A veces, lo más sugerente que una mujer debe hacer en una cocina es, simplemente, negarse a cocinar.

Por Diana Peña Castañeda[1]

 

Estoy aquí porque me dijeron que debía estarlo.” (Rosario Castellanos).

 

En Lección de cocina, la comida es narrativa y símbolo porque representa el precepto de género en femenino. En el cuento, Rosario Castellanos retrata a una mujer recién casada que, sola en la cocina, descubre que ese espacio no le pertenece. No es antipatía, es que no lo entiende, no lo eligió, no lo desea, y sin embargo está allí porque alguien (la sociedad, la costumbre, la lógica por defecto) le dijo que así debía ser. Pero ella no evade el momento, tampoco, la historia que nos relata es una negación del matrimonio como posibilidad genuina de libertad.

 

Al contrario, convierte ese lugar de fogones, tiestos, comidas y olores en un territorio de conciencia para cuestionarse profundamente, desde una perspectiva crítica, el modo en que esta institución ha sido históricamente usada, especialmente en contextos tradicionales como una forma para limitar a las mujeres. Por eso su pregunta:

 

¿Qué me aconseja usted para la comida de hoy, experimentada ama de casa, inspiración de las madres ausentes y presentes, voz de la tradición, secreto a voces de los supermercados?”

 

No, ella no se dirige a otra mujer, no está haciendo una consulta sobre qué cocinar. Ella pone en el caldero, con un estilo de elegante ironía, a esa suerte de autoridad invisible que, desde los recetarios, revistas femeninas, etiquetas de supermercados dicta el comportamiento femenino en el matrimonio, entonces, en la sociedad. Por supuesto, cuando menciona a las madres ausentes y presentes, habla no precisamente de una inspiración, sino de una herencia impuesta sobre aquellas, elevada muy por encima del ideal íntimo de cada una.

 

“La carne está viva todavía. Se mueve, sangra.” Esta frase, cargada de visceralidad, detona el momento más inquietante del cuento. La protagonista no observa simplemente un alimento como el menú que ha elegido para la cena; contempla un cuerpo palpitante, a la vez, ajeno y propio. Esa carne sangrante es su propia condición de mujer recién casada, llamada a cocinar muchas veces sin deseo y a servir otras tantas, no solo sin salario sino sin voz.

 

En tanto detalla el trozo de carne, en ella se cierne su aversión hacia un mandato cultural que la ubica, a ella, a todas, durante siglos como parte del sacrificio: doblar su voz para no interrumpir, escribirse en letra pequeña, ser obediente, no mirarse hacia dentro, no narrarse. No es casualidad que la protagonista de esta historia no nos mencione lo primero que hace quien se presenta: su nombre.

En este cuento nada es suerte.  La protagonista ha decidido preparar un asado de filete en cuatro pasos como una forma real de mirar, de una vez por todas, lo crudo, aquello que sangra, pero que se puede transformar.

 

Paso 1: Cortar la carne

“¿Cómo pudo suceder?”, se pregunta la protagonista, mientras sus pensamientos hierven como el agua. La carne, ese símbolo ancestral de lo nutritivo se convierte aquí en un trozo vivo de identidad desgarrada. Eso significa, que una vez dicho el SÍ y hasta que la muerte los separe, esa autoridad invisible le asigna su lugar: cocinar, limpiar, planchar.

 

Pero en tiempos de liberación femenina, el cuento es precisamente una recordación de que la lucha contra los mandatos culturales heredados no es un episodio del pasado, sino una tarea constante. Y que la verdadera voz que debemos escuchar como un susurro incesante es la interna; esa que nos invita, desde nuestra propia identidad a elegir el conocimiento, las artes y las ciencias como faro de vida.

 

Paso 2: Sazonar

La cocina también abruma desde lo emocional. En “Lección de cocina”, la protagonista se enfrenta a su tarea no solo con torpeza, sino con angustia. Mientras observa cómo la sal cae sobre la carne, la duda la atraviesa: “¿Y si no le gusta?”. Su temor es fallar como esposa porque también, en el acto de cocinar se conjugan la aprobación y la pertenencia.

 

Pero, esa cuestión también podría llevarnos a dejar el miedo y la culpa junto al fuego, y a preguntarnos, por fin: ¿Y si cocino para mí?, ¿y si no cocino en absoluto? Porque como suele suceder con cada plato que se cocina, en esa duda, puede comenzar otra historia: una donde el alimento no sea prueba de obediencia, sino gesto de elección propia.

 

Paso 3. Asar

Asar es exponer algo al fuego lento para que impregne las fibras de ese alimento hasta que se transforme. En Lección de cocina, ese fuego revela. Ese pedazo de trozo que poco a poco se encoge en la plancha caliente hace cuestionar a la protagonista sobre su lugar en esa cocina, en ese matrimonio, en ese mandato cultural que la ha llevado ahí sin preguntarle nada. Ese asado, resulta, en definitiva, la fractura entre quién es y quién se espera que sea.

 

La carne ya está lista, dicen. Pero antes de servir, hay que decidir: ¿A quién le pertenece este plato? ¿Y qué ha quedado de quien lo preparó?

 

Paso 4. Emplatar

Una lección no es algo que se memorice, sino algo que transforma desde lo que ya existe, a veces desde la herida. Si la cocina es la excusa y la enseñanza la promesa, cabe preguntarse: ¿Qué nos dirían otras mujeres si el recetario fuese el cuerpo, y la instrucción, la vida misma?

“¡Cocina, cocina, cocina!” Le respondería Alfonsina Storni con el mismo tono burlón porque ella también registró en sus letras a mujeres que han cocinado por siglos sin que nadie les preguntara si lo deseaban.

 

Querida, esa mujer que cocina sin saber por qué es también la que un día dejará caer los cuchillos: Clarice Lispector.

 

Virginia Woolf, sin apartar la mirada, podría decir: toda mujer merece una habitación propia donde exaltar su conciencia despierta, incluso si esa habitación tiene muros de cocina.

 

Marguerite Duras hablaría con una mezcla de melancolía y furia contenida: la mujer no está hecha para guisar su silencio, sino para escribirlo, romperlo, incendiarlo si es necesario.

 

Sylvia Plath lo diría con la voz temblorosa de quien ya conoce el abismo: nos dijeron que ser esposa era estar a salvo, pero tú y yo supimos que el verdadero peligro podría estar justo ahí, en la vajilla pulida, en la cena servida, en la sonrisa forzada al final del día.

 

Y la voz femenina al unísono podría sentenciar que: a veces, lo más sugerente que una mujer debe hacer en una cocina es, simplemente, negarse a cocinar.

 

 

 

 

 

[1] Comunicadora Social, especialista en Comunicación Organizacional, Magister en Ciencia Política. Interés en escribir sobre la comida como elemento narrativo en la literatura y como arte simbólico de la memoria social.

 

 

 

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