Por Sergio E. Cerecedo
En el quehacer del documental cinematográfico hay un consejo muy escondido que quien lo mira como espectador imagina poco su existencia: “ármate de paciencia, porque estas películas son de lento cocimiento”. Y, en lo personal, alguien que se desespera cuidando el hervor de unas papas o zanahorias o en la cola de las tortillas la va a tener muy difícil a la hora de acometer un seguimiento a una historia, región, situación que puede llevar años de ir y venir. En una asesoría, una persona de experticia en la materia te puede mirar fijamente para decir: “Tienes una película de dos años”, y tú decides si te bajas o ahí vas. Pues sobre todo para las personas que hacen ficción es muy difícil aceptar que vas a filmar una historia que probablemente se cuente sola y agarre un camino propio que tendrás que simplemente seguir a momentos.

Ernesto González Díaz (2025)
“Concierto para otras manos” tuvo un camino de 5 años para ver la luz desde que inició su filmación, y si bien no es fácil, barato, ni para muchos viable el aguantar a que los momentos lleguen y se hagan filmables, este recuento de vidas y haceres llega a nuestras salas después de haber ganado La diosa de plata en Guadalajara, para traernos un retrato interesante, con un lenguaje cinematográfico sencillo y atento.
José Luis González quiso ser pianista, estudió, se esmeró en sus pasiones y lo logró. Al formar una familia, llegaron al mundo sus hijas, quienes siguieron sus pasos estudiando música; y por último su hijo David, a quien desde los estudios de ultrasonido se le vieron diferencias en el desarrollo que no iban por el camino. Conforme nació y fue creciendo se hicieron visibles las diferencias entre un brazo y el otro y la estructura de su rostro, también se hizo patente un problema en los oídos que no le permite escuchar al cien por ciento, sin embargo, el gusto de observar a la familia practicar la música hizo que le llevaran a clases de piano. Sus padres pensaron que hasta donde él llegara sería un camino bueno, pero con todo y la limitante de no poder mover algunos dedos, empezó a participar en concursos y cimentar una carrera como pianista.
Al escuchar y ver a David podemos notar una mente abierta, sensible y muy consciente de qué puede y no puede hacer. Durante el metraje le vemos como un habitante del mundo que también crece para ser dueño del suyo, un camino de adaptación y adecuación en una disciplina tan difícil como la música académica o de concierto (o tantas definiciones que pueden parecer imprecisas para el caso), que muchas veces tiene reglas protocolarias de siglos atrás que, en la opinión de muchos, ha hecho que la composición para orquesta haya llegado a un límite. Y es que precisamente el método usado para la interpretación por David consiste en incorporar sus codos, sus dedos que no pueden separarse demasiado y construir una funcionalidad en donde las reglas establecidas no la permitirían normalmente.
El montaje se constituye a través de música en el 70% de las escenas, la que los personajes ejecutan, la que escuchan en la calle o la misma evidencia en video que se consulta; esa emotividad que no necesita palabras salta a nuestros oídos sin mucha manipulación. En los momentos difíciles de David y su búsqueda profesional y personal podemos recordar lo frustrante que es que la mente gire a buena velocidad, pero el cuerpo no pueda seguirle la pista por x o y característica, o simplemente por falta de práctica, destreza, experiencia o cualquier factor que nos pueda hacer sentir lejos del mundo competitivo en el que vivimos
Es muy bello ver las reflexiones entre padre e hijo en un descanso en la faceta de mentor y alumno, un seguimiento cercano de ésta. También los pensamientos de la familia completa a partir de los retos y desarrollos que pone el mundo. La cámara mira mucho a las manos, a lo que son y a lo que pueden lograr, se preocupa por los detalles. También podemos ver en las diferentes calidades y formatos un paso del tiempo que lejos de verse poco profesional, nos habla de las grabaciones como un registro que cada quien hace con el recurso al alcance.
El estilo de edición hila de una manera muy inteligente el material de archivo de la infancia de David, de las presentaciones de José Luis, el padre, su vida cotidiana en una familia tan musical o entre sus amigos y su afición por el deporte. El camino elegido es directo, preciso y no busca melodramatizar los hechos. En la historia que se nos cuenta lo que nos enternece lo hace por la muestra de la humanidad en sus personajes y no por forzar la sensibilidad, recurso que es muy fácil cuando se habla de personas con dificultades físicas de nacimiento.
La música diegética lleva el orden en la consecución de un montaje que no se deja llevar por la métrica tan precisa que conlleva la música de concierto, tiene su propia cadencia más naturalista, más del seguimiento de esta vida con sus circunstancias y de la creación musical conjunta. En ese sentido, es una película donde podemos apreciar la naturalidad de los instrumentos y cómo son moldeados con el espacio, así como también, como en un buen documental musical —no lo es al cien por ciento, pero juega con sus elementos—, podemos disfrutar de la intención demostrativa de escuchar algunas partes de las composiciones de David y su padre cuando están partiturando, tanto a mano como en un programa de computadora, cómo van paso por paso, más con intención de que como público disfrutemos el proceso que de ser algo didáctico..
En el sonido de “Concierto para otras manos” se da un lugar primordial a la música y al silencio que hay en el hogar, aunque también tiene momentos con síntesis sonora como un par de secuencias oníricas relacionadas con el agua, como las tomas submarinas de David nadando y su visita al acuario donde su voz nos cuenta de su fascinación por el número de fibonacci y la naturaleza. También en las secuencias previamente mencionadas del proceso de composición, escucha y revisión de archivo, podemos sentir la importancia del concepto de sonido conocido como “futz”, que consiste en aplicar procesos varios de distorsión y manipulación del sonido para hacerlo sonar como si fuera emitido a través de aparatos electrónicos, esta imperfección electrónica de la reproducción nos hace sentir una cercanía, aunado a los momentos donde se añaden grabaciones de estudio, como una justa contraposición
La ópera prima de Ernesto González Díaz se erige también como un retrato de una lucha que no sería posible o se tornaría mucho más difícil sin el apoyo nuclear, la familia de David y su involucramiento para con la vida y la suficiencia de lo que puede dar, formar condiciones favorables y a su vez no frenar la búsqueda de su propio camino. De esta manera, viajamos por su mundo interno y a través de ello conocemos un poco de Guadalajara a través de su ser, su fe y su visión de las cosas.
