Por Diana Peña Castañeda[1]
Aunque el fuego ha existido en la naturaleza desde la eternidad, cuando los antepasados frotaron piedras y palos, el invierno se volvió más tolerable y el peligro pudo ser ahuyentado. Después, alrededor del fuego no solo se cocinaron los alimentos, también comenzó a organizarse la vida humana. Y entre esos descubrimientos, el lenguaje fue uno de los más magistrales.
Si fue Prometeo quien lo robó a los dioses o un animal exuberante a un ser maligno, lo cierto, sin duda, es que el favor fue para la humanidad. El fuego no solo ilumina y da calor, que ya de por sí eso es absoluto. Es por excelencia, fuerza vital, el elemento que purifica, congrega, el que genera emoción. Quizás por eso, incluso en estos tiempos, el pequeño emoji de fueguito no es más que la necesidad de permanecer.
Además sostiene al cuerpo cansado, al peregrino, al enfermo, al hambriento. En definitiva, es derecho a la existencia. En El festín de Babette, ella recrea esa simbología como una liturgia a través del acto de la hospitalidad y compartir la mesa:
“Babette había puesto una fila de velas en el centro de la mesa; las pequeñas llamas brillaban sobre las chaquetas, los vestidos negros y el uniforme escarlata y se reflejaron en los ojos claros y húmedos…”
Babette ha cocinado una gran cena como agradecimiento a las mujeres que la acogieron. Pero en el fondo lo que busca es resucitar su mundo perdido, por eso transforma el fuego en una gran belleza.
Describe Isak Dinesen que primero llegó el amontillado. Un jerez oscuro y profundo. Sus notas a frutos secos y madera hicieron que el general, uno de los invitados, alzara las cejas mientras se decía: “El mejor que he probado jamás.” Tras el primer sorbo, el apetito de todos los comensales se abrió como una ráfaga de viento.
Entonces apareció la sopa de tortuga, suntuosa y humeante. Cucharada tras cucharada, cada uno convirtió la desconfianza en una sonrisa. Pero cuando llegaron las blinis Demidoff, el ambiente se volvió a llenar de duda. El relleno de crema agria y caviar representaba más que el lujo, el temor de disfrutar el placer sensorial.
Babette sabía que para aminorar el riesgo de que los invitados abandonaran la mesa, debía ofrecer algo que no solo refrescara las gargantas, sino que devolviera la vitalidad a esas vidas apagadas por la penitencia. Por eso, como un credo, el burbujeo dorado de la Veuve Clicquo subió silencioso en las copas. Bebieron aún más, antes de probar los esplendorosos cailles en sarcophage. Las tiernas codornices envueltas en hojaldre, bañadas en salsa de vino tinto y champiñones, brillaban solemnes en los platos.
Al principio nadie habló, pero una de las comensales sonrió al llevarse el primer bocado a la boca, luego otra, y otra hicieron lo mismo. Alguien abrió los ojos mirando los demás platos: “Te he ofendido gravemente… Perdóname” entonces nos cuenta Dinesen que finalmente dijo alguno. Poco a poco confesiones, cantos y abrazos se alzaron entre el roce de los cubiertos.
Antes de que fueran retirados los últimos platos, aparecieron fuentes de uvas, higos y melocotones frescos, casi un milagro en aquel pueblo recóndito entre la nieve. Babette observaba inmóvil. Las velas que había puesto sobre la mesa crepitaban, el calor se reflejaba en aquellos rostros que llevaban años viviendo en el frío.
1871 es el tiempo en que París ardió: edificios, tribunales, cuarteles, calles. También cuerpos de obreros, artesanos… Y chefs.
Babette es entonces una refugiada de esa violencia. O quizás un fantasma porque su esposo, su hijo y sus amigos murieron allá. Dinesen nos la presenta como una figura “mortalmente pálida… Y se desplomó en el umbral presa de un mortal desmayo.” Ella llega de otro mundo donde el fuego la devastó, pero en Berlevaag convierte ese fuego para, más que alimentar a otros, transformar la intemperie emocional de una comunidad devota hasta la incomprensión.
Los habitantes de Berlevaag viven sus días recordando al pastor que una vez dio sentido a sus vidas. Visten de negro, hablan poco, leen la biblia. Su piedad mira la hostilidad del mar que los rodea mientras son atravesados por la terrible punción de sus propias miserias humanas. Culpas, amores reprimidos, disputas, miedos hacen que el placer de todo lo terrestre sea visto con profunda desconfianza.
Babette lo sabe. Por eso se aventura con una gran cena cuyos platillos fueron delicadamente elegidos como la forma más provocativa de seducir a quienes habían olvidado el placer del mudo. Mayo cierra nuestro especial de comida conventual con El Festín de Babette. No porque Babette haya tomado los hábitos. Después de conocer el fuego que destruye ciudades, eligió usarlo para recordarle al otro la dicha del merecimiento.
“Que este alimento mantenga mi cuerpo, que mi cuerpo sostenga mi alma, y mi alma, con palabra y obra, dé gracias por todo al Señor.” En la historia, el más anciano pronunció esas palabras.
Y cuando los doce invitados abandonaron la mesa, Babette apagó lentamente las velas mientras afuera continuaba nevando sobre Berlevaag.

Isak Dinesen (seudónimo de la baronesa Karen Blixen).
[1] Comunicadora Social, especialista en Comunicación Organizacional, Magister en Ciencia Política. Interés en escribir sobre la comida como elemento narrativo en la literatura y como arte simbólico de la memoria social.
