Un dulce inspirado en Madame Bovary
Por Diana Peña Castañeda[1]
Normandía francesa, 1850. Madame Bovary avanza por los amplios salones de la nobleza. Su deleite salta del tapiz de terciopelo que cubre el piso a las cortinas ribeteadas con encajes que se mecen al siseo del viento que entra de los campos verdes y ondulados. Los resplandores de las llamas de los inmensos candelabros que cuelgan en las paredes se proyectan en lo tazones de plata, alineados sobre la mesa junto a la vajilla dorada. Los criados de traje inmaculado sirven comidas ostentosas como la de aquel banquete en el castillo de Vaubyessard:
“…muchos vinos de España, del Rin, sopas de cangrejos y de leche de almendras, pudín de Trafalgar y toda clase de carnes frías con gelatinas” Emma, nos cuenta Flaubert, se sintió “envuelta por un aire cálido, mezcla de perfume de flores y de buena ropa blanca, del aroma de las viandas.” Está tan entretenida con toda esa magnificencia que ni siquiera el súbito recuerdo de su niñez en la granja desnatando la leche puede ensombrecer el brillo de sus aspiraciones. Su más íntimo deseo es ser dueña de una vida esplendorosa.
Después, la veremos en su casa en Yonville. El espacio de la sala es sencillo como la comida que se sirve: una sopa de cebollas, puré de verduras, ternera con asaderas. Emma está hastiada de esa vida y de esas comidas. La rutina de la vida doméstica la atormenta. Su corazón está embebido de la riqueza que observa en las fiestas de los palacios burgueses, de los manjares, de los perfumes costosos que emanan de los trajes de frac y los amplios faldones. Es a ese mundo al que ella anhela pertenecer. Al no poder, desahoga su enojo con esa criada que llora en un rincón de la casa rural.
Emma se alimenta de novelas románticas que la llevan a idealizar la fortuna, la belleza, por supuesto, el amor. Todo comenzó durante su tiempo en el convento. Devoraba los libros que a escondidas llevaba una solterona encargada de reparar la ropa. Así, sus tareas religiosas se llenaron de historias de lenguajes apasionados, de juramentos, de tragedias. Pero siempre el lujo rugiendo como un león. También ese sueño fue fusionado por los sermones que repetían la gloria de un matrimonio eterno. Dice Flaubert que el alma de Emma estuvo, durante cuatro largos años, suscitada de dulzuras inesperadas.
Entonces, esa idea de amor celestial y vida ostentosa fue la que ella plasmó en su pastel de bodas: “primeramente en la base, había un cuadrado de cartón azul que figuraba un templo con pórticos, columnatas y estatuillas de estuco todo alrededor, en hornacinas consteladas de estrellas de papel dorado; después, en el segundo piso, se erguía un torreón en bizcocho de Saboya, rodeado de pequeñas fortificaciones de angélica, almendras, uvas pasas, cuarterones de naranjas; y, finalmente, en la plataforma superior, que era una pradera verde donde había rocas con lagos de confituras y barcos de cáscaras de avellanas, se veía un Amorcillo balanceándose en un columpio de chocolate, cuyos dos postes terminaban en dos capullos naturales, a modo de bolas, en la punta.”
Para Emma la riqueza es distinguida como la nata, y el amor principesco es empalagoso como el dulce. Su pastel simboliza un santuario al amor y a la fortuna. Entonces los cuarenta y tres invitados a la boda contemplarán un bizcocho de columnas en crema que se encumbran en mitad de un césped azucarado, rodeado de un gran lago de confituras; en la cima cupidos y tortolitos que se columpian y, en cada espacio, frutillas y almendras. El diseño es pomposo, pero falso como el cartón que lo sostiene. El dulce, según Flaubert, en madame Bovary es la metáfora de un amor sublime y la elevada riqueza que ella busca, pero que nunca llegará.
El banquete de bodas también refleja esa peligrosidad de lo falso. Más que las cantidades exageradas es la disposición de un menú grotesco para el gusto de ella: “La mesa estaba puesta bajo el cobertizo de los carros. Había cuatro solomillos, seis pollos en pepitoria, ternera guisada, tres piernas de cordero y, en el centro, un hermoso lechón asado rodeado de cuatro morcillas con acederas. En las esquinas estaban dispuestas botellas de aguardiente. La sidra dulce embotellada rebosaba su espuma espesa alrededor de los tapones y todos los vasos estaban ya llenos de vino hasta el borde. Grandes fuentes de natillas amarillas, que se movían solas al menor choque de la mesa, presentaban, dibujadas sobre su superficie lisa, las iniciales de los nuevos esposos en arabescos de finos rasgos.”
Familiares, vecinos, todo un entorno rural sentados durante más de 16 horas a la mesa disfrutando las viandas, hablan de asuntos de campo, comen haciendo ruidos exagerados, beben sin descanso. Y eso es ordinario hasta el odio para lo que Emma considera una aventura de pasiones magníficas que, por supuesto, no están presentes en Yonville.
Emma se ha casado con Charles Bovary, un médico, quien busca compañía tras quedar viudo. Su personalidad no ocupa mayores ambiciones más allá de atender pacientes humildes en pueblos y tener a su lado una esposa bonita y una hija considerada. Esa idea se proyecta en su dieta: sopa, pan y queso. Él come por necesidad, por eso no se queja ni cuestiona lo que le sirven a la mesa. Tampoco se asombra con platos extraordinarios como los que sirvieron en el castillo Vaubyessard.
La comida es también un símbolo de la relación de Emma con sus amantes. Carnes, vinos y lujo con Rodolfo; dulces, confites y elegancia con León. Amores que no perduran, placeres que no la sacian. Tampoco la sacia su estatus maternal. Berthe ha nacido y Emma debe proveerle el alimento. Sin embargo, se rinde. No por falta de amor hacia su hija, es que ella desea tener todo el amor y la grandeza material a su disposición. Ocuparse de aquello que supone la maternidad la aleja de su propósito. Por eso delega el menester de amamantar a una nodriza.
La fantasía de madame Bovary está acompañada de licores y bebidas fuertes. Champaña y vino son sinónimo de lujo y amores idealizados, es lo que ella bebe en las fiestas y en los paseos con sus amantes. Té para la armonía y la calma, por eso ella lo bebe en grandes cantidades mientras sus caprichos son incontrolables. Licores con porcentajes altísimos de alcohol para menguar la desesperación de lo que le producen sus insatisfacciones y la suerte que le ha tocado. El licor es como el deleite apasionado que embriaga y luego le deja un vacío.
Si la correspondencia de Emma con la comida y el licor es intensamente alusiva a su sentir, lo es en particular su agrado por el dulce. En esta historia el azúcar se traduce en emociones tanto en la esfera pública como privada y la íntima. Ella consume frutillas almibaradas, postres y confituras como una extensión de sus deseos de amor y riqueza. Ese sabor dulce y suave le produce una sensación de satisfacción inmediata, contraria a lo que le genera su cotidianidad que le resulta aburrida.
Emma come postres como una niña, pero Flaubert no los detalla, lo que nos permite recrear uno tradicional de la época. Un baba au rhum llegado desde Polonia y acogido como suyo en Francia, exclusivo de los banquetes burgueses. Es un bizcocho esponjoso, muy refinado, bañado hasta embriagar en jarabe de ron. Es denso, perfumado, muy goloso como las aspiraciones de Emma. Cada bocado sugiere su deseo de amor y lujo en abundancia. La masa empapa todo el jarabe alicorado del mismo modo que Emma absorbe los excesos. Es un postre que, aunque con apariencia consistente, se deshace de inmediato al contacto con la boca, igual que sucede con los sueños de Emma.
El arsénico es retratado como un dulce por Flaubert. Las frustraciones y los excesos de Emma son evidentes en el último bocado que ella probará al final de sus días. Dice Flaubert, como si al ingerir arsénico le produjese un gusto dulce en la boca. Mientras espera el efecto, ella piensa: “¡Ah, es bien poca cosa, la muerte! -pensaba ella-; voy a dormirme y todo habrá terminado.”
La historia nos ha mostrado a una madame Bovary individualista y superficial quien desprecia incluso a su propia hija y a su familia por perseguir el ideal de una vida noble rodeada de lujos y amores de ensueño; luego, al no lograr sus deseos decide un final definitivo. Pero ¿Es realmente Emma una mujer cínica o, es la encarnación de la ironía de una época sin un fundamento moral?
La vida de Emma se desarrolló en un momento y en una sociedad conservadora y patriarcal marcada por el consumo material desmedido. Las decisiones de una mujer pesaban poco en relación con las de un hombre. Ella es educada para ser compañía, cuyas acciones deben estar centradas en la familia y el esposo. Luego, cualquier anhelo fuera de esos límites es desproporcional incluso, delictivo.
Pero, aunque con una personalidad figurada desde lo trivial, Emma nos ha mostrado que el espíritu de la mujer se teje de muchos más afanes que sobrepasan la vida en familia y la rutina doméstica. También, nos ha enseñado que está bien no resignarse a la suerte, que es importante cuestionarse y que el deber del hogar es, cuando menos, de dos.
Charles es un esposo y padre ausente. Tal vez no en el sentido material porque procuró cumplir todos los caprichos de Emma; no abandonó a Berthe. Pero se nos muestra como un hombre distante emocionalmente con ambas. De un lado, no comprende lo que le sucede a Emma. De otro, no procura llenar el vacío que Emma ha dejado en la hija al retirar su vínculo materno. Cuando Emma muere, él no administra los últimos recursos dejando a la niña a su suerte, huérfana, sin alimento al cuidado de una tía sin recursos. Sin embargo, la memoria nos recuerda que fue Emma la desnaturalizada.
Madame Bovary puede ser muchas cosas, pero en estricto, es una crítica a la falsedad social definida, antes y ahora, por lujos, expectativas inalcanzables, miedo a la desaprobación que llevan a la frustración y al afán tanto a mujeres como a hombres. Madame Bovary empieza contándonos de Emma y termina, por qué no, con la historia de un farmacéutico que anhela el reconocimiento. “El farmacéutico se les unió en la plaza. No podía, por temperamento, separarse de la gente célebre. Por eso conjuró al señor Larivière que le hiciese el insigne honor de aceptar la invitación de almorzar.”
Apresurado, Homais quien estuvo auxiliando a Emma, deja el cadáver que aún yace sobre la cama para mandar a buscar pichones, chuletas, nata y huevos, no para honrar el duelo sino para ofrecer una comida a Larivièr. Tampoco es cortesía hacia este, es su deseo de mostrarse fino porque ahora, comparte un motivo con un médico respetable.
Receta de Baba au rhum
Para la masa:
Ingredientes:
12 gramos de levadura fresca.
220 gramos de harina.
70 gramos de mantequilla blanda.
40 gramos de azúcar blanca granulada.
4 gramos de sal.
3 huevos grandes batidos.
Preparación:
En la batidora agregar la harina, la sal y un poco de huevo batido.
Mezclar ligeramente a velocidad baja.
Incorporar más huevo y aumentar la velocidad.
Añadir la levadura fresca desmenuzada.
Incorporar el resto de huevo batido hasta que la masa sea más homogénea.
Añadir el azúcar.
Agregar poco a poco la mantequilla muy blanda.
La masa estará lista cuando se separe de las paredes del tazón y tenga una textura elástica.
Disponer un tercio de masa en moldes para babas, previamente engrasados y enharinados.
Dejar reposar la masa en los moldes por mínimo dos horas.
Hornear a 180 °C durante 10-15 minutos hasta que estén doradas y al insertar un palillo, este salga limpio.
Embeber las babas calientes en el jarabe de ron tibio.
Dejarlas escurrir sobre una rejilla.
Decorar con rosetones de crema chantilly.
Para el jarabe de ron:
Ingredientes:
gramos de ron añejo.
Litro y ½ de agua fresca.
500 gramos de azúcar.
Preparación:
Llevar a ebullición durante cinco minutos: el agua, el azúcar.
Dejar entibiar para agregar el ron.
Dispóngase a degustar un delicioso Baba au rhum. Cuando lleve la cucharita a su boca, cierre los ojos y deje que el dulzor alicorado inunde su boca como el recuerdo de alguna de esas fiestas enloquecidas.
[1] Comunicadora Social, especialista en Comunicación Organizacional, Magister en Ciencia Política. Interés en escribir sobre la comida como elemento narrativo en la literatura y como arte simbólico de la memoria social.
