Nombrar la semilla y lo indecible de la tierra

Por Aníbal Fernando Bonilla[1]

 

Tras la lectura de Esqueletos (Ediciones Exilio, Colección de poesía Últimos pasos, Bogotá, 2022) intento descifrar cuál es el registro esencial que mueve los hilos textuales. Pruebo con algunos términos que podrían abarcar algún indicio: raíz, tierra, aire. Y, regreso nuevamente, a comprender la sustancia de este poemario incandescente, tierno y tenaz, a la vez. La creatividad escritural de Ángela Briceño (Tunja, Colombia, 1987) se expande en una especie de lienzo lírico que alude a la composición/transposición de la línea versal, para lo cual bucea en las entrañas del Ser.

 

Línea tras línea acrecienta el sentido artístico, más allá de la recomendación tradicional que supone la estructura poética, ya que en esta obra hay una pretendida manera de subvertir el poema, con inteligencia, audacia y mucha imaginación. Líneas, digo, “las primeras líneas blancas”, que van y vienen en la hoja como las propias líneas que guardan el extrañamiento de la vida en la palma de las manos. Precisamente, desde las manos dadoras de ensoñación emerge este artificio que no da tregua ante el flagelo y el dolor. Manos maternales, manos laboriosas, manos ausentes, manos amantes.

 

Exploro el vocablo que sintetice este grito poético, y relievo el tono polifónico que marca un compás constante en el conjunto poemático. El agua, por ejemplo, vendría a resignificar el nacimiento de las ideas, de las cosas, el fluir permanente de lo anhelado y consumado. La fe y el bautismo en las mujeres y hombres de buena voluntad. El ritual de las aguas también es “la marca del verso” en el secreto encanto cristalino. Se vuelve a nacer desde la palabra como luz afilada en el umbral de la mañana, aunque eso conlleve desfallecer en el experimento: “solo sombra de palabra que se empuña”. Hay una persistente entrega a la médula de la escritura, tal cual el modo atribuido desde el origen de los tiempos en donde se procesaban formas comunicativas rudimentarias: “Eran las palabras / que lentamente aparecían instintivas / serenas ya furiosas / imponentes”.

 

La autora sabe de otros signos poéticos, de otras andanzas literarias, por eso, hay una exultación de capas textuales disímiles y contrapuestas, cuya contaminación valiosa consolida esta cadencia metafórica, este fuerte palpitar silábico, esta desbordada articulación de emociones. Se escribe sin mirar atrás, o mejor aún, recordando el pretérito como huella que encandila el tránsito anhelado. Hay una voz femenina que vierte lágrimas en “esta patria absurda”. A la vez, una tarea obsesiva por redescubrir el enigmático quehacer del lenguaje, con la corrección, la enmienda, y hasta con el recurso de la tachadura parcial, dejando a la orilla receptora el desafiante mecanismo de la interpretación.

 

Rasgar —con las opciones emanadas de la lengua— las dudas que someten a la poeta, y hacerlo desde un emplazamiento visual alternativo, parece ser otra de las consignas planteadas. La ruptura propositiva se plasma en la transparencia y la borradura (en la ausencia de cierta puntuación o en la aplicación deliberada de mayúsculas y minúsculas) encaminándonos a una estética que no se desprende de la ética en el acto de escribir, sino que se funden en un contundente “vuelo de sílabas”.

 

La danza vierte fulgor desde la experiencia performática de Briceño, como lluvia [que] “no se lleva toda palabra”, y tampoco apaga el canto. Es el efecto del movimiento circular. El cuerpo es una constante mutación en el arpegio de la noche. Los cuerpos se someten a una traslación de agitaciones únicas. Cuerpos vitales, cuerpos inertes, cuerpos húmedos, cuerpos taciturnos.

 

Las palabras adheridas al poema guardan consonancia con una repetición sonora (“Madrugada nublada / madrugada helada”), cual eco que recorre los caminos correctos, los caminos posibles, los caminos aún por explorar. La expresividad anafórica es una constante herramienta que potencia el decir lingüístico. “Temblar al nombrar” es la señal en la apuesta verbal. Ante lo cual, es menester abrazar el corazón de la tierra. El sujeto poético desde un yo intrínseco reitera su apropiación con las letras a través de encabalgamientos que fortalecen el corpus del libro.

 

El latir sensible de Ángela atesora el ruido de los rieles del tren. Asimismo, transmite el drama de la guerra y sus efectos como el reclutamiento de menores de edad, en donde yace la inocencia de “plumas calientes / blancas plumas”. Y, se retrata el virus, la epidemia, el contagio, la mascarilla, el encierro: “Nos reconocemos acorralados / por el diagnóstico infecto viral -oracular”. Siendo la respuesta siempre atenta a la configuración textual (culmen de los dioses): “A punta de remedios caseros / hemos venido a curar la primera línea de un poema”. La enfermedad tan cerca de nosotros, tan letal y angustiosa. La afección de ese cuerpo reencarnado en pura grafía. Los músculos contraídos y los pensamientos flexibles, “cuando vuelva a escuchar el temblor de tu piel”.

 

Esqueletos surge luego de manchar y borronear “libretas de versos”. Cimentado de mantras, de vidas de colores y muertes perennes -semilla seca- que van colmando de espesor a nuestra conciencia literaria, en tanto, “una antorcha ardiente se esconde / dentro de los huesos”. Es bien sabido, que al final “Todo está escrito sobre esta tierra / infértil”.

 

 

 

 

[1] Aníbal Fernando Bonilla (Otavalo, Ecuador, 1976). Máster en Estudios Avanzados en Literatura Española y Latinoamericana y Máster en Escritura Creativa por la Universidad Internacional de la Rioja (UNIR). Licenciado en Comunicación Social. Docente universitario. Ha publicado, entre otros, los poemarios Gozo de madrugada (2014), Tránsito y fulgor del barro (2018), Íntimos fragmentos (2019), las plaquettes Caminante extraviado (2024), Olvido después de la ceniza (2024), y la recopilación de artículos de opinión en Tesitura inacabada (2022). Finalista del Premio Nacional de Poesía Paralelo Cero 2018, del III Premio Internacional de Poesía de Fuente Vaqueros 2023, y del XI Premio Internacional de Poesía Pilar Fernández Labrador 2024. Columnista de diario El Telégrafo entre 2010 y 2016. Articulista de El Mercurio de Cuenca desde el 2022, y colaborador en varias revistas digitales. Participante seleccionado en el Taller de Poesía Ciudad de Bogotá Los Impresentables (2022, 2023, 2024). Ha sido invitado a eventos de carácter literario, cultural y político en España, Nicaragua, Argentina, Uruguay, Cuba, Bolivia y Colombia.

 

 

 

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