Por Mikel Armenta
No está de más decirlo en todas partes. Hoy en día muchos creadores de contenido, en su mayoría hombres, logran acceder a grandes comunidades virtuales perpetuando el discurso de las energías masculinas y femeninas. Este discurso ofrece a los hombres la producción del deseo sobre cómo debe ser una mujer de “alto valor”, cuyos criterios de dicho valor se determinan a través de su energía femenina.
Pero ¿a qué le llaman energía femenina? Para empezar, es el complemento perfecto del hombre con energía masculina, es decir, fuerte, seguro, líder, proveedor y sobre todo protector; cualidades que si quieres en tu pareja, debes alinearte a la contraparte, la energía femenina. Ésta se enmarca bajo la idea de que una mujer está creada desde el instinto de cuidar su núcleo familiar, de lo maternal y servicial; al mismo tiempo, se espera y exige a las mujeres sumisión, silencio, obediencia y ceder el control al “liderazgo masculino”, tanto en aspectos de toma de decisiones como de independencia económica. Es así que la promesa de la masculinidad a todos los mandatos y expectativas es una mujer femenina al servicio del hombre, quien ofrece dos principales “bondades”, proveer y protección.
Sin embargo, esto nos lleva a dos grandes problemas que enfrascan una relación de poder. Por un lado, la entrega del control absoluto al liderazgo masculino en la toma de decisiones, como en el aspecto económico, implica que hay una jerarquía de voces, la del hombre por encima de la de la mujer, que no solo representa una fuerza de trabajo secundaria en sus labores de cuidado, limpieza y sustento de la parte familiar, sino que su opinión, palabra y afectos pasan también a un segundo plano.
Esto acarrea otras problemáticas; por ejemplo, es común que se exija a las mujeres que se marchen de los sitios en donde son víctimas de violencia, como lo puede ser un empleo o su matrimonio y hogar, sin embargo, muchas mujeres no logran abandonar este contexto de violencia por no tener autonomía económica. A ello se suma que en muchos casos existen hijes de por medio, lo cual complica a las víctimas asumir los gastos que implica dejar un espacio donde las necesidades están cubiertas y existen ciertas seguridades. Entender esto es entender las ambivalencias de la violencia hacia las mujeres.
Por otro lado, el mandato y oferta de protección que forma parte de la masculinidad tiene una perspectiva que no encaja con una ética de cuidado humana, de interdependencia y de cuidado colectivo. Antes bien, corresponde a una lógica utilitaria de la protección frente a la constante amenaza que pueden vivir las mujeres, proveniente de la violencia machista.
Cuando empleamos una pregunta tan simple como ¿de qué o de quién deberían proteger los hombres a las mujeres? la respuesta es casi obvia: de otros hombres. No obstante, esta paradoja expone que el problema no está en un hombre en particular, individualizado, o en un sujeto extraordinario, sino en su cultura, que regula dichos comportamientos de violencia y amenaza. Esta postura de ofrecer protección conlleva, como ya se señaló, un intercambio utilitario, silencio, sumisión y explotación a cambio de “seguridad”.
En otras palabras, los hombres somos reproducidos como sujetos de riesgo por nuestra socialización masculina cuyos pilares de violencia y crueldad entre hombres son fundamentales, pero sobre todo con los cuerpos feminizados como las mujeres, niñes y aquello que desafía la norma heterosexual, así como los que son vistos como miembros no válidos de la sociedad, es decir, personas de la tercera edad y discapacitadas.
De forma tal que el hombre ofrece una protección ante una amenaza que no se encarna en sujetos, sino en sistemas que reproducen a dichos sujetos como agentes de riesgo o daño. Es una dialéctica entre el príncipe y el dragón de un cuento de amor, uno existe gracias al otro, aunque a ambos los reproduzca una misma matriz de violencia patriarcal.
En suman, estos discursos de las energías femeninas y masculinas son una forma de revestir y ocultar expresiones como la explotación y la esclavitud, que hoy en día en redes se verían tan anticuadas como incorrectas. Sin embargo, estos creadores de contenidos, coaches de la seducción, el deporte y las finanzas, han aprendido a transformar discursos de odio, de explotación y esclavitud bajo etiquetas elegantes como las de “mujeres de alto valor”, que como ya lo vimos, resultan una nueva forma de imponer los roles tradicionales para las mujeres, mismo que podemos reafirmar en sus tareas de cocina, cuidados, crianza y sostén.
A su vez, este nuevo discurso de elegancia también exige belleza y resiliencia. A saber, bajo estas exigencias las mujeres de nuevo tienen que aguantar de todo por amor y apoyo incondicional a su pareja. Por eso estos discursos revestidos de palabras que parecen evocar el éxito y un estilo de vida aspiracionista no son más que trampas y eufemismos de la explotación histórica por la que las mujeres han estado sometidas. De esta manera, es posible sostener que ante el despertar y ruido de los feminismos, la reacción patriarcal ha sabido sofisticarse en discursos y posturas que ni por sonar más elegantes dejan de ser violentas.
