Armas blancas: Ópera prima

Por Sergio E. Cerecedo

 

En el cine nacional es muy fácil perder de vista a las producciones que no tienen mucha publicidad; la poca difusión de algunos filmes y la centralización en las ciudades grandes, entre otros factores, hacen que propuestas interesantes se pierdan en la ignominia. No obstante, gracias a muestras como los ciclos virtuales en torno a la entrega de los arieles o a algunos festivales que desde la pandemia del 2020 empezaron a compartir funciones virtuales es que los productos pueden llegar a otros públicos, este es el caso de la ópera prima de Mariana Musalem Ramos, un acercamiento auténtico y sensible a temas tocados muy a menudo como los dilemas de crecer.

 

Valeria, su hermano Emiliano y su amiga Sabina viven en San Miguel de Allende en un vecindario clasemediero, caluroso y donde la alberca del lugar es su refugio; ahí se divierten casi diario juntos, después de salir de la escuela. En el agua se desarrollan sus juegos, crecen sus lazos y los de sus padres, pero pronto llega un suceso que aleja a Sabi. Verse sin esa amistad coincide con el despertar de la adolescencia de Vale, que empieza a mirar a otros lados y a hacerse otras preguntas. Es curioso, incluso a nivel simbólico, que el alejamiento de Sabi, simultáneo a su enamoramiento, la mueva cada vez más fuera del agua.

 

La cinta se muestra precisa en su exploración del cuerpo que crece, y desde el movimiento hasta la ropa que va portando nos hablan de decisiones, de maneras de hacer las cosas en sus personajes. La inquietud del seguimiento resulta tan curiosa como un niño, el montaje respeta el movimiento de la cámara, sin llegar a largos planos secuencia pero no cortando la naturalidad de los seguimientos, la directora nos involucra como cómplices a través de un lenguaje dinámico y una paleta de colores con la calidez del verano.

 

También hay momentos donde el esteticismo de la imagen cede hacia la abstracción, a menudo nos encontramos distorsionados por el agua o fuera de foco parte de los cuerpos de los niños. Algo que recuerdo mucho es la cáustica sobre expuesta del agua cuando Vale nada de noche, es impresionante y complementa de una gran manera con la música, volviendo a aparecer en un par de ocasiones. Hombros, brazos y encuadres abstractos aparecen a momento, sin mucho punto de fuga ni composición, sino como pequeños fragmentos de la realidad vistos desde una óptica enrarecida, y  ¿qué es la adolescencia sino un cambio fuerte de formas en toda la extensión de la palabra y un ir y venir entre quienes éramos y quienes vamos a ser?. Ese componente no figurativo se complementa muy bien con la música y contribuye a que el relato no se torne soso ni manipulador con las emociones.

 

La cámara llega a las cosas difíciles y dolorosas cuando éstas ya pasaron, no ahonda en lo explícito sino en lo que se deriva de los hechos y afecta a los personajes. Su propuesta de centrarse más en la incidencia que en el hecho sigue por la corriente de ser un punto de vista de lo que a los niños les es permitido ver y vivir dentro del cuidado que sus padres tienen de ellos.  La voz adulta se encuentra gran parte de la película en off, de lejos, desde un lado invisible del cuadro; permanecemos sólo escuchándolos gran parte de la escena y viendo sus acciones para con los niños, como en la secuencia donde Vale es maquillada por su mamá por primera vez.

 

Si hay también algo que me parece distintivo de la cinta es su optimismo realista, sin llegar a la idealización. En la vida de Valeria y Emiliano hay un cuidado paterno notable, el mismo que procuran al tío deprimido que parece por momentos más necesitado de vigilancia que sus mismos hijos. La puesta en cámara centrada en los protagonistas nos adentra en el mundo individual en el que nuestros seres queridos no viven, y no porque no los queramos, sino porque el escindirse del núcleo nos lleva a conocer lo que no sabemos cuando hay protección, lo que nos expone al lado difícil del mundo que nuestros seres queridos suavizan a través de sus cuidados. Esto me recuerda lo que una vez una amiga directora me dijo sobre lo importante de plantear imaginarios felices alejados del cliché como una posibilidad de que las cosas buenas también sucedan y no plasmar en el cine una idea fatalista de destino definitivo, confundiendo realismo con pesimismo.

 

Otro detalle interesante de esa horizontalidad y convivencia lo tiene la presencia del tío Julio, un adulto en evidente depresión con ganas de encontrar respuestas, pero también de escuchar. Los momentos de las conversaciones que sostiene con Vale, son cercanos e importantes porque nos dan cuenta de un entorno en el cual hay tanto cariño, que inclusive en situaciones adversas y problemas personales, los personajes se atreven y son capaces de dar lo mejor a sus cercanos. La última conversación de Vale y su tío me recuerda a la revelación y comprensión de la escena padre e hijo de “Call me by your name” (Luca Guadagnino, 2017).

 

Si hay que poner algún pero es que en la primera media hora la música está demasiado presente. Creo que no se extrañaría en un par de secuencias del principio, falta dejar un poco respirar el ambiente de los espacios para que la película termine de establecer su ritmo más allá de la partitura, y hay un par de temas en momentos fuertes de la película que podrían no ser tan melodramáticos y aportar más a un score que trata de evadir el lugar común de la música instrumental en este tipo de dramas.  El trabajo de Diego Lozano se demuestra ecléctico, jugando con diferentes elementos y con una emotividad natural; en general, presenta una mezcla de sintetizadores similar a Mint Field, Meridian Brothers, algún esbozo de cumbia muy introspectivo al estilo de Mercedes Nasta en una cumbia ralentizada y enrarecida.

 

 

 

 

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