Por Aldo Saúl Uribe Nuñez[1]
La colonialidad y sus implicaciones en el tejido social ha sido un tema que se ha estudiado de forma reciente. Hasta hace unas décadas, los científicos sociales y, particularmente, los antropólogos, no se habían preguntado sobre este fenómeno histórico y cómo, conscientemente o inconscientemente, influía sobremanera en su trabajo teórico y metodológico. Empero, es importante remarcar que la antropología como disciplina científica fue fundada bajo la ideología colonial.
Históricamente, los antropólogos y sus trabajos etnográficos han sido asociados a poblaciones y contextos específicos. Basta con observar los libros y artículos realizados en el siglo XX y principios del siglo XXI, para encontrar que la antropología se ha construido a partir del trabajo con las alteridades culturales, representadas en el imaginario social como “exóticas” o también como “sociedades salvajes/primitivas”, término que denota el bagaje colonial y racista con el que se formó esta disciplina.
Este texto de opinión surge a partir del propio análisis de mi trabajo profesional en la psicología aunado al estudio de otras ciencias sociales y humanidades. A través de los años, me he preguntado de qué forma las ciencias humanas han sido desarrolladas a partir de la modernidad y cómo las prácticas de poder y las ideologías dominantes influyen significativamente en nuestro trabajo teórico y metodológico. Ahora, como estudiante de antropología, me doy cuenta que muchos de estos sistemas siguen vigentes y se niegan a desaparecer.
La teórica decolonial Karina Ochoa refiere que el orden civilizatorio moderno capitalista surgió a partir del año 1492 con la conquista y el saqueo de América. Gracias a este proceso deshumanizante de las poblaciones de este territorio y de otras de África y Australia, fue como la sociedad occidental logró posicionarse como la “dueña del mundo” y perpetuar su ideología dominante y su poder. Esto, sin duda, trajo consecuencias sumamente importantes que influyeron en la construcción actual de las sociedades (Ochoa, 2021).
Resulta lamentable observar cómo, hasta el día de hoy, estos mecanismos de dominación han seguido presentándose como procesos y dispositivos de poder que son expresados y materializados en los discursos, en las representaciones sociales e imaginarios sociales y en las estructuras sociopolíticas y socioeconómicas. Así, las prácticas colonialistas las podemos observar, por ejemplo, en la estratificación y marginación de los grupos indígenas, que hasta en la actualidad, en México siguen siendo abandonadas y segregadas.
Eduardo Galeano, en su libro Las venas abiertas de América Latina, narra cómo las sociedades europeas fueron creándose y moldeándose gracias a la explotación, el genocidio y el saqueo de recursos naturales y minerales de los territorios de América. Sin embargo, el mundo ha visto a Europa como el territorio “más civilizado” “educado” y “desarrollado” cultural y científicamente del mundo, pero fue gracias a la colonización de otros territorios que logró formar su poder geopolítico (Galeano, 2004).
El filósofo Aníbal Quijano menciona que la conquista de los grupos sociales que habitaban lo que hoy conocemos como América hizo que poco a poco se fuera formando un orden mundial capitalista que articula un poder global caracterizado por la discriminación racial, el clasismo y la desigualdad social. Igualmente, Quijano señala algo que, para mí, es muy significativo: este sistema social colonial ha sido “naturalizado” a partir de categorías de pretensión “científica” y “objetiva” que perpetúan y legitiman sus prácticas a través de la ideología (Quijano, 1992).
Estoy de acuerdo con Ochoa, quien cita al filósofo Enrique Dussel, que el pensamiento decolonial permite “fracturar” la ideología que legitima y exacerba el poder histórico de occidente. Es por eso que hay que remarcar la relevancia del pensamiento decolonial para entender cómo el colonialismo impacta y moldea las estructuras de poder, la economía y la cultura en la actualidad, generando desigualdades persistentes, jerarquías raciales y la supresión de otras formas de saber.
Dussel (2000) propone una perspectiva alterna para pensar el concepto de modernidad, concepto que históricamente se ha pensado que surgió en Europa occidental. Para este pensador, es necesario discutir y trasformar aquello que pensamos y sabemos sobre ella y reconocer que este proceso sociohistórico no es un fenómeno rigurosamente europeo, sino que surge en el siglo XVI tras la conquista de América.
Ahora bien, hablemos de la psicología. En esta disciplina se ha relegado el estudio y análisis de la perspectiva decolonial como campo de estudio en las ciencias sociales, salvo algunas lecturas que se hacen en los planes curriculares de psicólogos sociales de gran envergadura como Ignacio Martín-Baró, Maritza Montero, David Pavón Cuéllar o Sylvia Marcos, por mencionar algunos. Estas psicólogas y psicólogos, a través de su trabajo comunitario y crítico, buscaron visibilizar las estructuras de represión y dominación en las sociedades de América Latina, estructuras que han sido formadas a partir de la colonización.
No obstante, al menos desde mi experiencia, estas lecturas se estudian “por encimita” y no se trata realmente la colonialidad como fenómeno sociohistórico que influye en nuestras prácticas. ¿De qué forma la psicología ha estado dominada por la colonialidad? ¿Cómo los psicólogos seguimos perpetuando la ideología dominante en el quehacer metodológico y teórico de la salud mental o el bienestar psicosocial? La psicología como ciencia social (hay algunos que afirman que la psicología no es una ciencia social sino una neurociencia o “ciencia de la salud”) ha estado apartada de la crítica social y el trabajo decolonial, algo que es fundamental para posicionar a esta disciplina en las poblaciones latinoamericanas.
Rescato lo que la psicóloga, socióloga y feminista mexicana Sylvia Marcos explicó sobre la psicología, al comparar el trabajo de los psicólogos con los misioneros españoles del siglo XVI: para ella, cuando se impone el concepto tradicional de la familia “sana” y un ideal de comportamiento sexual y afectivo “adaptativo”, se está haciendo lo mismo que los misioneros, quienes leían sus “confesionarios” a los indios para que pudieran arrepentirse de sus pecados.
Para Marcos, el misionero, en su ingenuidad, no se percataba que estaba sirviendo a la política de conquista y colonización en América. Es así que los psicólogos se han convertido en los misioneros culturales de occidente. Esta autora nos advierte cómo la psicología se puede volver un instrumento del poder y las clases dominantes en aras de perpetuar su poder e ideología (Marcos, 1984).
Parece ser que la psicología, junto con otras ciencias sociales, se han convertido en aparatos ideológicos del Estado, hablando en términos del filósofo francés Louis Althusser, que legitiman discursos, prácticas y mecanismos de poder provenientes de la colonización de occidente al mundo. Afortunadamente, es también gracias a la visión crítica de la colonialidad como las ciencias sociales han transformado y deslegitimado estas prácticas históricas de dominación.
Siguiendo esta argumentación, el filósofo esloveno Slavoj Žižek, en los diferentes libros que escribió sobre el papel de la ideología, manifiesta que la ideología se puede encontrar o “encarnar” hasta en los objetos cotidianos de la vida diaria (Žižek, 2008). Así, pensemos en cómo la ideología colonial occidental dominante está en la cotidianidad de nuestras vidas: en la forma en la que vestimos, en la manera en la que hablamos y pensamos, en nuestra alimentación, en los edificios arquitectónicos y, por supuesto, en nuestro inconsciente.
Pensemos en aquello que discutía Frantz Fanon sobre la colonialidad como un sistema que se arraiga en nosotros, es decir, en el plano psicológico y en el sistema económico-político. Fanon, al haber sido psiquiatra, concibe a la colonialidad como un sistema de violencia y deshumanización que se enraíza en el psiquismo, afectando así a la identidad del colonizado al interiorizar la visión degradante del opresor (Fanon, 2009).
Para Fanon (2009), la decolonización es un proceso de desaprendizaje de lo impuesto por la colonización, que requiere no solo la ruptura violenta de las estructuras económicas y políticas sino también la transformación de las relaciones sociales y el renacimiento de la cultura nacional como lucha por la autonomía. Esto está estrechamente ligado al psiquismo y, por ende, al inconsciente, tal y como, por ejemplo, algunos psicoanalistas como Felix Guattari y Suely Rolnik analizaban: cómo el capitalismo y la colonización transforman a nuestro inconsciente.
Me gustaría mencionar un punto que retoma Quijano (1992) y que es muy importante pensar para la historia de la ciencia, la cultura y la tecnología. Creemos que la cúspide del conocimiento cultural, filosófico y científico se originó en Europa, pero esto no hubiera sido así si los europeos no hubieran robado documentos, técnicas científicas y posturas filosóficas de China, territorios de oriente y América Latina. Sin ese saqueo inhumano, difícilmente las sociedades occidentales hubieran prosperado como lo hicieron en aras de la ciencia, el arte, la filosofía y la tecnología.
Estudiar la colonialidad y la decolonialidad es importante para comprender nuestras sociedades actuales. La colonialidad instauró estructuras y patrones de poder que persisten hasta nuestros días. Entender sus implicaciones en el tejido social ayuda a comprender las desigualdades y dinámicas de poder en las sociedades contemporáneas. Asimismo, nos ayuda como estudiosos de las ciencias sociales a pensar cómo esta ideología ha influido en la forma en la que concebimos al ser humano, sus formas de expresión y a la ciencia misma disfrazada de naturalidad y objetividad.
Bibliografía consultada
Dussel, E. (2000). “Europa, Modernidad Y Eurocentrismo”. En E. Lander (ed). La Colonialidad Del Saber: Eurocentrismo Y Ciencias Sociales: Perspectivas Latinoamericanas. Buenos Aires, Argentina : CLACSO.
Fanon, F. (2009). Piel negra, máscaras blancas. Madrid: Ediciones Akal.
Galeano, E. (2004). Las venas abiertas de América Latina. México: Siglo XXI Editores.
Quijano, A. (1992). Colonialidad y modernidad/racionalidad. Perú Indig, 13(29), 11-20.
Marcos, S. (1984). Introducción. En S. Marcos (Ed.). Antipsiquiatría y política (pp. 185-203). México: Editorial Extemporáneos.
Ochoa, K. (2021). Disputar las narrativas para la liberación. Revista de la Universidad de México, 3, 6-11.
Žižek, S. (2008). El sublime objeto de la ideología. México: Siglo XXI Editores.
[1] Licenciado en Psicología (UdeG). Maestro en Humanidades, Línea de Formación Docente con eje de especialidad en Ciencias Sociales, Humanidades y Comunicación (UAZ). Tiene una Especialidad en Diagnóstico Clínico y Tratamiento de los Trastornos Mentales (AMSP, A.C.), una Especialidad en Psicosomática Psicoanalítica (IPPF, A.C.), una Especialidad en Clínica Psicoanalítica Lacaniana (UniFreud), así como formaciones y diplomados en materia de ciencias sociales, psicoanálisis, psiquiatría, criminología, ciencias forenses, educación y derechos humanos. Fue becario por el Consejo Nacional de Humanidades, Ciencias y Tecnologías (CONAHCYT). Colaboró como auxiliar de investigación en distintos centros de investigación (CICS, DECS, DS, UdeG). Ha cursado seminarios de investigación en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) y en el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) y ha sido ponente en congresos y coloquios nacionales e internacionales. También, ha escrito literatura para distintas compilaciones y ha divulgado las humanidades y las ciencias sociales en revistas académicas estudiantiles y medios digitales. Actualmente trabaja como becario-asistente de investigación en el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS, Occidente), estudia la Especialidad en Sexualidad y sus Psicopatologías (UniFreud) y estudia el Doctorado en Antropología (COLMOR).
