«Y la culpa no era suya»

Por Gina Preciado[1]

Tecleé una dirección al azar. Estaba estrenando tarjeta de crédito y perfil. El carro estaba cerca y la adrenalina inundó mis venas. Víctor, mi conductor, llegó en un Versa blanco. Para su sorpresa me subí al asiento del copiloto, me volví a verlo y, sonriendo, lo saludé. No pudo ocultar la emoción, nunca pueden. Sobre todo cuando ven que la falda se me sube muy arriba de los muslos.

Víctor comenzó una plática mezclada con risa nerviosa. Es increíble lo fácil que es convencerlos de que su plática es interesantísima. A los diez minutos ya se creen que la han flechado a una. Víctor me estaba contando emocionadísimo sobre no sé qué proyecto que traía entre manos. Yo asentía y emitía uno que otro “wow” que es lo único que quieren escuchar y cuando ya me estaba hartando le puse la mano en la pierna. Sus ojos se abrieron y tragó saliva. A mí casi me sofocaba la risa. Estábamos en alto y él me miraba con la incredulidad escrita en toda la cara.

— ¿Podemos ir a un motel? – pregunté.

Me acuerdo del primer no. El bato pensó que era prostituta. Cuando le dije que no lo era cambió de opinión, pero yo ya no quise. El segundo no fue más predecible. Era un ruco canoso con cara de santurrón. De entrada no le pareció que me subiera de copiloto. Su expresión al verme subir fue de enfado. Traté de sacarle plática al pinche mamón y fue como hablar con una piedra. Le puse la mano en la pierna… error. Me la quitó de inmediato y se orilló.

— En este momento voy a terminar su viaje. Bájese por favor.

Fue humillante pero aprendí a hacer caso a lo evidente y a no forzar las cosas.

Víctor. Así sentado, se veía que no medía más de 1.70. Moreno, cabello negro y abundante. Una barba incipiente y el cutis marcado por el acné. Tenía bonita sonrisa y sus ojos eran grandes. Brillaban con lujuria y anticipación. Me copió el gesto de la mano y comenzó a sobarme la pierna izquierda.

— Hay uno aquí cerquita – y enfiló hacia un motel que yo ubicaba.

Estos tipos no dejan de sorprenderme. ¿En qué cabeza cabe que una mujer como yo quiera encamarse con tipos como ellos? Una desconocida muy atractiva se sube a su auto y después de quince minutos de conversar quiere cogérselos. Normal ¿no? El ego es siempre su perdición. Si se detuvieran a pensarlo, otro gallo les cantaría. Su mano subió hasta tocar mis calzones y con su dedo buscó mi clítoris. En cuanto das el primer paso se avientan como gorda en tobogán; no vaya a ser que te arrepientas.

— Estás bien mojada, preciosa.

¿Really, caon? Llegamos al motel. Metió el carro a la cochera y yo esperé a que bajara la cortina. Me abrió la puerta y cuando salí del carro ¡pum! 1.76 metros, compadre. Nomás peló los ojos. Subí las escaleras delante de él. Entré, me quité zapatos y ropa. En cuanto me vio comenzó a encuerarse. Saqué las esposas de mi bolsa y se las enseñé. Neta, cuando lo planeaba yo decía ¿quién carajos se va a dejar amarrar por una desconocida? Pues ellos. Ellos, a los que jamás les levantaron la falda en primaria para verles los calzones. Ellos que no escuchan guarradas desde que tienen memoria. Ellos que no han sentido el calor de un pito restregando su brazo en el camión. Ellos a los que nunca les han cortado el paso una noche por la calle. Solamente ellos pueden pensar que su pinche encanto es bestial. Ellos, que no tienen miedo.

Seguramente Víctor vio, en más de alguna película pornográfica, que las esposas podían ser muy divertidas. Se las dejó poner.

Mi primera vez fue como todas las primeras veces: desagradable, sucia y caótica. Estaba muy nerviosa y si no hubiera sido por mi apariencia aquel pendejo no se hubiera ido conmigo, porque así que digan, muy seductora, nunca fui. Llegando al cuarto me chingué dos miniaturas de tequila que llevaba para darme valor. El wey dijo:

— Comparte, tomasola.

Y entonces saqué la pachita de Bacardí adulterado que llevaba para él. En aquel tiempo todavía no usaba las esposas. En un principio era lo que se me había ocurrido pero no contaba con que había tipos que no toman. Tuve suerte de que ése sí lo hiciera, si no, habría sido exactamente lo que él pensaba que era, un cogidón bárbaro con una vieja loca. Eso o hubiera terminado como Tere. A Tere no la sedujeron, la secuestraron. A ella no le hicieron el amor, la violaron. A ella no le dieron una dosis de barbitúricos, a ella la apuñalaron.

Como iba diciendo, la primera vez fue una locura. Carlos, el veterinario del hípico, me había dado unos “polvos mágicos” con los que “dormían” a los caballos que ya no tenían remedio. Me explicó que lo más efectivo era inyectarlos aunque también funcionaban tomados pero tardaban más tiempo en hacer efecto. Carlos, ese pedazo de mierda. Para darme lo que necesitaba comenzó pidiéndome una cogida. Le dije que no, que se lo pagaba con dinero. Dijo que de ninguna manera, que la lana la podía conseguir fácil y “un culito” como el mío no tanto. Se conformó con unas nudes pero eso fue sólo las primeras veces. Después, ya muy entrado en confianza, me dijo:

— Mira, putita, no sé qué vergas te traes con estas madres pero me puedes meter en chingo de problemas. Así que o aflojas o se te acabó tu pendejo.

Accedí, pero me tenía que dar el doble de veneno y usar condón. Me llevó hasta las caballerizas del fondo y empezó a besarme. Me besó el cuello y comenzó a apretarme los pechos.

— Estás bien pinche buena.

Metió la mano bajo mi falda y sus dedos en mí. El olor a estiércol me dio ganas de vomitar. Se bajó los pantalones y los bóxers.

— Ponte el condón.

Él siguió tocándome y me bajó los calzones.

— Ponte el condón, pendejo, o me pongo a gritar.

— Uta madre, qué histérica.

Sacó un condón del pantalón y se lo puso. Me volteó sobre una paca de pastura, me subió la falda y me embistió por detrás. No emití ni un sonido. Cuando terminó, agarré mis cosas y me fui.

Víctor me cayó bien. Era muy amable, atento incluso. Le ofrecí de la pachita y aceptó encantado. “Qué hermosa estás, mami” Y esta invocación de Freud me empujó a apresurar las cosas. Lo besé en la boca. La mayoría de la gente cierra los ojos al besar. Es cuando les clavo la aguja. Su cuello expuesto deja ver las venas y no es que busque atinarles, no es necesario, pero me gusta. Disfruto ver su reacción; aprovecho su sorpresa para justo en ese instante meterles un calcetín a la boca, aunque no tienen mucho tiempo para gritar. La dosis que les meto es tan fuerte que su muerte es casi instantánea.

Eso me pesa un poco; no sufren. No sufren como sufrió Tere.

Saco los guantes de látex y tomo el dinero que trae en la cartera. Limpio los rastros que pudiera haber dejado y me visto. Me pongo la peluca, los lentes oscuros y salgo en el carro. Lo abandono a una cuadra y tomo un taxi que me lleva a mi casa.

A veces veo mi trabajo en los periódicos, a veces no sale nada. La mayoría es opacado por las decenas de feminicidios que suceden diariamente en todas las ciudades del país. Sé que lo que hago no es suficiente pero es algo. Al final del día, en la calle, hay uno menos.

 

  1. Gina Preciado es Psicóloga y escritora. Cuenta con un diplomado en Creación Literaria por la Escuela de Escritores SOGEM. Ha publicado cuentos en las ediciones V y VI de las antologías de “Caleidoscopio” de la misma escuela. Es ganadora del tercer lugar en cuento corto del “XXI” y “XXII” Concurso de Creación Literaria otorgado por la Universidad Panamericana. Ha colaborado en revistas literarias como “Letrambulario” y “Artífices”. En 2017 fue beneficiada con una beca del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes (CECA) con la cual publicó su primer libro infantil “Jade y el bicho” en el que aborda el tema del VIH. En 2018 fue una de las ganadoras del certamen de cuentos cortos de Editorial Endira, mismo que se publicó en la antología del mismo año.

 

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