Un bocado de las Memorias de Adriano en Marguerite Yourcenar
Por Diana Peña Castañeda[1]
Receta:
- Aceitunas verdes y negras, dos puñados.
- Romero y laurel, unas ramas frescas.
- Aceite de oliva, bastante para cubrir.
- Vinagre de vino, un chorro.
- Dos dientes de ajo picados.
- Un toque de pimienta recién molida.
- Una pizca de sal gruesa.
- Rayadura de cáscara de limón.
Las aceitunas guardan una solemnidad discreta que se descubre en la intimidad sensorial de la mesa. Son prólogo del apetito o epílogo para limpiar el paladar; siempre del lado del vino y del pan estimulan el ánimo y la conversación. Por eso, su preparación es un asunto exquisito que exige cuidado e intención. Escúrralas por completo, en absoluta calma. Hágales pequeños cortes, con suavidad, cuidando de no dañar la pulpa, esto hará que absorban mejor el aderezo. En un cuenco hondo, mézclelas con todos los demás ingredientes, comenzando por los secos. Finalice con bastante aceite. Las yerbas deben ser frescas; antes de agregarlas, suelte una pequeña palmada entre sus manos para que liberen sus óleos. Selle muy bien el cuento. Una vez todo listo, permítales reposar unos días, en un rincón de la alacena, seco y oscuro.
Al momento de servir procure rebanadas gruesas de pan rústico, ligeramente tostado para mojar en el aceite perfumado. En cada bocado notará cómo el laurel y el romero despuntan amablemente sus aromas, recordando los luminosos veranos en los que el cuerpo se alarga libremente sobre la arena, se escucha el canto suave de los grillos o se viaja sin rumbo. Y los frutos, lejanos, empiezan a madurar como si respondieran a la memoria lenta y dulce del rayo del sol.
Es fácil imaginar que en la Roma de Adriano que nos muestra Marguerite Yourcenar, esas aceitunas al romero y laurel eran sabor de poder y conquista. Por cierto, la historia de la humanidad nos cuenta que con las ramas del olivo se trenzaban coronas para ceñirlas en la frente de los héroes como señal de victoria o de gloria para quienes triunfaban en los juegos. Al mismo tiempo, como alimento, significaban el secreto de los mortales. El hueso, fortaleza y la carne, vulnerabilidad, dos características profundamente humanas. Además, la intensidad de su fruto requiere paciencia para ser curado y mesura para degustarse. Detalles que nos recuerdan que no somos eternos y que todo llega en su momento.
Por eso, en su absoluta sabiduría Minerva /Atenea, con su carácter pacífico plantó una semilla que se convirtió en un olivo robusto capaz de dar luz y sombra, aceite y madera. No solo venció la furia de Poseidón en un duelo que los jueces encontraron impecable; ella regaló a los humanos un alimento de fácil acceso para todos los bolsillos, símbolo de paz como el gesto más divino que pervive en la memoria.
Tras visitar a su médico, nos enteramos de las vivencias del emperador Adriano a través de una carta dirigida a Marco Aurelio, su sucesor. En cada línea, no solo le habla de batallas, conquistas o filosofías; los placeres del cuerpo se revelan tal como Eros lo ha agraciado; amor y belleza, seducción y gozo, dolor y sosiego. Y en el destello cotidiano de la vida, por supuesto, el asomo imprescindible de la comida.
“(…) Nuestros romanos se atiborran de pájaros, se inundan de salsas y se envenenan con especias. Un Apicio está orgulloso de la sucesión de las entradas, de la serie de platos agrios o dulces, pesados o ligeros, que componen la bella ordenación de sus banquetes; vaya y pase, todavía, si cada uno de ellos fuera servido aparte, asimilado en ayunas, doctamente saboreado por un gastrónomo de papilas intactas. Presentados al mismo tiempo, en una mezcla trivial y cotidiana, crean en el paladar y el estómago del hombre que los come una detestable confusión en donde los olores, los sabores y las sustancias pierden su valor propio y su deliciosa identidad. (…)”
Sobre el lujo y el poder, Adriano convierte la mesa en acto político. Comer significa recordar las conquistas. Roma es deslumbrante, poderosa, infinita. Vinos, frutas, panes, especias importadas son la huella de la vastedad de sus dominios. El alimento encarna la celebración del imperio sobre cada territorio y cada cultura.
Sin embargo, Adriano compara la mala administración política con los platos que se amontonan sin proporción o el vientre que se atiborra de glotonería desordenada y descuidada. Su advertencia es clara: comer significa distinguir los sabores; cocinar, esperar el momento exacto para agregar el siguiente ingrediente. Pero cuando lo uno y lo otro se hace con exageración, se pierde el valor propio de cada alimento, al final, solo queda el cólico que retuerce. Comer y cocinar, dos actos cotidianos, tan aparentemente simples son el recordatorio de que gobernar exige un orden armónico para que la justicia brote con lucidez.
“(…) Durante algún tiempo me abstuve de comer carne en las escuelas de filosofía, donde es de uso ensayar de una vez por todas cada método de conducta; más tarde, en Asia, vi a los gimnosofistas indios apartar la mirada de los corderos humeantes y de los cuartos de gacela servidos en la tienda de Osroes. Pero esta costumbre, que complace tu joven austeridad, exige atenciones más complicadas que las de la misma gula; nos aparta demasiado del común de los hombres en una función casi siempre pública, presidida las más de las veces por el aparato o la amistad. (…)”
Entonces, la moderación es una práctica que estimula el control del cuerpo y del espíritu. En su recuerdo, comer es para Adriano una prueba ética porque no se trata de negar los placeres sino de gozarlos de manera consciente. Así, la mesa no es solo un lugar para la delicia, sino para experimentar el autocontrol. Del mismo modo, gobernar exige reconocer los impulsos humanos para que cada decisión sea conducida con sabiduría. El gobernante justo no es quien acumula, sino quien guarda el equilibrio para el servicio de los ciudadanos que le han confiado sus destinos.
En su postal, Adriano menciona algo más: “(…) Comer un fruto significa hacer entrar en nuestro Ser un hermoso objeto viviente, extraño, nutrido y favorecido como nosotros por la tierra; significa consumar un sacrificio en el cual optamos por nosotros frente a las cosas. Jamás mordí la miga de pan de los cuarteles sin maravillarme de que ese amasijo pesado y grosero pudiera transformarse en sangre, en calor, acaso en valentía. (…)”
El emperador se maravilla con la miga de pan que, de lo tosco y ordinario se convierte en sangre y luego en valentía. Cuan extraordinario es el alimento capaz de sostener a los ejércitos para la permanencia de los imperios. También, diría que cada aceituna que nos es ofrecida ha sido nutrida por la misma tierra que nos sostiene. El trigo debe convertirse en harina, mezclarse con otros ingredientes y luego hornearse. El vino necesita tiempo para madurar. La aceituna debe adobarse con ajo, en mosto, vinagre, añadir yerbas y especias y ponerse en conserva.
Para los Romanos, tres alimentos no podían faltar en la alacena: pan, vino y aceite. Sabían que para subsistir, algo de la tierra debía entregarse en sacrificio. Que compartir la mesa tiene un valor profundo para afianzar lazos de amistad o familiares porque la comida es, en últimas, el vínculo más sagrado con la vida. Marguerite Yourcenar logró con un exquisito detalle plasmar eso en Las memorias de Adriano. Ella no solo escribía con pasión, gozaba de una sencillez encantadora en la cocina para transformar cenas, con la frescura de las yerbas de su huerto, en la experiencia más grata. Para ella, comer era un acto de vida, y la vida, como el cuenco de aceitunas, siempre acaba.

[1] Comunicadora Social, especialista en Comunicación Organizacional, Magister en Ciencia Política. Interés en escribir sobre la comida como elemento narrativo en la literatura y como arte simbólico de la memoria social.
