Viaje subsónico por la guerra y la pérdida
Por Sergio E. Cerecedo
Oliver Laxe es alguien que desde su origen francés pero radicando en España se nota como alguien de mucho viaje, que busca y conoce países de los alrededores y no conforme con afincarse desde niño y filmar en Galicia, ha estudiado y desarrollado proyectos en Barcelona, Inglaterra y Marruecos, a donde vuelve con esta película en extremo sensorial, por lo que recomiendo verla en una sala de cine, donde podemos tener no solo el discurso argumental si no la experiencia completa que su producción merece.
El inicio de la película es de una plasticidad muy potente, ya que nos muestra desde encuadres muy cerrados y abstractos, la manipulación e instalación de un grupo de bocinas que, en una elipsis con transición sonora muy bien lograda, pasan de ser cajones en un desierto soleado a estar en la noche rodeados de gente en un rave (evento de música electrónica) sonando a todo lo que da. Dentro del éxtasis de la multitud asistente, vemos a un hombre de mediana edad con un niño, repartiendo volantes al público, de esta manera conocemos a Luis y su hijo pequeño, Esteban, acompañados de su perrita han viajado desde España hasta Marruecos buscando a su hija, por algunos indicios y su gusto por la música electrónica, todo en un contexto tirando a distópico en el que las fuerzas armadas están a punto de entrar en lo que parece ser la tercera guerra mundial.
Al acabarse el evento y ser desalojados por el ejército que les ofrece repatriar a los asistentes europeos, Luis decide seguir a un grupo de nómadas ravers de diferentes nacionalidades que les comentan que hay otro gran evento, por lo que ante la sospecha de que a quien buscan pueda estar ahí, deciden fugarse del sitio de los soldados no sin antes ser advertidos que el camino es sinuoso y difícil para el vehículo que llevan.
Durante el camino presenciaremos la unión entre personas más del tipo tradicional con gente que vive en la carretera y que parece haber sufrido tanto los problemas sociopolíticos que se escuchan por la radio —un par han perdido extremidades— como que encuentra en esta vida lejana al status quo un lugar relativamente seguro y rodeados de música, drogas y camaradería. Dentro de esto hay contrastes, pero también humor y solidaridad antes de meternos en un panorama duro e infernal rumbo a su tramo final. En mucho contribuye a esto la conjugación de la veteranía de Sergi López —el odiado capitán Vidal de “El laberinto del fauno”— aquí en un rol inexpresivo pero tierno, al que el director coloca entre actores no profesionales de una manera muy orgánica y en la que cada personaje tiene su gracia, algunos hasta llamándose igual en la ficción que en la realidad.
Para quienes vieron “Mimosas” (2016), también dirigida por Laxe, no les será desconocido el tema del grupo envuelto en un viaje que a momentos se torna sin sentido a pesar de la importante motivación de algunos de los personajes que lo emprenden. En Sirat retoma ese tipo de líneas argumentales, aunque aquí se nota un sentido de unión más marcado que el grupo de personajes va remarcando incluso en los momentos más álgidos. La cámara, tanto adentro como afuera de los vehículos, nos remarca lo crudo del paisaje y dentro de una paleta plena de naranjas y amarillos nos habla de la condición humana, las obsesiones y las búsquedas que parecen infructuosas, la dificultad de dejar ir y seguir caminando sin perder las fuerzas. “Sirat” es un drama fuerte, con momentos oníricos y que es inesperadamente poco complaciente con lo que uno espera ver.
El logro de producción es muy estimable, ya que los recorridos y puntos de vista carreteros, tanto desde lejos como en seguimiento, son impresionantes e interesan a un nivel que ya quisieran muchas películas de acción. De hecho, tras ver “Sirat”, “Una batalla tras otra” (Paul Thomas Anderson,2025), The Wilderness (Spencer King,2025), puedo decir que el 2025 es de los años en que he visto más películas con grandes retratos del desierto y tierras áridas. Mauro Herce (Samsara) saca el mayor jugo de cada ángulo que tiene y dota a Cristobal Fernández en la edición de mucho de donde cortar. Los percances que la caravana vive en las montañas me han emocionado mucho a momentos como en las películas de desastres, aunque sé que lo contemplativo de algunas partes no será del agrado de todos. El montaje me parece ágil sin ser acelerado estilo hollywood, y en mucho se ayuda para mantenerse ameno del gran valor del montaje de sonido.
Siguiendo el hilo, mi emoción de los hallazgos de la película vira más hacia arriba al observar la gran tripleta que encabezan las creativas dedicadas al sonido de la película: Amanda Villavieja en el sonido directo; Laia Casanovas en el diseño sonoro, y Yasmina Praderas en la mezcla. Han sabido dar desde la captura una identidad a las voces dentro del desierto y los diversos espacios, los efectos procesados como los radios y la bocina que están probando los ravers en uno de sus transportes tienen identidad, cada paso e inflexión de la lucha contra las condiciones climáticas y bélicas del lugar. El planteamiento sonoro me recuerda mucho al de “Retrato de una mujer en llamas” (Céline Schiamma, 2019), pues pasa del silencio del ambiente lejano y del viento a momentos de estridencia con un contraste muy fuerte, pero que va con el tono de la película.
Muchas veces me parece en las películas que el recurso de rellenar con música algunos pasajes puede ser excesivo y un recurso que es más de estética que de añadir al ritmo y contarnos algo, sin embargo, aquí las piezas electrónicas de Kangding Ray funcionan porque se nota que se esforzó no solo por componer, sino por hacer una dupla efectiva con la diseñadora sonora que resulta también en complementar algunos momentos del viaje en carretera con un par de drones y sintetizadores que se funden con las frecuencias graves del andar de los motores por el desierto.
El final sin duda es ambiguo, no está gustando a mucha gente y confronta los planteamientos iniciales, nos acerca a la aceptación de la nada y para mí se siente como una comparación de la guerra que se vive afuera, donde inclusive aunque intentes evadir la violencia, el conflicto te encuentra de una manera y otra cuando te empecinas en ignorarlo. Y puedo decir que, más allá del gusto, estamos ante una pieza muy esmerada en todo sentido y que me hizo sentir una cercanía sobre todo en los momentos donde sabemos que cuando hay fuerzas más poderosas que nosotros, la nada nos puede absorber y dejar solos e indefensos.
