de alimento y de protección, Suzanne encuentra en el acto de escribir una oportunidad de supervivencia. Ella no quiere parecer insolente, pero sí decir la verdad. Por eso cada frase es escrita sin desborde emocional, algo profundamente complejo para su humanidad humillada.
La agudeza de su voz se expresa en una misiva dirigida al marqués de Crismaré. Del otro lado, él escucha, pero no ejecuta. Ese vacío narrativo que Diderot nos propone significa dos cosas. De un lado, que el auxilio solo puede tener autoridad masculina. De otro, la espera indeterminada de la esperanza. Nuevamente, la fragilidad de Suzanne está expuesta en un mundo injusto.
La Religiosa es pues, la llave que abre los conventos para mostrarnos que incluso, en las leyes sagradas, la corrupción está, muchas veces, debidamente amparada. Una novela escrita en el siglo XVIII, pero con una trama que aún hoy, es el reflejo de un mundo que aprendió cómo sacrificar a tiempo a la mujer.
En lugar de cuidado o restauración, la orden del mundo que nos atraviesa a todas es siempre la misma, pronunciada con voz legítima y sin escándalo:
“Levántate desgraciada, levántate.”
[1] Comunicadora Social, especialista en Comunicación Organizacional, Magister en Ciencia Política. Interés en escribir sobre la comida como elemento narrativo en la literatura y como arte simbólico de la memoria social.
