Por Sergio E. Cerecedo
Hace 11 años causó furor entre la gente el estreno de una película rarísima que combinaba terror, fantasía, western y cine negro, la directora Iraní/estadounidense Ana Lily Amirpour, en su ópera prima, presentaba las constantes estilísticas y temas de interés que seguiría explorando en sus siguientes trabajos, los cuales le han colocado como una firme representante del género, ya que, aunque solo ha dirigido dos películas más, ha estado muy presente en el mundo de las series, dirigiendo episodios de “Castle Rock” y “El gabinete de curiosidades de Guillermo del Toro”. Sí, dirigió el obscuro capítulo de la crema embellecedora.
El inicio de la película nos plantea un entorno desolado y unas acciones inconexas en un terreno donde igualmente vemos animales solitarios, infancias intentando sobrevivir que un peculiar canal lleno de cadáveres que no parecen seguir la lógica de la realidad. Acto seguido, y en unas secuencias que en algo beben tanto del oeste como del fashion film inspirado en James Dean e íconos rebeldes similares, se nos introduce al joven Arash, que busca ganarse la vida en un entorno de violencia y crimen donde las adicciones de su padre han hecho que el narcomenudista al que le debe dinero de drogas le quite su carro, su posesión más preciada. En el esfuerzo por recuperarlo, se encuentra pronto con una situación que le pone en las manos la tentación del dinero fácil, por lo cual no duda en renunciar a su trabajo y abrazar un nuevo estilo de vida, sin contar con que sus deseos y ser tomarán otro camino al conocer a una chica joven, misteriosa, que parece deambular por todos lados y por ninguno, casi como si no perteneciera a la ciudad… o al mundo.
La construcción del desconcierto en esta película viene a través de una industrialidad fría, casi carente de contacto humano en los exteriores, lo que exalta por medio de las atmósferas visuales y sonoras, las luces y sombras que vemos en las fábricas y terrenos de extracción de petróleo son impresionantes y van acompañadas de una gran cantidad de reverberación en los pasos de cada personaje. El horror que se busca no es aquél de los sustos fáciles, sino el de la normalización de la desesperanza que cunde en el espacio donde se lleva a cabo, en las calles no hay mucha gente, los ricos y los pobres siguen tan separados como es usual, así que en este contexto, el hambre es hambre, no importa qué comas, y eso puede unir a la gente de manera inesperada.

La vampira que Amirpour nos muestra es compasiva y a la vez cautelosa, es ambigua en motivaciones, tiene momentos sutiles en los que no sabemos si lo suyo a la hora de alimentarse es un sadismo enfocado en los tipos malos o una selectividad castigadora. Nos da momentos de un humor rarísimo —las secuencias que involucran la patineta son extrañamente hilarantes—, al tiempo que da cuenta de un personaje que a pesar de su supuesta inmortalidad sigue siendo joven en alma, con ganas de experimentar cosas distintas y que también siente tedio en donde le tocó vivir, aunque nunca sepamos porqué. Hay también en la misma vampira un entendimiento de las otras mujeres, de la dificultad que atraviesan en un mundo lleno de sicarios e inmundicia para lograr sus objetivos, ella ve a una mujer viva que busca controlar su vida y no ser controlada, y cuando la topa de frente, se olvida un poco de su hambre y demuestra si no tener emociones humanas, emularlas y entenderlas en su mente.
Pese a que la directora asegura que no quiso recrear Irán de forma hiper realista —aunque la película está hablada en Farsi, se grabó en California—, hay un esfuerzo desde el cast hasta la banda sonora en recrear a partir del sentir y memoria de su país de origen. La inspiración que Amirpour encuentra en los comics de Sin City, y de los cuales viene la propuesta de que la fotografía sea en blanco y negro, es evidente ya que el surrealismo y humor negro impregna gran parte de la puesta en escena. Hay nihilismo en el deambular de sus personajes, pero también encanto y deseos de escapar de una rutina desasosegante y de círculos viciosos.
La propuesta de fotografía es de un gozo peculiar a nivel visual, la aberración constante de rayos de luz parásitos que se cuelan a la imagen ya sea desde una farola de calle o el foco de una habitación le dan a la imagen una belleza rara. De hecho, las tramas visuales que se establecen cada vez que la chica misteriosa o Arash caminan en la calle son increíbles, al igual que los momentos donde el hijab —manta para cubrir la cabeza— de la misma chica se camuflajea con el entorno, son maneras muy sencillas de jugar con el contraste y desconcertar al espectador respecto a la presencia corpórea, o no, del personaje. Nuevamente recalco el diseño sonoro en el que encontramos pequeños detalles enrarecidos que complementan a la música.
Aunque el final de la película no es del todo redondo ni especialmente original, la manera de llevarlo a cabo es fiel a sus formas hasta el final, pues a pesar de no ser una historia demasiado profunda ni que da demasiadas explicaciones, al tener pocos personajes, sí nos permite estar suficientemente con ellos y tener por lo menos un ejercicio estilístico interesante en cada uno, dando varias secuencias memorables. Atti, la sexoservidora con quien el padre de Arash tiene asuntos pendientes, tiene un encuentro con la chica misteriosa que revela las emociones que le mantienen en pie y que nos denotan su profunda soledad y tristeza.
Las alucinaciones y desplantes personales del padre también nos dan momentos plenos de sonidos impactantes y de contexto en el actuar del protagonista. Las breves apariciones de un niño que presencia momentos claves de la historia no están exentos de interés, ya que representan la mirada vulnerable que podemos encontrar en las calles peligrosas y que son susceptibles a repetir los errores de la gente más dañada. Aunque parezca que las intenciones de la película van más por la forma que por el fondo, se da el tiempo de reforzar sus conceptos, como lo hace con el misterioso personaje de una mujer que baila en un estacionamiento, la cual parece sacada de una película de la nueva ola, un simbolismo algo encriptado, pero interesante
Hay también un dato que me parece muy interesante: esta película se estrena un año después que “Only lovers left alive” (Jim Jarmusch, 2013), otro retrato extravagante de vampiros que tenía en común el gusto por la cultura del personaje, el entorno industrial y abandonado y la búsqueda de maneras alternativas de conseguir sangre que no fuera ceder ante el instinto y matar gente al por mayor, además de que una parte sucedía en Marruecos; por lo que, aunque el camino estético es distinto en muchas cosas, no pude dejar de notar el paralelismo.
Otra cosa similar con “Only Lovers Left Alive” es la ecléctica, divertida e impresionante lista de canciones seleccionadas para la película que mezcla éxitos de culto de Estados Unidos e Inglaterra con bandas de rock y post punk iraníes. Destaca la dulce “Khabnama” de Radio Tehran, muy reminiscente de las baladas gringas e inglesas de los setentas; “Gelaye” del mismo grupo combina un rock sólido con cuerdas muy al estilo de lo que conocemos de la sonoridad del mundo árabe; “Dancing Girls” de Farah nos brinda un tema de retrowave tan misterioso como envolvente. En lo personal encuentro muy interesante cuando un soundtrack me introduce en un mundo musical poco conocido, pero que tiene paralelos con la música que consideramos canónica y este disco lo consigue, también incorporando tracks más electrónicos y uno que otro más tradicional de la región en la que se inspira.

Tras revisitar esta agradable rareza, puedo compartir este mes de celebraciones que tienen que ver con las celebraciones a los muertos y el pensamiento curioso hacia lo sobrenatural, que es muy interesante audiover esta pieza sobre la condición de las personas y preguntarnos sobre las condiciones que nos conceden la humanidad, pero también sobre las decisiones de vida que la preservan, y qué mejor si nos lo cuentan de una manera tan interesante y con un gran ritmo de montaje.
