The secret of Roan Inish : leyendas familiares en close up

Por Sergio E. Cerecedo

 

El mar y la historia familiar son dos territorios que pueden ser tan hermosos y sustanciosos, como grandes contenedores de secretos, peligros y, a su vez, englobar ambas en cada capa subyacente a la masa marina que vemos desde la tierra. Hoy que Amazon Prime incluye una versión remasterizada en su catálogo, vale la pena sacar a la luz este viaje íntimo rodeado de mitología ancestral y sabiduría, cortesía de un director sabio y observador, cuyo trabajo da gusto ver en el catálogo de amazon.

 

John Sayles (1994)

John Sayles, quien empezó como guionista de películas de serie B, siempre gustó de observar la profundidad de la sociedad de los Estados Unidos, aunado a esto  sus inquietudes suelen girar alrededor de temas como la migración, la identidad de los pueblos —especialmente los fronterizos—, la clase trabajadora, el pasado de las familias, y la organización social de la gente dedicada a ciertos gremios y oficios. También ha plasmado estos temas en algunas novelas, en “Los Gusanos” aborda el tema de los cubanos viviendo en el país del norte, por ejemplo. Aunque las últimas dos décadas no le sentaron bien y hoy se encuentra en el semi retiro, cabe destacar que su última colaboración como guionista fue coescribir con Alejandro Springall el guion de “Sonora”, cinta nacional también de temática fronteriza. En la obra que hoy nos ocupa, Sayles abarcó todos sus temas de interés con un trasfondo mitológico bastante bien logrado y ubicado en los ojos de un personaje que, con entusiasmo infantil también escarba en el pasado de su ascendencia e historia familiar.

 

La película adapta la novela “The Secret of Ron Mor Skerry”, uno de los cuentos favoritos de Maggie Renzi, productora del filme y esposa de Sayles, por lo que no es de extrañarse que para un proyecto tan personal se tuviera que arrancar la filmación en Irlanda —en el libro original era en Escocia—, aún sin tener el dinero completo, en una odisea que les costó inclusive sacar de su bolsa para poder concretar el que, para mí, es uno de los mejores filmes de los noventas.

 

En la costa de Irlanda de la posguerra del segundo gran conflicto internacional. Fiona Coneelly, de 7 años, queda huérfana de madre; y su padre, metido en el trabajo duro, el alcohol y en sí mismo, la manda con sus abuelos a la costa  donde lo que sabe de un duro pasado familiar —la pérdida de un hermano menor— lo puede ver en sus ascendentes, aunado al dolor que causa la partida de Roan Inish, isla que fue el hogar ancestral de su clan, y que aunque pueden ver desde la casa rentada donde viven al otro lado del mar, aunque el abuelo y el primo de Fiona la siguen frecuentando para pescar en sus costas, extrañan tanto a los seres vivientes como la extraña sobrenaturalidad del lugar los extraña a ellos.

 

Pronto Fiona, además de pedirles acompañarlos en sus expediciones y explorar la isla poco a poco, se enterará por los rumores del pueblo de diversas leyendas que rodean a su familia y que los abuelos no quieren contarle, descubriendo viejos amores y rencillas, armando de las anécdotas de los vecinos y parientes lejanos el rompecabezas de su propia existencia y cuál es el papel que quiere tomar en ésta a pesar de su corta edad. Además de que las focas que rodean la isla parecen hablarle y seguirla a donde va. Por si esto fuera poco, le parece ver a un niño corriendo por entre los campos y no sabe hasta qué grado es real o su propia imaginación, la cámara se encarga de enfatizar esta sensación, haciendo de ese personaje un ente esquivo, casi angelical, que pasa fugazmente por enfrente de la lente.

 

El ritmo de la película, a más de 15 años de haberla visto por primera vez, me parece virtuoso porque no confunde la pausa con la lentitud. Cada secuencia tiene un movimiento constante que acentúa la sensación de vivir en un pueblo costero y nos acerca a la relación cándida de Fiona con sus abuelos, y de complicidad con su primo Eamon, quien es la única persona que le cree y se convierte en su colaborador en un camino secreto que ambos saben que cuando sea revelado, puede llevar a la confrontación o a la redención. Merece los aplausos también su acercamiento a la mitología de las selkies (Mujeres foca) desde un punto de vista que nos hace pensar en la función social e histórica de las leyendas fundacionales como una extensión de las historias humanas que escapan a lo ordinario. Hay quienes afirman que lo que en realidad había en el laberinto del minotauro eran toros de verdad y la realidad se representó en pinturas y escritos para hacerse mito posteriormente. Sea cual sea la realidad, esta vertiente mitológica es retratada en diversas secuencias con un naturalismo tan hermoso como tangible y verosímil.

 

Pasando al apartado técnico. La propuesta de Haskell Wexler en la fotografía no es la de alguien que para entonces lo había ganado todo en premios por su trabajo, es la de alguien que recurre a los elementos más sencillos cuando es necesario. Remarcable es el uso de las tomas más cercanas a los personajes, el close up nos introduce de lleno en el rostro y sentimientos de cada uno de ellos; una decisión de estilo que parece obvia pero no lo es, pues en cada encuadre de este tipo dentro de una conversación nos asomamos a la tradición oral y familiar que todos los países tenemos en común. Incluso el director afirma que le comentó a Wexler: “Las gaviotas y los demás animales también son personajes”, y esto es evidente, pues las tomas de cada especie se hacen una con las de los humanos, sean veteranos actores de teatro irlandeses, no profesionales o niños, el conjunto en general brinda emociones y voces a sus personajes a gran nivel.

 

Y es por este naturalismo que entusiasman realmente los cuadros de Fiona escuchando las leyendas y la travesía emocional de sus abuelos, tomas fijas y largas en las que vemos su cara, voz y reacciones ante las voces de sus familiares que suenan fuera de cuadro; los ojos profundos del rostro de una foca que sigue con atención una embarcación. Siempre el rostro protagonista pasivo o activo de lo que sucede alrededor. Todo esto envuelto con los ambientes sonoros campiranos y la música sutil del menospreciado Mason Daring, que no cede ante los lugares comunes de la utilización de los instrumentos célticos, pues no se pasa de meloso, tampoco de épico en las melodías elegidas.

 

Desconozco detalles de la remasterización del filme, pero a diferencia de una copia vieja que adquirí hace tiempo, en la versión disponible en Prime Video, el color se nota mucho más acentuado y se acerca más a la emotividad buscada por el director, los interiores son de café y naranja cálido casi chocolate; los exteriores azules y verdosos, y un contundente filtro sepia en el pasado. Así como una remezcla de sonido, donde se aprecian unos incidentales que parecen vivir por sí mismos, cada paso en tierra o cuchillo cortando pescado parece servir a esta intención de dar a conocer una “Poesía de lo cotidiano”.

 

El tramo final de la cinta es bello y contundente, y aunque las decisiones de guion pueden parecer ingenuas o románticas, más bien son producto de un entendimiento profundo de la esencia de los materiales originales y parece, a su manera, dar crédito al esfuerzo de los personajes por redimir su historia y dignificar sus esfuerzos de vida, vaya, pone a criterio de la familia Coneelly su propio camino, con un resultado que no puede dejar indiferente a quien es partícipe.

 

Después de la odisea que esta película supuso para Sayles y su equipo, el director rodó “Lone Star” con otro personaje icónico que indaga en el pasado familiar, pero esta vez en el desierto de Texas, y obtuvo el éxito crítico y comercial siendo nominado al óscar. Un pico que duró poco, pero que no le exime de ser uno de los directores independientes más sensibles, socialmente involucrados y lúcidos de las décadas pasadas en los Estados Unidos.

 

 

 

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