El escapulario: el volado entre la fe y la suerte

Por Sergio E. Cerecedo

 

La cinematografía mexicana a través de los tiempos ha tenido una identidad propia que conocemos a través de lo más popular, que es la llamada época de oro, los charros y mariachis, las temáticas de rancho y el cambio del campo a la ciudad, las actrices y actores que cantaban en muchas escenas y, por supuesto, el núcleo familiar con personajes pintorescos y las historias con las que todos podemos identificarnos.

 

Sin embargo, siempre hubo otras voces que no se escucharon tanto como las de géneros como el terror y la fantasía. Muchas percepciones de este género y de los tintes surrealistas que nuestro país siempre ha tenido cambiaron con la obra que Luis Buñuel realizó en México durante los años 40´s y 50´s. De ahí que el cine nacional posterior, y tardíamente simultáneo a su carrera en el país, tiene numerosos atrevimientos que antes del genio de Calanda no hubieran sido posibles

 

Uno de esos cineastas en quien se notan las ganas de hacer algo distinto y la influencia de lo europeo en aras de incorporar de manera más creativa el lenguaje cinematográfico es Servando González, quien fue una figura muy pegada a la T.V. pública durante la década de los 60´s y 70´s, y el carácter institucional de mucho de su trabajo que no es de ficción hace que no se le tenga en tan buena consideración a nivel personal, social y político. Sin embargo, se trata de una figura que filmaba con un equipo de colaboradores virtuoso y que tenía idea de a donde quería llevar su discurso. Suyas son adaptaciones literarias como “Viento negro” y películas más sobre la infancia rural, como “Yanco”.

 

“El escapulario” es un acercamiento al cine fantástico a través del drama costumbrista, con un grupo de anécdotas que se sitúan antes del estallido de la revolución, con las revueltas aisladas en contra del régimen de Porfirio Díaz que casi siempre eran suprimidas por el gobierno. Ahí conocemos una serie de historias alrededor del objeto que describe el título, uno de esos collares con imágenes religiosas que las abuelitas tanto veneran y que, aparentemente, trae bendiciones y buena fortuna a quien lo porta.

 

Este imaginario fantasmal y de ánimas en pena queda manifiesto desde su primera secuencia, cuando el padre conversa con un ser invisible que, sin saber, le salva de ser asesinado por unos ladrones afuera de la iglesia, y cuando es llevado a dar los santos óleos a una mujer en una casona, nos damos cuenta del papel de la fortuna divina en la narración que le brindará ese escapulario, pues la mujer le cuenta la historia de sus hijos y cómo les cambió la suerte de distintas maneras, aunque el sacerdote se mantiene escéptico —irónicamente—, pero interesado en todo lo que la mujer tiene para contarle.

 

La consecución de escenas da pie a  las historias de Julián, un militar que se vuelve del lado del pueblo durante las revueltas pre revolucionarias y por ello es condenado a muerte huyendo de manera fortuita en varias ocasiones; y de Pedro, un talabartero enamorado correspondidamente de una muchacha rica con un tío represor, que en su camino para lograr estar al lado de ella se topará con situaciones fantasmagóricas y personajes misteriosos que parecen venir del imaginario de las leyendas de jinetes y fantasmas que salen de cada rincón de nuestro país combinadas con la huella audiovisual de la visión buñueliana, incluyendo a uno de los revoltosos ahorcado que en numerosas ocasiones recurre a él para pedir ayuda.

 

El filme maneja los temas de la fortuna y la creencia; esa suerte que puede llegar sola, a lo largo del relato se transmite casi siempre a través de una bondad fuerte como lo es el amor de madre, y pasa de mano en mano por medio de robos, trueques hasta que ésta se devuelve. Esta cadena de favores, que según la fe cristiana siempre busca reestablecerse, resulta muy productiva e interesante a nivel narrativo y argumental, ya que lleva a elementos sorpresa y cabalísticos que dotan de un extra a un relato común que podría volverse muy plano.

 

También a nivel visual encontramos numerosos recursos interesantes como el representar la fortuna que brinda el escapulario o sus hechos milagrosos con una luz apuntada hacia el área donde sucede la acción, especialmente a los cuerpos de los protagonistas y la gente que interactúa con ellos, así como al pecho de quien lo trae colgado, así como numerosas tomas subjetivas —memorable es una imagen de Julián postrado en el suelo que parece salida de una fotografía de Manuel Álvarez Bravo— y numerosos contrapicados y planos detalle que nos recuerdan al expresionismo europeo.

 

Las actuaciones son correctas con algunos alivios cómicos como la presencia del mítico Eleazar García “Chelelo” y personajes bastante escalofriantes como el de Ofelia Guilmáin como María, la señora que agoniza y da pie a las historias principales del relato. Presenciar esta película en la época presente donde muy pocas cosas son sorpresivas brinda una óptica distinta, además que ver jóvenes a quienes nos tocó en los últimos años ver haciendo el papel de abuelos nos da cuenta de las diferencias en la actuación de ese entonces. También de una puesta en cámara inspirada que a veces se da el lujo de pasar de lo fijo al plano secuencia en movimiento, de una manera rústica pero atinada, destacando las antiguas haciendas de Tepozotlán como lugares cargados de historias. La música es un poco simple, pero certera y potencia lo suficiente las emociones que el montaje pretende generar.

 

“El escapulario” nos da la cara cotidiana de los hechos fantásticos que podrían sucederse en México, al que sabemos un país creyente y supersticioso en ambas caras de la moneda, que tiene en sus manos una imaginería de amarres, fetiches y amuletos que recientemente despierta la curiosidad en los audiovisuales de todo el mundo; y explora la necesidad de encontrar un objeto que nos proteja y conceda deseos: el escapulario que deambula de mano en mano, que divide a la gente entre creyentes y no creyentes en él, un objeto que inclusive entrelace los hilos rotos y separados por los conflictos armados y la ambición, que es lo que nos deja su misterioso y a la vez esperanzador final.

 

 

 

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