Los reyes del pueblo que no existe: lo que el agua no se llevó

Por Sergio E. Cerecedo

 

En los tiempos de aislamiento por contingencia sanitaria fueron publicadas en redes sociales numerosas convocatorias a usar los celulares, i-pads y otros dispositivos de captura de imagen y sonido para realizar videodiarios, documentales, crónicas y demás formatos de narrativas a través de los cuales se documenten las sensaciones que las personas experimentan en el encierro.

 

En lo personal, opino que estas convocatorias artísticas fueron un “Al mal tiempo, buena cara” pragmático, y espero que aparte de concientizarnos de la importancia de las artes y la libre expresión como una vía de autoconocimiento y de empatía social e individual, haya dejado también a los seres humanos con ganas de seguir documentando su realidad, pues nuestro país está lleno de realidades y éstas, o son hiperdifundidas o son totalmente olvidadas, es ahí donde encontramos la razón de que los cimientos técnicos, narrativos y argumentales del cine mexicano moderno que no es comedia romántica de fórmula —incluso de ficción— los haya afianzado con piedra de río el género documental.

 

La película inicia con una calma pasmosa, misteriosa, proyectando una secuencia de tomas subjetivas mirando hacia la niebla desde la lancha de un lugareño que navega por un pueblo inundado, por vestigios de casas de todos tamaños hundidas que nos sacan de quicio, nos producen misterio. Más tarde, en el metraje nos enteramos que esta inundación, como la de 10 poblaciones más del estado de Sinaloa, se deben a las obras derivadas de la presa Picachos, que terminaron desplazando a sus habitantes y provocando migraciones masivas y abandono de sus hogares, dejando ese territorio bajo las aguas por lo menos la mitad de cada año.

 

 

Sin embargo, no todos se han ido, en el pueblo de Nuevo San Marcos aún viven tres familias, una de ellas dueña de una tortillería que sigue fabricando el producto solo para ese grupo de habitantes. Así vemos postales veraces e inolvidables, como un hombre que diariamente viaja en su lancha buscando a las vacas que se quedaron perdidas en los islotes para darles alimento durante los meses que el pueblo se inunda. Los largos paseos en lancha observando las casas deshabitadas, algunos indiciados por un guía nocturno. Entre sus múltiples anécdotas encontramos un intento de levantón por parte de la delincuencia organizada que provoca su angustia y la constante incursión de soldados en sus casas sin pedir permiso, casas a la que las posibilidades económicas o el mismo arraigo a su lugar de origen no les permiten dejar.

 

La temporalidad del filme es bastante libre, pues a veces no es necesaria la transición día/noche para darnos cuenta que han pasado tal vez semanas, dejando claro de forma sutil que transcurren por lo menos dos estaciones, lo que nos permite llegar a la época de seca, donde los animales atrapados aprovechan para irse y los mismos habitantes para recorrer esa parte del pueblo, en especial, Jaimito visita la casa de madera que construyó con sus manos y que si no fuera por la inundación, probablemente nunca la hubiera abandonado.

 

El paisaje es retratado a través de largos planos fijos donde podemos ver los recorridos diarios de los habitantes en sus diversos oficios. La gradación de color permite al pueblo verse diverso, con texturas y peculiaridades, además de dejar a cada elemento natural lucir en su debido momento. Es de aplaudirse también en su narración el hecho de que la directora no opte por un pintoresquismo fácil si no por captar el carisma individual que el pueblo tiene sin romantizar las condiciones de vida. Por ejemplo: la pareja formada por Jaimito, ganadero y agricultor, y Yoya, que nunca pudieron tener una casa que no fuera de madera hasta que se apropiaron temporalmente de una enorme vivienda que fue abandonada por sus dueños y que ahora llenan de discusiones que acaban en risa.

 

Encomiable también es, en el esmero simbólico y descriptivo del lenguaje visual, que su realizadora y fotógrafo tuvieran una especial devoción hacia que cada encuadre contara cosas por sí mismo y no se convierta en un insert de relleno. Lo que se puede observar en encuadres que tal vez parecen no contar nada, pero nos recuerdan que lo aburrido y normal también es parte de nuestras vidas, como una imagen en especial donde abuelo y nieta juegan con un adorno colgante en el interior de una iglesia mientras la limpian. Todos estos planos no serían lo mismo sin un montaje igual de preciso, que da su tiempo a cada toma para que dote de este ritmo lento pero jamás cansado a la película.

 

El diseño sonoro de Pablo Lach constituye aquí un elemento potente y sintético, pues es notorio que muchos de los ambientes grabados en las locaciones de la historia fueron editados con efectos que les ralentizan de manera que suenan ligeramente sintetizados sin perder la naturalidad del entorno. De la misma manera se percibe el trabajo de los incidentales, pues en el interior de una iglesia o un bosque en medio del riachuelo se perciben ecos y modificaciones en el timbre de los objetos que hacen sonar el ambiente enrarecido que se desea plasmar, inclusive en varias secuencias los sonidos incidentales suenan sutilmente metálicos. Donde esto es más visible es en una bella secuencia donde los niños lugareños —se intuye de localidades cercanas— juegan en un parque devastado que las familias se han esforzado por reconstruir, para después dar un concierto de tintes oníricos entre los edificios abandonados, en una escena que sintetiza un punto clave en la película, la belleza remanente de la ruina, la paz necesaria que se puede — o debe cuando se es obligado— hallar en la soledad, algo de lo que aprendimos mucho en aquellos días de encierro, incluso sin proponérnoslo.

 

Dano García, su directora, oriunda del mismo estado de Sinaloa, demuestra en cada secuencia su compromiso con los temas que aborda y que continuó explorando en “Unsilenced”, otro trabajo de documental más estilo reportaje que se encuentra para su visionado en la sección Op-Docs de la página web del diario New York Times y donde aborda la lucha de los desplazados de la zona por una reubicación justa o la retribución económica de sus tierras, centrándose en la figura de su líder, Atilano Román.

 

Las redes sociales y la recomendación de boca en boca están poniendo poco a poco en su justo lugar a un filme que no tuvo una corrida comercial como se merece, y que logra amalgamar en su montaje una vida cotidiana en un lugar con condiciones adversas, lo cual se transforma en una lucha de resistencia pacífica por la conservación de la vida que las tres familias han construido , aún con las intervenciones —y la ausencia— del gobierno, la humedad y la naturaleza brindan cierto soslayo a éstas existencias donde dentro de todo, cabe reír y seguir siendo comunidad aún con la amenaza de la violencia, pues ya a estas alturas de la historia del país, es una verdadera falta de sincronía juzgar a quienes deciden ignorar el sonido de las balas a lo lejos, sus razones han de tener aunque no sean las nuestras.

 

 

 

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