“Especias, frutas, miel y vino”

Lo femenino es Cantar de los cantares

 

Por Diana Peña Castañeda[1]

 

 

 

Pasiones tendríamos que pedirle a Dios si nos atreviéramos a pedirle alguna cosa, y Le Nôtre tenía mucha razón al pedirle al papa tentaciones en lugar de indulgencias.” Marquesa de Du Châtelet en su discurso de la felicidad.

 

Un poema erótico en todo el espectáculo de su naturaleza es El cantar de los cantares.  Aquí, la palabra se convierte en una exaltación a la sexualidad humana que, en tanto libre y verdadera resulta absolutamente exquisita. De tal modo que, la virtud es el disfrute de cuerpo y espíritu desde el respeto y la seguridad mutua. Al leer cada cántico, pareciera que se asiste a una liturgia del alma cuando de los cuerpos desnudos surge la más bella sinfonía capaz de detener al mundo.

 

En cantares a Dios no se le nombra, pero sabemos que su mirada se dilata entre líneas comola suavidad de la lluvia, cuando hace resonar sus acordes en la amplitud de la noche hasta hacerla dormir. Aunque toda la omnisciencia le pertenece a él, aún esa no es la razón ¿No es acaso cierto cuando los amantes aseguran que la fugacidad de ese momento de complacencia es el más sublime acercamiento a Dios?

 

Y ese ya es un acto de fe en la vida porque esta es primordialmente sexual. Por eso, como si fuese un impulso de la Ley divina El cantar de los cantares está situado en las escrituras cristianas entre Eclesiastés, una introspección sobre los propósitos de vida y el libro de la Sabiduría, una invitación a la justicia y la fe. Y sí, Dios es voyuerista, pero no como un perseguidor de un sexo considerado pagano sino como un ser que admira su propia creación.

 

Un hecho es comprobado. En el Nuevo Testamento, El cantar de los cantares es irrelevante. Quizás en alusión a la idea de que la sexualidad solo sirve para procrear hijos al servicio de la sociedad. Razón hay entonces que, más por decoro puritano que por apetito, los apóstoles hayan cuidado de no detener sus reflexiones en las debilidades de la carne.

 

Otro hecho es una conjetura declarada durante tiempos inmemoriales. Cantares obedece a un juicio que el mismo Salomón hizo sobre su distanciamiento con Dios. La culpa de la perversión de su corazón, valga decirlo sin escrúpulos, según la historia escrita por los hombres, se debió al éxtasis femenino forjado por sus setecientas esposas extranjeras y sus más de trescientas concubinas, sin que a él le haya correspondido falta alguna. Con todo ese epítome, la autoría, sin embargo, se le atribuye al hijo de David. Algo paradójico siendo el poema una celebración a las dignidades sexuales para favorecer las relaciones monógamas.

 

No obstante, a Salomón solo se le nombra un par de veces. Por el contrario, la voz principal, la que está en íntima complicidad con el texto es la de la mujer, la amada, la Sulamita. Para ella, el lenguaje se abre pétalo a pétalo como un presagio de su propia tierra prometida, donde desde su única identidad corporal esté libre de desigualdades e injusticias, eliminando las culpas impuestas por la historia y reivindicando su sagrado derecho al placer. El cantar de los cantares es un poema erótico que exhorta a la mujer como portadora de vida y sabia por intuición. Por eso, el poema figura la belleza femenina en estricto sentido físico y en la esencia encantadora que emana de adentro.

 

De ahí que los cánticos fluyan para ella en descripciones de joyas y oro “¡Qué bellos son tus pies en las sandalias, hija de príncipe! Las curvas de tus caderas son como collares, obra de las manos de un orfebre.”  Si se considera que en los tiempos bíblicos la mujer era propiedad de (…), y que estos tiempos modernos se refieren a ella como la: pataletosa o la que mete la pata, cantares es una alabanza a la firmeza que la mujer ha tenido por el camino a veces ruinoso de la vida. Cantares le dice que camine segura, que baile hasta la vejez, interiorizando su libertad en las diferencias que, a cada una, le han sido dadas.

 

En otros cánticos algunas partes del cuerpo femenino toman la corporeidad de un animal para valorar su identidad y sus memorias. Así se lee: “Tus cabellos, como un rebaño de cabras que baja por las laderas de Galaad. Tus dientes, como un rebaño de ovejas esquiladas que acaban de bañarse: todas ellas han tenido mellizos y no hay ninguna estéril.”  Cabellos como un rebaño de cabras, alegoría a la mujer salvaje en el sentido del fervor al amor propio, a la seguridad de avanzar con resistencia. De ello, basta con mirar alrededor ¿Cuántas mujeres no ocupan trabajos dobles, dentro y fuera del hogar, muchas veces en condiciones odiosas? Dientes como ovejas esquiladas: piedad en el “nosotras favorecidas con un pensamiento y sentir como la inmensidad del mar.

 

Tus pechos son como dos ciervos jóvenes, mellizos de una gacela, que pastan entre los lirios.”  El ciervo no solo como lo que se anhela de la persona amada sino como expresión de astucia e inteligencia. La gacela como contemplación de elegancia y agilidad. Si metafóricamente los ojos de la gacela pueden hechizar de amor, los de la paloma son el reflejo del alma “¡Qué hermosa eres, amada mía, qué hermosa eres! ¡Tus ojos son palomas!”  La visión de la paloma es unifocal ¿Algo más aparte de significar fidelidad? Absoluta concentración en un objetivo de vida para crear algo nuevo en relación de dignidad con ella y el mundo.

 

De la mujer, cantares dice que es un jardín de flores. “Como un lirio entre los cardos es mi amada entre las jóvenes.” O, “Tus brotes son un vergel de granadas, con frutos exquisitos: alheña con nardos.”  Lirios, nardos y alheña, flores muy valoradas en la antigüedad por su aroma exquisito que simboliza la felicidad y la buena suerte, también por su capacidad de soportar condiciones climáticas toscas. De ahí que, solo sean comparables con el oro y piedras preciosas. Entonces, la mujer se configura en estas flores como un lujo exclusivo que jamás debe ser tocado sin su conveniencia.

 

Cantares también nos muestra lo femenino en alegoría de frutas, vino y miel. “Tus amores son más deliciosos que el vino, y el aroma de tus perfumes, mejor que todos los ungüentos.” / “¡Tus labios destilan miel pura, novia mía!” / “¡Que tus pechos sean como racimos de uva, tu aliento como aroma de manzanas.”  El alimento es abundancia y fertilidad. Es la gracia de la vida. Por eso de su vientre, cantares dice que es un haz de trigo. Desde tiempos remotos la mujer detenta la seguridad del alimento. Ella es proveedora y productora. La Sulamita sabe que solo la comida, en este caso dulce y jugosa reconstituye el alma ante las dolencias del amor: “Reconfórtenme con pasteles de pasas, reanímenme con manzanas, porque estoy enferma de amor.”

 

Y por si fueran pocas las literalidades femeninas, El cantar de los cantares describe a la mujer en especias: azafrán, canela, mirra, áloe.

 

“(…)

nardo y azafrán,

caña aromática y canela,

con todos los árboles de incienso,

mirra y áloe,

con los mejores perfumes.

¡Fuente que riega los jardines,

manantial de agua viva,

que fluye desde el Líbano!”

 

Azafrán. Unas cuantas hebras y puede convertir una caldereta de conejo, un curry de mariscos o una crema de almendras en el más refinado platillo culinario. Al descubrir la bandeja, la preparación gozará de un notable color amarillo-rojizo. El comensal difícilmente podrá adivinar su aroma, ofrenda de misterio y lujo. Es considerada una especia costosísima por el cuidado que exige su producción desde la siembra hasta el envase. El oro rojo simboliza en la mujer el gozo de su propia existencia.

 

Canela. Es preciosa y sabrosa en arroz de leche, en vino caliente, en torta de zanahoria o manzanas caramelizadas. Y en sal: una crema de zapallo o unas costillas de cerdo rebozadas con una mezcla de canela y sal gruesa huele y sabe a paraíso. Espolvoreada en la puerta de la casa llama la abundancia; roseada sobre el comedor otorga a los comensales los instintos del placer. La canela es señal de buena fortuna, de fuerza física y mental, lo más parecido al rugido de la mujer que por sí solo libera y ampara.

 

Mirra. En incienso purifica el hogar. En jarabe ayuda a purgar la sangre o desinfectar las heridas. Tiene la grata particularidad de realzar las comidas en su presentación oleosa. El bar tender la prepara en una infusión de ginebra, agua mineral y passion fruit; el chef agrega unas cuantas gotas para dar un aroma a bosque en platos con setas. Simboliza la moralidad en el más genuino proceso de autocuidado y reconocimiento femenino.

 

Áloe. Cura quemaduras, limpia la piel. En realidad, sirve para curar infinidad de dolencias. Activa la imaginación cuando de comida se trata: jugos, infusiones, sopas o bizcochos. Su versatilidad solo es comparable a la capacidad de adaptación de la mujer, un privilegio verdaderamente excepcional que se contrapone a la inercia y sumisión.

 

El cantar de los cantares debe leerse lento, en silencio porque es un llamado urgente a reivindicar sin vergüenza ni temor el esplendor femenino y eso, también significa libertad para explorar nuestro deseo sexual que nos ha sido dado como regalo divino en infinito.

 

 

 

 

[1] Comunicadora Social, especialista en Comunicación Organizacional, Magister en Ciencia Política. Interés en escribir sobre la comida como elemento narrativo en la literatura y como arte simbólico de la memoria social. linkedin.com/in/dianapeñacastañeda

 

 

 

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