La Ciudad Palimpsesto

Lectura de lo efímero como algo permanente

 

Por Ximena García Álvarez

 

Para comprender la complejidad del espacio urbano, pocas metáforas son tan reveladoras como la de asociar el concepto de palimpsesto a la descripción de una ciudad. La palabra palimpsesto, de acuerdo al diccionario de la Real Academia Española, hace referencia a un “manuscrito antiguo que conserva huellas de una escritura anterior borrada artificialmente”; de esta definición se forman dos imágenes interesantes, primero, la ciudad como una estructura física donde se pueden encontrar restos de otras ciudades, y segundo, la ciudad conformada por los innumerables actos sucedidos en el espacio tiempo a lo largo de su historia; estos actos, al igual que las edificaciones, no desaparecen, sino que se perciben en el presente a través de las formas de pensar, sentir y comunicar; es decir, que si estudiamos conscientemente nuestros, pensamientos, palabras y acciones, podemos identificar algunos que provienen de nuestros padres, abuelos, amigos, tutores o maestros, quienes a su vez han construido los propios a partir de sus relaciones con el pasado y sus aspiraciones futuras, tal y como subraya Capel (2002) “El pasado ha dejado restos de diversas edades. Pero está presente en este momento a través de ellos. Y esos restos de épocas diversas interactúan entre sí” (p. 41).

Esta idea de superposición aplicada a las estructuras físicas, a la memoria colectiva e individual, a los pensamientos y a las formas de vida que, generación tras generación, inscriben el tejido de la metrópoli, nos permiten pensar la ciudad o, mejor dicho, las ciudades como tiempo y espacio de entes vivos y estructuras físicas en constante devenir; aspecto opuesto a la idea de la ciudad en el sentido de permanencia y estabilidad.

Para seguir ahondando en ello, pensemos la ciudad como un charco de agua en una calle asfaltada, al verlo observamos límites bien definidos, donde cualquier intervención, por sutil que sea, generará un cambio y ampliará sus límites; supongamos por ejemplo que tocamos el agua con la punta de nuestro dedo y jugamos con su tensión superficial, si el contacto es sutil podremos sentir la resistencia y observar cómo nuestro dedo desplaza poco a poco la membrana del agua hasta romperla y ocupar su espacio, generado un desplazamiento, una reconfiguración de la totalidad de este charco. La Ciudad de México es ejemplo de esto: una metrópoli erigida sobre el lecho de un gran lago, una capa de asfalto y concreto que intenta sepultar, sin éxito, la memoria del agua que yace debajo. Recordamos esta historia al vivir sus inundaciones, experimentar el sofocante calor y quizá al sentir microsismos. Es verdad que una tierra que no tiene agua se erosiona.

También podríamos ocupar la imagen del charco para pensar en el agua como un conglomerado de pensamientos y emociones que se mueven y constituyen la ciudad; algo similar a la idea del planeta oceánico de Solaris de Stanislaw Lem (1961), donde no es posible distinguir entre el pensamiento de la materia, lo vivo de lo inerte.

La relación de la ciudad como fluido de pensamientos y emociones también es perceptible al escuchar el canto de personas o aves, los silbidos del viento, la exhalación de la respiración, los movimientos de bailes espontáneos en una plaza, así como demás actos cotidianos expresados por los seres que habitan la ciudad (humanos y no-humanos).

Invito a pensar estas manifestaciones efímeras ocupando un espacio físico duradero; las cuales, al igual que en la imagen del dedo que se aproxima para hacer contacto con el agua y sumergirse, son capaces de desplazar objetos y seres de manera permanente; borrar y re-inscribir sobre la superficie de lo existente.

Si nuestros pensamientos y emociones se entrelazan físicamente en nosotros realizando cambios fisiológicos visibles, por ejemplo, al enrojecer de felicidad o enojo, o al titubear cuando sentimos miedo; podemos reconocer que las emociones y los sentimientos afectan las decisiones que tomamos en relación con el entorno y el medio ambiente en el que estamos inmersos. Algo así como un palimpsesto de imaginaciones, emociones y acciones.

Contrario a la idea de que los pensamientos y las emociones son huellas transitorias que se desvanecen con la vida misma de quien las crea y quien las experimenta, observemos la tangibilidad de ellos mirando el presente. La ciudad y su espacio urbano son definidos por la imaginación humana de quienes la habitan.

Esta capacidad creadora para desarrollar conceptos de ciudad y ponerlos en marcha es visible en la diversidad de ciudades, la ciudad gueto, la ciudad perdida, la ciudad rural, la ciudad turística, la ciudad periférica, la ciudad comercio, entre otros adjetivos que se le pueden dar a un mismo espacio geográfico.

Volvamos al ejemplo de la Ciudad de México, para concentrarnos específicamente en el Polígono del Área Natural Protegida Ejidos de Xochimilco y San Gregorio (en adelante ANP).

El ANP es un humedal, ecosistema acuático y terrestre, capaz de absorber grandes cantidades de agua, tener tierra fértil para el cultivo, ser el hábitat de especies como garzas, serpientes, ranas, en este caso, dos de los anfibios más famosos, la rana Moctezuma y el Axolote, así como de diversos tipos de árboles y plantas endémicas.

Sin embargo, a pesar de su importancia ecológica, su efectividad en el control de inundaciones dadas sus características (especie de esponja), receptáculo de agua subterránea o la regulación de la temperatura en las épocas de calor y sequía; no ha sido posible llegar a un acuerdo sobre su significado para la ciudad y la población, por ende, su existencia está en entredicho.

Desde la imaginación científica, chinampera, del comercio o del turismo, hasta las innumerables imaginaciones de grupos de personas migrantes, las ya asentadas, o de quienes están en el gobierno, es evidente la dificultad por llegar a un consenso sobre ese espacio.

Este desacuerdo, sumado a las carencias de la población y los intereses privados, propicia la construcción de viviendas con descarga de drenaje en sus aguas, la práctica turística invasiva, la sustitución del ejercicio chinampero por la ganadería, la producción agrícola de invernadero y el uso de sus canales para el desecho de materiales de construcción provenientes de otras zonas de la ciudad, etc.

Pareciera entonces que la mente humana requiere ver un espacio construido para detenerse. Esta forma de pensamiento no es exclusiva de los habitantes de la Ciudad de México o de las personas que habitamos Tláhuac y Xochimilco, sino una concepción de la modernidad y del desequilibrio que promueve el capitalismo, haciendo evidente el pasado en el presente.

Varios han sido los intentos por revitalizar turísticamente el humedal, por ejemplo, la construcción monumental del restaurante Los Manantiales (1958) a cargo de Félix Candela, uno de los arquitectos más famosos del siglo pasado; su estructura indudablemente tiene un valor estético en la historia de la arquitectura mexicana; sin embargo, su visible deterioro y subutilización demuestran que la imposición de ideas deriva en construcciones arquitectónicas innecesarias.

Lo mismo puede ser aplicado a los conceptos de esparcimiento que adoptamos frecuentemente de EUA o Europa. Tal es el caso del viaje en trajinera que imita la visita a una discoteca, o la realización de eventos masivos que representan teatralmente y al estilo norteamericano tradiciones culturales. ¿No acaso James Bond vino a modificar la forma de entender el Día de Muertos en la ciudad?

Los pensamientos y las emociones no son meros ejercicios efímeros que se encienden y apagan, sino que la imaginación, que se alimenta de ellos, es la que los hace existir físicamente en nuestra vida, los inscribe, entremezcla y modifica en el presente, los alimenta de aspiraciones futuras y los ejecuta en cada decisión. Entender a la ciudad como un palimpsesto de lo que llamamos efímero, capaz de volverse permanente, como el desplazamiento acelerado del humedal en Xochimilco, es indispensable para reflexionar en torno a los orígenes de lo que aspiramos. El hecho de que estemos en un sistema orientado al consumo y que de manera individual no sea posible salir de él, porque nos envuelve, no significa que no tengamos ideas u otros referentes, la imaginación es una realidad en movimiento.

Y mientras finaliza este texto, en Nayarit una imaginación pretende, pese a las protestas y los daños ecológicos, construir un estadio de fútbol demoliendo la Ciudad de las Artes. ¿Cuántos elefantes blancos necesita la ciudad?

 

 

 

Bibliografía.

Capel, H. (2002). Lo efímero y lo permanente, o el problema de la escala temporal en geografía. Anejo del Boletín de Estudios Geográficos, (97). https://bdigital.uncu.edu.ar/objetos_digitales/10451/02-capel-arr.pdf

Castoriadis, C. (1975). La institución imaginaria de la sociedad. Tusquets.

Kottman, P. (2017). Art and Necessity. Rethinking Lessing‘s Critical Practice. Antiquity, Enlightenment, and the Limits of Painting and Poetry. Recuperado de:  https://books.google.es/books?hl=es&lr=&id=6n8yDwAAQBAJ&oi=fnd&pg=PA327&dq=Art+as+a+human+necessity&ots=tItf3FLmaD&sig=9PkOhd4LdCJyn10Dg4bvj43rTjw#v=onepage&q=Art%20as%20a%20human%20necessity&f=false

Duque, K. (2011). Clásicos de Arquitectura: Restaurante Los Manantiales / Félix Candela. ArchDailyhttps://www.archdaily.mx/mx/02-95859/clasicos-de-arquitectura-restaurante-los-manantiales-felix-candela

Petts, J. (2012). The Necessity of Art, Ernst Fischer, with an Introduction by John Berger. Historical Materialism, 20 (2), 195-209. https://doi.org/10.1163/156920612X634492          

Procuraduría Ambiental y del Ordenamiento Territorial PAOT, (2017, Noviembre). Sistema de información geográfico participativo de Xochimilco. II Foro Datos Abiertos Información Espacial. https://paot.org.mx/micrositios/Datos_abiertos_2/pdf/2017/Mesa_2/Xochimilco.pdf       

 

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