Por Diego Medina
Estamos en las vísperas del fin de año y como todos los años las agencias de noticias hacen un repaso de los eventos más importantes del año, se comparten los wrapped de Spotify y Pantone ha anunciado el color del próximo año. Esto ha hecho que se susciten acaloradas discusiones, no sobre el genocidio en Gaza, ni sobre el intervencionismo yankee y el vergonzoso premio a la paz que la FIFA le dio a Trump, sino sobre el papel simbólico de la selección de Pantone. Algunos influencers sugieren que esto puede ser un guiño a la estética old money, a las tradwifes, al cleanlook y, desde luego, al ascenso de las utlraderechas, las cuales también son ultra conservadoras. Una idea interesante y aunque me parece que algo de razón lleva, también me parece que hay en disputa algo más, algo como la idea misma de la luz y el color.
Este año Rosalía estrenó Lux, su nuevo álbum. La crítica lo alabó, Björk colaboró en él y se presume como uno de los trabajos más “experimentales” de la española. La portada del disco tiene a Rosalía en primer plano cubierta con un hábito blanco y de fondo, no un azul cielo, sino el azul del cielo. De nuevo el blanco y lo etéreo, lo místico, lo impoluto forma parte del diálogo cromático. Debemos advertir que este álbum gustó mucho a los sectores conservadores de España, quizá por sus referencias visuales o porque la misma Rosalía dedicó este trabajo a Dios.
Pantone seleccionó el color blanco Cloud Dancer porque éste representa la renovación, el renacimiento y los nuevos comienzos. He aquí el hecho por el cual escribo hoy. Durante mucho tiempo, y todavía muchos lo creen, la Edad Media fue considerada una época de oscurantismo e ignorancia, de hecho, hubo quienes se refirieron a ella como la “Edad de las Tinieblas”, escalofriante y prejuicioso sin duda. Sin embargo, tanto medievalistas, como aquellos que hayan hojeado por curiosidad alguna enciclopedia o navegado en Pinterest en busca de ideas, podrán advertir que contrario a su deshonroso título, la “Edad de las Tinieblas” en realidad fue una época de la historia bastante colorida, baste pensar en Robin Hood, los cantares de gestas, los libros decorados con filigranas de oro y piedras preciosas, los carnavales, las telas, perfumes y especias que llegaban a los puertos de Venecia y Génova, Arcipreste de Hita y, desde luego, el petrarquismo. Justo en la Baja Edad Media aparecen estos poetas del humanismo italiano y en los siglos siguientes vendrá esta cosa llamada renacimiento, no sin antes haber pasado por la peste y la caída de Constantinopla.
No es igual, pero rima, después de una pandemia como el COVID-19, del genocidio en Palestina y Sudán (que siguen en curso), ¿no será que el hombre (sobre todo el hombre blanco hetero) necesita sentir que vuelve a empezar de nuevo? Sigo con este flujo de pensamiento. Umberto Eco, humanista entre los humanistas, advirtió en una conferencia sobre la Divina Comedia que el gran público y la crítica solían centrar su atención sobre la obra de Alighieri en “El Infierno”, que sin duda poseía una calidad evocadora que nos era fascinante, pero lamentaba que “El Paraíso” pasara inadvertido entre muchos lectores y que incluso la consideraban una parte “aburrida” de la obra de Dante. Eco viene a decirnos que en realidad lo que pasa es que somos unos ordinarios y que no hemos sabido regocijarnos en las imágenes poéticas llenas de luz que abundan en “El Paraíso”, y algo de razón lleva, tremendistas como somos cuando llegamos a esos escenarios bucólicos de repente se nos antoja aburrido. Ni hablar, la luz también puede dejarnos ciegos.
Entonces ¿la luz es aburrida o es peligrosa, antecede a la peste o nace de ésta? Como casi en todas las cosas… depende. Según cuenta la anécdota, apócrifa o no, Bach compuso Tocata y fuga para probar el órgano de Arnstadt, pero según cuenta la leyenda Bach iba sólo de noche a la iglesia para estar a solas y en contacto con Dios mientras componía. La obra que es un lucimiento de virtuosismo, sin embargo, fue considerada por muchos como una melodía siniestra. Incluso hubo quienes sugirieron que estaba inspirada por el diablo. Así, una obra producto de la “iluminación divina” fue percibida por otros como algo oscuro y pernicioso. Otro músico, más contemporáneo, vio convertida su obra maestra en el epítome musical del cine de terror, hablamos de Tubular Bells de Mike Oldfield, cuya obra se convirtió en el leitmotiv de El Exorcista, sus primeras notas son ahora sinónimo de oscuridad, terror, posesión demoniaca y corrupción espiritual, aunque el resto de la composición de 25 minutos en realidad nos revela que se trata de todo lo contrario: es una pieza etérea que está más cerca del rock progresivo y del paraíso de Dante, que de la peste bubónica o El Bebé de Rosemary.
Volviendo al color y a la luz. Se ha dicho que la selección de Pantone es advertencia de recesión… falso, los colores de la recesión están más cerca de los marrones, porque la suciedad no es tan visible, aquí me pregunto ¿cómo le hacen los modelos de revista de moda y los médicos para tener sus prendas siempre blancas? No, el blanco es un color que exige mantenimiento constante y, en dado caso, reemplazo, es decir, es un color caro, por eso ha sido asociado con las clases altas, la ultraderecha y los conservadores. ¿Pero es necesariamente un guiño a la ultraderecha esta selección? No lo sé, creo que… depende. ¿Qué es la luz para nosotros?
El color blanco que para occidente representa lo bello, lo civilizado, lo puro, lo divino, etc., en Japón representa la muerte, pues está asociado al color de los huesos. Sin embargo, no está asociado del todo a aspectos negativos, por el contrario, orbita en una semántica de trascendencia y espiritualidad. Sesgo cultural que contrasta con nuestro color de luto por excelencia: el negro. Creo que parte importante de la discusión emana de nuestra cultura cromática, a nivel social e individual, desde luego.
Personalmente, me gustó mucho el nuevo disco de Rosalía, pero nunca marcharía bajo el lema de “Dios, patria y familia”, creo que las posibilidades del blanco están en los colores que se pueden poner sobre él, así como el prisma se fragmenta en todo el espectro de colores visibles, creo que el blanco, lo bueno, lo luminoso se fragmenta en tantos puntos de vista como ojos haya. Aunque eso sí, creo que es necesario que construyamos narrativas de renacimiento, no para escapar de aquellos que todavía sufren, sino para hacer un ejercicio de introspección y ver que, en realidad, a pesar del genocidio, las cruzadas, el covid o la peste bubónica, todavía hay algo de divino en la humanidad, algo por lo cual vale la pena luchar.
Habría que recordar que el concepto de utopía es renacentista y que si algo hizo el renacimiento fue poner al humano en el centro de sus quehaceres. Ojalá así como Da Vinci compraba pájaros para liberarlos en el campo, así se sumen las manos y los colores para trozar los grilletes que todavía nos aprisionan. Ojalá haya suficiente luz para todos y los lienzos blancos se manchen de colores, de personalidad y logremos romper esa terrible tendencia de colores mate, minimalismo y uniformidad propia de la dictadura del streaming y de las sociedades del cansancio.
Feliz 2026 y coloridas luchas.
