¿Nuevas masculinidades?

La otra cara de la moneda y los peligros de los nuevos gurús para “hombres”

 Por Abel Ramírez Guerrero[1]

Hablar de masculinidades, al menos en los últimos años, ha traído una serie de controversias a las que se adhieren narrativas que ponen en discusión cuál es el comportamiento que tienen/tenemos que desarrollar los hombres en la vida cotidiana. La discusión se pone aún más compleja, enredada y borrosa cuando se vincula masculinidades, género y feminismos. No digo que ese vínculo no exista. Pero, la intención con la que lo esbozan algunos sujetos, pone en entredicho la importancia de trabajar y repensar la forma en la que se entienden y despliegan las masculinidades (hegemónicas). El problema no está en los sujetos, sino en las intenciones y en las narrativas (discursos) que se crean a partir de ahí.

Pareciera, en alguna medida, que si decimos masculinidades –nuevas, positivas, alternativas, diversas, noviolentas o como se las quiera llamar– implica convertirnos en sujetos sumisos que responden a los intereses, decisiones, intenciones, objetivos y designios de las mujeres. Si decimos “hay que trabajar en entender cómo comportarnos con las/os otras/os” enseguida salta a la palestra un miedo irracional de convertirnos en dominados frente a un grupo dominante que, en este caso específico, serían las mujeres. Es como si se entendiera que los feminismos y el género (en tanto categoría de análisis relacional) se pusieron de acuerdo para arrinconar/nos a los hombres.

Este fenómeno, por llamarlo de algún modo, abre la posibilidad de hacer varias lecturas: i) consciente oLeer más

La discriminación laboral por motivos de género

Por Verónica Ethel Rocha Martínez

El siglo XXI muestra una tensión laboral que se agudiza en períodos de crisis económica, el trabajo en estas condiciones es precario y conlleva omitir los derechos de seguridad social ganados en la Revolución Mexicana como: el derecho a servicios de salud, aguinaldo, prima vacacional, vacaciones pagadas, etc. En ese sentido, las condiciones laborales ofrecen un esquema de pago por honorarios, proyectos, salarios asimilados que claramente omiten una relación laboral que dignifique la figura del trabajador en su máxima expresión.

Ello implica que aún con una mayor cualificación quienes se insertan en la vida laboral se ven obligados a optar por desarrollar actividades para las cuales se encuentran sobrecalificados, a esta situación se suman una serie de condiciones que lesionan la valía de las mujeres en ambientes altamente competitivos en donde los hombres sostienen el poder de las decisiones y los recursos para que ellas puedan realizar su trabajo.

 No es de extrañar que el 10 de octubre de 2018 la Secretaría del Trabajo y Previsión Social publicara en el Diario Oficial la NOM -035-STPS-2018 (STPS, 2018) cuya finalidad es garantizar un entorno favorable en los centros deLeer más

Los impactos del COVID-19 en las trabajadoras del hogar en México y algunas lecciones para mejorar

Por Abde Soto[1]

Tradicionalmente, las mujeres han sido las responsables de realizar las tareas del hogar y el cuidado de las personas, sin embargo, a la par de su incorporación masiva al mercado de trabajo, se vivió una transformación en la dinámica interna de las familias; sobre todo en los hogares que optaron por auxiliarse del trabajo doméstico remunerado.

En este sentido, para diferenciar a las personas responsables de las labores domésticas que se llevan a cabo en casa y que perciben un salario de aquellas que no, se propuso el término trabajadoras del hogar, que reconoce estas actividades como un trabajo, y en consecuencia demanda que quienes lo efectúan gocen de iguales derechos y prestaciones como cualquier otra persona ocupada.

En México, en este sector trabajan 2, 222,581 personas, 91% de ellas son mujeres. Representan alrededor del 9% del total del empleo femenino del país, sin embargo, solamente alrededor del 5% cuentan con protección social (Inegi, 2022a)[1], por lo que se trata de una de las labores más precarizadas, a lo que se suman conductas clasistas y racistas que impiden su pleno reconocimiento como actividad profesional.

Cabe destacar, además, que sus ingresos son entre un 15% y hasta un 30% inferiores al promedioLeer más

La Cuarta Transformación, acción gubernamental y mujeres

Por Cecilia Barona

“Nunca olviden que solo hace falta una crisis política, económica
o religiosa para que los derechos de las mujeres sean cuestionados.
Estos derechos nunca pueden darse por sentados. Debes permanecer vigilante durante toda tu vida”
-Simone de Beauvoir

 

La construcción del Estado nación en México en el siglo XIX, igual que en muchos otros países (si no es que en todos), fue androcéntrica, centrada en la universalidad de las necesidades de los hombres. Ellos gobernaban, legislaban e impartían la justicia, y parte del entramado que era de su propiedad o de su pertenecía era el cuerpo y la vida de las mujeres. La acción femenina estaba centrada en el ámbito privado, a saber, en las labores del hogar, el cuidado de las personas enfermas, la enseñanza de ciertas actividades (la costura, por ejemplo), la partería, entre otras, pero en la vida pública no tenían ni la menor injerencia. 

Hoy en día parece casi inimaginable una sociedad mexicana que no tenga la participación de las mujeres en la vida pública del país, sin embargo, hace apenas 67 años se logró el sufragio femenino a nivel federal y solo hace 43 años, por primera vez, una mujer gobierna un estado de la república. Con esto, el derecho político de las mujeres de votar y ser votadas se hizo una realidad, no obstante, la justicia de género[1] sigue siendo una exigencia vigente en la actualidad.

Desde antes de la obtención del voto, la lucha de las mujeres fue perseverante y lo sigue siendo. Sus exigencias constantes al Estado Mexicano, así como su ingreso y participación en espacios como la academia, asociaciones no gubernamentales, el activismo, el gobierno, el poder legislativo y el judicial (espacios que también el movimiento se ha ganado) han rendidos frutos. Hoy podemos hablar de las obligaciones que tiene el Estado por la firma y ratificación de Convenciones internaciones[2] como la CEDAW y la Convención Belém Do Pará, además de la expedición de las Leyes Generales[3] para la Igualdad entre Mujeres y Hombres y la Ley de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia.

Una manera con la que el gobierno cumple con estas obligaciones es con policies, en otras palabras, con acciones de gobierno. Julio Franco (2013) clasifica la policy en tres dimensiones:

  1. Políticas de Estado: Son acciones que implementa únicamente el ejecutivo federal, que están plasmadas en la Constitución y transcienden los periodos de gestión de gobierno. Buscan alcanzar macro objetivos.

Leer más

Un mundo para unos cuantos

Para Judith… Mujer sin miedo …
 
<<Donde hay poder, hay resistencia>>
-M. Foucault-
<<Pensar y estar completamente vivo son lo mismo.>>
-H. Arendt-
<<Yo duermo junto a una mujer, duermo junto a un abismo>>
-E. Galeano


 

 

Por José Miguel Hernández Valtierra.[1]

Hablar de educación hasta el día de hoy ha sido una tarea esquemática y sistémica, algo curioso cuando la educación es per se una entidad compleja al estar implicada con la vida de los seres humanos. Desde la postura de Maldonado (2014), ésta tiene una labor si bien no salvífica, como la plantean los pedagogos ilustrados, sí se verá inmersa en una consigna metaheurística con la finalidad de habilitar y actualizar todas y cada una de las potencialidades humanas que hagan del individuo “lo que es” (Accorinti,2004), un ser vivo y libre en un sentido amplio. Al hablar del sujeto – objeto humano nos referimos a una entidad que supera los límites del ambiente (die Umwelt) para construir algo a lo que llamamos “Mundo” (das Welt), esto gracias a su libertad / intencionalidad (Uexküll & Krizat, 1970).

Si bien la finalidad de la educación es lograr por parte de los sujetos la construcción del mundo (Welt), siendo éste una entidad abierta y trascendente, pareciera que en la actualidad “este mundo ha sido para unos pocos”, con este juicio taxativo comienzo mi reflexión en torno a la necesidad urgente de la construcción de un mundo para todos y no solo para unos cuántos, quizá el más racional de los mundos posibles (Galeano, 1998). Cuando hago referencia a un mundo para todos, la tarea se hace más utópica pero no ingenua, al ser la utopía el vector ético-liberador para toda transformación social (Bourlegui,2016). Sin embargo, considero que una categoría que llega a todos los que estamos fuera o dentro de este mundo para pocos y nos encierra en un constructo social que aún puede tornarse más excluyente es la categoría de género (Preciado, 2011), siendo el género femenino quien más excluido se ha visto en la historia (Gutiérrez y Del Campo, 2017).

Actualmente vivimos en nuestro país una triste situación donde la exclusión para el género femeninoLeer más

El padre que no queremos ser: Desaprendiendo la paternidad con John Cheveer

Por Alan Román[1]

Muy bien, es hora de que hablemos de patriarcado. Sí, sé que este término parece sobreexplotado últimamente, pero si reconocemos una masculinidad hegemónica, ésta no podría serlo sin el patriarcado. Comencemos con lo más sencillo, que en la mayoría de los casos es donde más confusiones hay. El patriarcado es un sistema social por el cual los hombres tenemos ventajas y privilegios sobre las mujeres (Lerner, 1990) implicando una jerarquía tanto institucional como cultural masculina. Y ya los estoy escuchando: “¡Yo nunca en la vida he tenido privilegios sobre las mujeres a mi alrededor! ¡Yo he tenido que partirme el lomo por lo que tengo como cualquier otra persona!” Si, Emanuel, ya te oímos, ahora sigue leyendo. Estas son aseveraciones comunes, pero erróneas, porque sí tenemos privilegios, sí tenemos que cuidarnos menos, que pensar menos en nuestras acciones, pero lo que ocurre es que muchas de las situaciones son cotidianas y nadie nos ha enseñado a observar o criticarlas, sino todo lo contrario, se han empeñado en reproducir los estatutos que reafirman este sistema. Lo que termina por formarnos como varones egoístas, machistas y discriminadores.

Parte de la labor para normalizar los preceptos patriarcales la ejecutan los medios y productos culturales, es decir, las películas, las novelas, las telenovelas, los libros, etc. Ahí solemos encontrar historias donde se resalta la acción masculina, relegando la femenina a tropos secundarios, y son los mismos productos culturales los que han creado el monolito sagrado del padre todopoderoso. La figura que aplica una paternidad dura, ríspida, como un modelo perfecto para reproducir la masculinidad hegemónica (Rodríguez, Pérez y Salguero, 2010). Crecemos con una figura masculina, real o ficticia, que nos hace crecer y añorar imitarlo, para en un futuro nosotros ser los que inspiremos a nuestra progenie. Por ello parece que los hombres no podemos dejar de ser padres, no podemos quitarnos el estigma del deber cumplir como proveedores y ejemplos a seguir, que hará de nosotros hombres completos, aunque nuestro mismo desequilibrio emocional afecte al de nuestros hijos o pupilos. Pero los productos culturales no son los únicos responsables de esta construcción de deseo paternal, sino las propias experiencias sociales Leer más

Incremento de la violencia intrafamiliar durante la pandemia

Por Saúl Pérez Sandoval[1]

 En este artículo se abordará un posible factor causante del incremento de la violencia intrafamiliar durante la pandemia, en particular en contra de las mujeres, adolescentes y niñas, ya que es la que más aumentó durante el confinamiento. Se tomará como referencia principal, la conferencia del Dr. Gerardo Ávalos (“Y cuando nos vacunaron, la estructura económica y sus formas sociales aún seguían ahí”), el libro del Dr. Rodrigo Parrini (Panópticos y laberintos. Subjetivación, deseo y corporalidad en una cárcel de hombres) y el libro de política y violencia. Aproximaciones desde la psicología social.

La articulación que se hará a continuación es un posible factor más del aumento de la violencia durante la pandemia, aunque no es el único, ni mucho menos quiere decir que esta forma en que se plantea sea la única, solo será una hipótesis. En primera instancia, se necesita saber que parte de la violencia se genera por diferentes factores como: el crimen organizado, las pandillas, que en muchos casos van ancladas con las drogas y armas; pero, sin dejar a un lado lo social, desde la socialización primaria que será la familia y la secundaria que se representa como lo externoLeer más

Facebook, avala mi feminidad, por favor

Por Carmen Macedo Odilón[1]

Como tantas veces al día, Facebook me distrae a la vez que absorbe mi escaso tiempo libre. No sé si hasta el punto de enajenarme, puesto que todo lo que pudiera interesarme del mundo actual está ahí reunido: amigos, asuntos escolares, noticias, lo viral, compras y hasta activismo. Seguramente no soy la única que pasa de la diversión a la indignación con solo un desliz de dedo a través de la pantalla táctil de un celular o con un sinfín de clics frente a la computadora. Por ejemplo, hace poco leí esta frase en un ensayo de Luisa Possada Kubbisa: “Las mujeres son cuerpo”.

Y es interesante, porque previamente un par de ideas entorno a este tópico me dieron vueltas en la mente cual torbellino rabioso, y todo gracias al querido y a veces odiado Facebook.

Una publicación casual, el video de una chica, Sophie Arvebrink, quien, de más joven, se sentía acomplejada por su cuerpo delgado, razón por la cual se adentró al culturismo y ahora exhibe su turgente musculatura en páginas fitness.

Las reacciones variaban: caritas de asombro de mujeres que expresaban su admiración por el arduo esfuerzo de una vida dedicada al gimnasio, algunos corazones y likes, el resto correspondía a las caritas burlonas, de dueños escudados en el anonimato y la distancia del Internet, donde la premisa era una sola:

 “Tiene cuerpo de hombre.”

De inmediato pensé: seguro a Sophie le brotó pene, y próstata, su pelvis se estrechó, las glándulas mamarias desaparecieron de su torso y en el cuello le brincó una abultada manzana de Adán. ¡Ahh, malditas pesas y ejercicio de alto impacto! ¿Para qué existen las “operaciones de reasignación de sexo” si con una rutina intensa de pesas y estrictos hábitos de ejercicio, una mujer, a criterio de los usuarios de Facebook, tiene lo suficiente para convertirse en hombre? 

“Perdió la feminidad.”

Claro, porque salió del molde de cualidades y comportamientos que, se cree, caracteriza a una mujer. Sí, pero este constructo social en el que nos encasillan incluso antes de nacer, cuando los padres anticipan ropa rosa y aretes para las niñas, no aporta más que limitar el espectro de posibilidades donde las mujeres podremos, más tarde, desenvolvernos. El resultado de apegarse a un término como feminidad es considerar otredad, rareza y desconcierto a una mujer que hace rutinas de pesas para definir sus músculos.

 También leí:

“Dejó de ser mujer”

 Y las palabras de Possada “las mujeres son cuerpo” me llevaron a imaginarnos reducidas a una carcasa de atributos físicos que se juzgan únicamente con la mirada. Pero ¡qué lástima!, si pese a la aprobación social o al reproche de sus espectadores, quejarse y atacar en Internet es insuficiente para cambiar la realidad de una hembra humana. 

A Sophie Arvebrink la tacharon de exagerada por romper los estándares de belleza con un cuerpo tonificado, le llamaron fraude porque hay quienes consideran que su masa muscular es resultado del uso de esteroides. Más de uno escribió “lesbiana”, como si el culturismo fuera un estilo de vida exclusivo de las lesbianas, o bien, como si la orientación sexual fuera un insulto.

De la mano con la frase “cuerpo de hombre”, el otro común denominador de los comentarios fue la pérdida de la fragilidad: las sutiles y suaves formas del cuerpo de la mujer disminuidas por el volumen de músculos torneados. “Delicado” fue el adjetivo más empleado como sinónimo de lo femenino, aunque me dio la impresión de que en realidad deseaban escribir “débil”.

 Entonces mi mente colapsó cuando hilé este asunto de la feminidad con otra publicación de Facebook que me dejó largo rato intranquila. Un típico post machista en una típica página machista que de repente se hace viral, el cual contrasta la imagen física de las mujeres: unas perfumadas y maquilladas, que usan vestidos ajustados; vs la contraparte: encapuchadas, manifestantes y mujeres con el torso desnudo. Al pie del post se lee la siguiente frase:

“Yo no soy feminista, soy femenina”.

Me sorprendió la cantidad de chicas que respondieron a la publicación argumentando que podían ser ambas cosas, que estaban orgullosas de ser feministas y femeninas e, incluso, compartieron fotos de sus perfiles, rodeadas de flores, corazones y animales de peluche, uñas largas, vestidos cortos y maquillaje detallado. Me pareció un ejemplo muy claro de búsqueda de aprobación masculina, de alienación con ese mismo sistema que por años nos ha tratado de encajar en estereotipos de género que limitan el concepto de mujer a ser femenina. En relación con este tema, Naomi Wolf en El mito de la belleza (1992) [2] menciona lo siguiente: “Estamos en medio de una violenta reacción contra el feminismo, que utiliza imágenes de belleza femenina como arma política para frenar el progreso de la mujer: el mito de la belleza.”

Treinta años después, sigue repitiéndose la situación que comenta Wolf: para herir a una mujer basta con hablar de su físico, para manipularla es suficiente hacerla sentir insegura de su imagen corporal, comparándola con otras mujeres, la perfecta aplicación del famoso “divide y vencerás”.

De esta forma, la violenta lucha mediática entre femeninas contra feministas distraerá la atención de la verdadera violencia que ejerce el patriarcado sobre las mujeres, y que se ha normalizado a tal grado que se busca desacreditar a una mujer y a todo un movimiento cuando alguna decide poner fin a años de dominación manifestada a través de las ataduras de los estereotipos de género.

Femeninas, sí, feministas no. Seguro esta frase volverá a aparecer en mi news feed y me acordaré del camino que nos falta por recorrer, con el fin de que cada vez más mujeres cuestionen para qué sirve el estereotipo de lo femenino. Como feminista en formación, este tema me sirve de parámetro para saber dónde falta un cuestionamiento acerca del papel en que seguimos encasillándonos en un mundo dominado por hombres, que continúa determinando el valor de una mujer por su potencial de madre, esposa y mujer trofeo. Me hace ver que la crítica hacia este mito de la belleza y de la feminidad necesita llegar a más mujeres y crear polémica, propiciar análisis y reflexiones para entonces tomar cartas en el asunto como en su momento lo hizo —y sigue haciéndolo— el tema de la maternidad impuesta.

Mientras tanto, Sophie Arvebrink, en los videos que subió la página Gladiadores fit, luce radiante, segura, fuerte, satisfecha consigo misma, y a lo largo de una extensa galería de imágenes disfruta su deporte al lado de sus compañeras de gimnasio. A pesar de los comentarios que critican su cuerpo y que cuestionan sus decisiones sin siquiera conocerla, ella sigue rompiendo esquemas viviendo de la forma en que lo desea, con una fama internacional, feliz consigo misma, con el respaldo de miles de seguidores en Facebook e Instagram y firmando autógrafos en eventos de culturismo.

¿Y los cibernautas le tienen lástima?, ¿en serio? Me encanta cómo esta querida red social, incluso luego de un momento de indignación y tras estas simples disertaciones, vuelve a hacerme reír con las ocurrencias de sus usuarios machistas.

De modo que, esta cuestión se veía lejana, dado que hablamos de una culturista nacida en Suecia, sin embargo, hace unos meses, la misma polémica llegó a territorio mexicano y posiblemente se extendió por toda Latinoamérica. La actriz y modelo Vanessa Guzmán, ex miss México, sorprendió con el cambio en su imagen, luego de ganar tres medallas en una competencia de culturismo realizada en Vallarta. Y ¡bam!, de alguien salido de la alcantarilla surgió la misma cantaleta del “parece hombre”, “qué desperdicio” o “ya se echó a perder”.       Que alguien tome este texto desde el principio, sustituya el nombre de Sophie por Vanessa y volvamos a explicar por qué ninguna mujer necesita la aprobación de miles de desconocidos para hacer lo que le gusta. Guarden estas palabras, porque la guerra contra el cuerpo de las mujeres es un cuento de nunca acabar.

Así que cuando quiera, que Facebook elija una foto mía y le pregunte a sus usuarios si estoy in out, si con los tatuajes y perforaciones me descompuse o si por el sedentarismo y el vello corporal dejé de ser mujer, porque créanme, me muero de ganas de saberlo…

 

 

 

[1] Carmen Macedo Odilón es bibliotecóloga, estudiante de Lengua y literatura hispánicas y de Creación literaria. Ha publicado cuentos para adolescentes en cinco antologías de la Editorial Escalante, así como de manera virtual, ensayos, relatos, cuentos y artículos con perspectiva de género en revistas literarias, académicas y fanzines. Huidiza por convicción, devota del Gatolicismo por convicción y noctámbula por placer.

[2] Wolf, Naomi. (1992). El mito de la belleza. Argentina: Emecé, p. 14.

 

 

Black widow: Las críticas que no queremos hacer a la masculinidad

Por Alana Román

Black Widow es una película estrenada en 2021, grabada durante el 2019, con miras a estrenarse el año siguiente, su lanzamiento se pospuso por la pandemia que azotó ese mismo año.

Así, este año recibimos una cinta de Marvel perteneciente a su ya extenso Universo Cinematográfico, que comprende 23 películas, entre las cuáles Black Widow es la segunda en ser protagonizada por una heroína, siendo el único antecedente Capitana Marvel, estelarizada por Brie Larson.

En esta ocasión es Scarlett Johansson, actriz consolidada en Hollywood y quien tras una década de aparecer como personaje secundario en diversas cintas del mencionado Universo, protagoniza la cinta que gira en torno del personaje que interpreta, mostrándonos el origen y las aventuras de Natasha Romanoff para buscar eliminar a la organización criminal La habitación roja.

Y hasta aquí llegamos con la sección sin spoilers de la cinta, porque desde el sacrificio de Black Widow en Avengers: Endgame, y tras el cual no hubo un funeral, ni ninguna otra clase de ceremonia, salvo algunas “lágrimas de macho”, Leer más

El empoderamiento de las mujeres desde la práctica escolar

Por Luis Alexis Ibáñez Aguilar[1]

“Primero enamórate, pero de ti misma, construye un mundo propio,
deja de ser el reflejo del otro.
Busca tu misión, entre mujeres hagamos conexión, estudia y trabaja.
Lee a Florence y no uses faja”.
-Andrea Echeverri-

 

En este breve escrito, se pretende reflexionar sobre la gran importancia de la voz femenina, de las mujeres, de las niñas y adolescentes, en igualdad, por una simple razón: todos somos seres humanos. Así, en este trabajo se busca cuestionarnos sobre la mirada de la sociedad hacia las mujeres, a través de sus interpretaciones, las realidades que vive cada una de ellas alrededor de su espacio sociocultural, es pensar alguna vez en un mundo diferente.

Pensemos en un entorno distinto, en palabras, expresiones cotidianas que realizamos, o, mejor dicho, lo que nos enseñan a decir desde la escuela. Qué pasaría si nos enseñaran a saludar a “todas y no a todos” desde que ingresamos al preescolar. Sabemos que está muy en boga el lenguaje incluyente que expresa una compleja trama de dimensiones humanas que van desde lo cotidiano y práctico hasta lo simbólico, que abarca sentimientos, mandatos, experiencias, circunstancias sociohistóricas y hasta situaciones actuales (Guichard, 2015). Por lo ­anterior, entonces deberíamos preguntarnos si somos conscientes que, para lograr el empoderamiento de las mujeres, deberíamos comenzar ­—desde un punto de vista como educador—, antes que nada, Leer más