Le grito al agua | Narrativa

Por Mapi Scarlett Flores Cruz

 

Durante el día se convierte en nube y en la noche, en aquella pequeña estrella que acompaña a la luna, me decía mi abuela. Nunca la alcancé a comprender, pero siempre me dijo que solo llegan a entenderlo quienes pierden lo más cotizado por los ancianos: la inocencia; o quienes ven a la muerte de frente. Pero esas palabras volverían a tener sentido en mi vida muchos años después.

Cuando una cumple quince años, sueña con aquella gran fiesta, chambelanes, viajes, regalos y la idea de ser una adulta. Pero mi historia no fue así; a mí me robaron la juventud y robaron la muñeca de mi alma.

Era un jueves 13 de abril a las 4 de la tarde. El sol estaba tan radiante que hacía brillar mi piel morena. Mis papás, Emiliana y Alejandro, me llevaron a nadar porque querían cumplir la fantasía de que yo era una sirena. A pesar de mi edad, ellos deseaban que siguiera soñando. Era la primera vez que mamá me dejaría regresar sola a casa después de mi clase de natación. Estaba tan emocionada, me sentía tan grande, como aquellas chicas del colegio con su pecho desarrollado y tomadas de la mano de su pareja. Me sentía independiente, una mujer, pero ¿cómo a esa edad iba a saber lo que es ser una? Bueno, ¿alguna vez sabré qué significa serlo?

Me quité la ropa, me puse el traje y me dirigí a las albercas. No había mejor manera de pasar mi cumpleaños que nadando, porque me sentía una con el agua. Es una mateLeer más

Yakeline Rojas | Minificción

Petofilia

TRILLIZOS

 

Fue un parto difícil, cómo olvidarlo. La vida de los bebés corría peligro. A Rufo lo sacaron por las extremidades. X nació muerto. Lía llegó al mundo exhausta, débil. La partera, sin titubear, se le acercó y con destreza realizó un boca a boca. Nerviosa, testigo de un acto único, volvió a respirar cuando escuchó el primer ladrido.

 

 

 

PETOFILIA

 

La multitud conversaba sin cesar en el salón de la casa de huéspedes. Deborah salió en puntillas de pie de la habitación contigua: «Hablen bajito, que mi bebé acaba de dormirse». Todos se miraron mientras ella atravesaba el salón con un bozal en la mano.Leer más

Mi cuerpo, mi enemigo | Ensayo

Por Carmen Escalante

Un calor horrendo hizo presa de mí. La blusa me asfixiaba, el corazón me latía al mil. Un deseo fuerte y molesto me impulsaba a cortarla por la mitad y quitármela, pero algo me detuvo, estaba en el camión rumbo a mi casa y, obviamente, no podía desnudarme en la calle.

Pensé que había sido la tela de la blusa, que me quedaba algo pequeña, que mis pechos se habían hinchado repentinamente con la menstruación, alguna de esas cosas. Y me olvidé del asunto.

Seguí con mi vida normal, pasaron los meses y llegó la pandemia. Al entrar a la pandemia yo pesaba 58 kilos, llevaba una alimentación balanceada y me ejercitaba dos o tres veces a la semana según el tiempo, el cansancio o las actividades que tuviera. Mi vida social era aceptable.

Todo parecía transcurrir en perfecta calma y en una perfecta rutina donde yo, ya sabia mas o menos que pasaría cada día en mi vida.

Nadie me advirtió lo que era la menopausia, ni la perimenopausia, ni nada de eso. En mi familia, jamás nadie habló de eso. Alguna vez una de mis tías me dijo que no soportaba traer la ropa puesta y que tenía mucho calor. Mi madre mencionaba algunos síntomas pero jamás, claramente, la palabra menopausia. Mi abuela, me engañó a mis 15 y ella a sus 80, con que seguía menstruando… Esa plática era un tabú. Un secreto Leer más

Existir y resistir en la periferia | Ensayo

Por Alejandra Millán

 

Cuando era niña jugaba con los zapatos llenos de lodo y las rodillas raspadas en una calle sin pavimento. Me bañaba en una tina amarilla con el agua calentada bajo el sol y con frecuencia comía sardina que mi mamá compraba cuando podía y que almacenaba para cuando no hubiera para comer. Mi mamá vendía pambazos, tacos, esquites, limpiaba casas y cuidaba a algunos de sus sobrinos para solventar los gastos. Fue en el cuerpo y en la vida de mi madre que aprendí a resistir en la periferia, a sobrevivirle al sistema patriarcal en la pobreza, en las calles en las que ya no se respetaban las vidas, en las que había cada vez más asesinatos, adicciones y, en general, muerte.

Resistir en la periferia significa sobrevivir al señor que te acosaba cuando ibas a las tortillas, al amigo de tu hermano que te acosó cuando empezaste a crecer, al vato que te seguía cuando regresabas de la secundaria y a los que siempre estaban tomando o drogándose en la esquina por la que tenías que pasar para ir a la tienda.

La periferia es bastante más dura en unos y otros lugares. La periferia es la venta de niñas en Guerrero, la explotación sexual de mujeres en Tlaxcala, las miles de mujeres asesinadas en Ciudad Juárez, los feminicidios en el Estado de México, el abuso sexual de niñas que se esconde en los “secretos de familia” y la prostitución como única “opción” para comer o alimentar a tus crías en la precariedad.

A veces, sobre las que no padecen la periferia, me pregunto, ¿cuántas vLeer más

La casa que nos vio crecer | Narrativa

Por Giselle Arlette Velasco Matías[1]

Antes esta casa no tenía ventanas, ni parecía un pastel color durazno. El recuerdo más viejo que tengo aquí soy yo, toda despeinada y en calzones, recogiendo naranjas con una mano, mientras con la otra sostengo una muñeca igual de despeinada que yo. Es extraño, no sé qué tan real es ese recuerdo, tal vez es el recuerdo que alguien más me contó y ahora lo utilizo como mío. La verdad es que no tengo memoria sobre muchas cosas de mi infancia. Los juegos, las vistas, las travesuras se me borraron. El recuerdo propio más lúcido que poseo es cuando mi prima Nica empezó a llorar porque se cayó de la cama. Lo recuerdo porque mi papá llegó al lugar de los hechos y me pegó con el cinturón por no haber cuidado bien a mi prima, que es dos años más chica que yo. Ser mayor a veces suele ser un fastidio.

Últimamente me la paso sola en casa, sin otros seres humanos, digo. Aquí llegamos a vivir ocho personas y ahora durante el día solo estoy yo. Me acuerdo que para dormir mis papás colocaban tres sillas a la orilla de una cama para poner nuestros pies, una silla para cada par de pies. Es muy irónico porque ahora tenemos ocho colchones, si nos reuniéramos de nuevo, cada quien tendría su propia cama. Vivimos muy apretados, tanto en espacio como en comida. Mamá compraba un plátano para cada habitante de la casa porque ya no alcanzaba para comprar más. Ella salía todas las mañanas a vender quesos, iba a los pueblos cercanos y era muy conocida por todas las personas. A veces hacía trueque con la señora de la verdulería en Candelaria y regresaba con muchas verduras y frutas. Otras, no traía nada más que una cara de preocupación.

Papá ordeñaba las vacas y trabajaba en el campo. Cuando papá llegaba a la casa y mamá no estaba, mi corazón se aceleraba tan rápido y por alguna razón tenía miedo. Sentía que mi papá se molestaría y empezaría a decir cosas feas de mamá como lo hacía a veces, cosas que me dolían porque eran sobre mi Leer más

La Cosecha de los Espíritus | Narrativa

Por Naomi Pineda[1]

En un rincón olvidado del mundo, rodeado de montañas que respiraban como gigantes dormidos, se encontraba el pequeño pueblo de San Roque. Aislado y empapado por la neblina perpetua, sus habitantes vivían de la tierra, sin preocuparse por lo que ocurría más allá de sus fronteras. En el centro del pueblo, imponente y descomunal, una catedral gótica se erguía como un guardián olvidado, sus gárgolas vigilando con ojos vacíos, y las estatuas de los santos erosionadas por siglos de lluvias.

Nadie hablaba del cementerio detrás de la catedral, un lugar extraño donde las lápidas se retorcían como raíces y las tumbas parecían hundirse más profundo en la tierra con cada luna nueva. Pero los ancianos sabían. Y sabían bien.

Cada otoño, cuando las primeras hojas caían y el viento olía a tierra húmeda, los más viejos cerraban sus ventanas, cubrían los espejos y dejaban ofrendas en los umbrales. Decían que las almas de los muertos no descansaban en San Roque; sólo aguardaban el momento para reclamar lo que les pertenecía.

Hernán, un joven campesino, era el único que no prestaba atención a esas supersticiones. Para él, los muertos estaban enterrados y no tenían razón para regresar. Su abuela, la última de su linaje, acababa de morir, y ahora le tocaba a él heredar la tierra. La noche antes del entierro, Hernán fue al cementerio para escoger el lugar donde descansarían los restos de su abuela. Caminaba entre las lápidas cubiertas de Leer más

María José Escobar | Microficciones

María José Escobar (Querétaro, 1998). Licenciada en Letras Hispánicas. Ha participado con cuentos breves y microficciones en números de las revistas Ibídem, Oropel, Hipérbole Frontera y Tintero Blanco.

 

 

 

Nadie

Llegó cargando con un contenido incierto, acaso ropa, acaso comida, acaso tierra; el costal tiene cuatro agujeros previstos para que, por cada dos, se amarre un mecate de modo que se formen dos agarraderas para sujetar de sus hombros.

Un par de becarias dentro del recinto le prestan, pacientes, sus oídos. Aquella cuenta su trayecto a esas que no le tienen solución alguna. Se abstienen de preguntar de más, con el temor de desencadenar detalles tristísimos que no tienen la intención de procesar en horas laborales. Lo que saben, es que ella necesita renovar su acta de nacimiento y está siendo un martirio.

–Usted no aparece en el sistema –les cuenta que le dijeron– y aquí no se lo podemos arreglar.

–Justo a eso vine, a mi entidad de nacimiento. Me dijeron que acá me iban a solucionar.

–Pues no, una disculpa.

–De no existir –le dijo a la señorita– dígamelo ya, así me quedo más tranquila.

Pero no le respondió y siguió tecleando.

–En el DF, ahí en la Gustavo A. Madero a la altura de Arcos de Belén, la señorita que te digo me confirmo que no existo, entonces, ¿qué soy?

­–Un fantasma– se rieron.

–¡Un fantasma!

Manotea con una mano y se ríe con una dentadura a la que le faltan lo dos dientes frontales.

Entonces, sosteniendo los mecates en puños apretados, toma un autobús deLeer más

Reseña colectiva: ‹‹¿Cric? ¡Crac!›› de Edwidge Danticat

Por Celia Alvarado, Victoria Pantoja, Danae Perales, Nat Mont y Ximena Cobos

 

La intención de hacer una reseña colectiva tiene que ver con que la experiencia lectora no es en solitario, en ese sentido, la sorpresa, el placer y los hallazgos que una puede tener cuando hace la lectura, se expanden y se potencializan cuando llegamos a las sesiones colectivas y escuchamos la experiencia de las otras. Entonces, quien lea esta reseña puede ser invitada a acercarse a Danticat desde la emoción de un grupo, conocer una experiencia lectora enriquecida a través de dialogar con otras, enriqueciendo también la conexión con los cuentos de Danticat, transformándola de un ejercicio intelectual a uno sensorial.

Esta reseña colectiva, además, da cuenta de que leer en acompañadas ha destapado nuestros sentidos para apreciar los distintos matices que encontramos en la autora y que al compartirlos se vuelve un manjar de una exquisitez espléndida. Es así que el acompañamiento modificó la forma de leer la obra, ya que cada mirada abría nuevas posibilidades y también datos históricos que daban un contexto mayor a lo que leíamos. La reseña colectiva fue también un pretexto para reconocer la forma como cada una mira la migración haitiana en México, al mismo tiempo que dimensionamos la problemática o los sucesos que ocurren en su territorio, aquello de lo que vienen huyendo sus habitantes.

Antes de hablar de su obra, queremos presentarles a la Edwidge Danticat que descubrimos. Yo la presentaría como una autora que cuenta con una gran sensibilidad y mucho amor tanto a Haití como a sus costumbres. En cada uno de sus cuentos se puede ver el grado de admiración que tiene hacia este país. La forma en que utiliza el lenguaje es hermosa. Hay mucha musicalidad en su prosa que asemeja a ratos más a una poesía. Es también una escritora muy completa que logra transmitir la complejidad de la vida y de los procesos de migración y violencia del pueblo haitiano, al tiempo que consigue transmitir la belleza y lo terrible de la experiencia humana. Asimismo, podemos decir que es una escritora que también vive corporalmente los escenarios que narra: la violencia durante la dictadura, la esperanza del Haití que sueña en medio de todo, y la realidad migrante que se debate entre las raíces y la nueva vida, como una cuerda que se tensa constantemente y se busca que no se rompa. En ese sentido, Danticat tiene una gran habilidad para narrar la vida cotidiana de lo que acontece a su alrededor y transmitir a través de sus escenas un mar de sentimientos y emociones, que nos muestran la complejidad de las relaciones que se tejen cuando vivimos en comunidad.

Podemos decir también que la escritora Danticat es muy grande, sus escritos son de gran valor, -yo no la conocía-  y que conocerla es absolutamente una forma de humanizarnos y de ver con otros ojos a un país que por su idioma, por su raza y por su historia pareciera no tocar mucho a México, pero que sí eLeer más

Silvia Fernanda Díaz Cordero | Minificción

Silvia Fernanda Díaz Cordero (Puebla, 2000) Estudiante de artes plásticas, con un interés profundo por la escritura y la plástica, amante de incorporar las letras al trabajo plástico dándole un sentido complementario a la obra, le interesa nutrir su obra mediante escritos de distintos géneros.

 

 

 

 CAMELIA

No recuerdo cuándo fue la última vez que pude sentir algo verdadero, pleno y sustancioso, el sol acariciándome sutilmente, casi como un abrazo divino y celestial.

Mis recuerdos se limitan a aquella ventana grande y empolvada, en dónde el mundo solía resumirse en una sola imagen, un par de árboles verdes y frondosos, el cielo tan dinámico siempre en movimiento compartiendo el espacio con el sol, la luna, las nubes, pájaros, aviones, papalotes, jamás me aburrí. Un espacio en el que existía en ese rincón del universo, el regalo fue cada una de esas maravillas, nunca pude dejar de sentir admiración por los recursos básicos que me alimentaban, no necesité más y a pesar de mi corta existencia, tuve la oportunidad de dejar una huella en este mundo, las semillas para un futuro mejor.

(Memorias y recuerdos de una flor seca)

 

EDO MEX

Considero que la voracidad de este territorio recae en su condensación monumental, la desvalorización del estado es evidente, es la nodriza que nutre y abraza a la gran ciudad, la relación tan estrecha que guardan es un secreto a voces. La población flotante se vuelve fantasma al pisar la frontera de la caprichosa capital, dejan de existir sólo para convertirse en herramientas funcionales. Los traslados extensos proliferan, los caminos se ahogan, los transportes se desbordan. El precio por pisar la capital es excesivamente caro, es un sacrificio que al final del día rinde frutos de manera decadente, no es costeable, es un engaño.

 

CDMX

Susurros continuos, voces difuminadas, multitudes vivientLeer más

Modelo descontinuado | Narrativa

Por Ximena Cobos

Fitter happier
More productive
Comfortable
Not drinking too much
OK Computer

 

Yo era una robot. Sé que estaba programada para escuchar atentamente a la gente. Una MoSA-CCX (Modelo de Servicio Autorizado), así lo marcaba mi número de serie grabado en todas mis tarjetas de identidad. Siempre que un agente me pedía identificarme, repasaba con atención aquellas letras y me miraba de arriba abajo, una vez tras otra, como checando que cada una de mis piezas fuera original. Ellos estaban autorizados a tocarnos, buscaban que no ocultáramos algo descompuesto o que no hubiésemos adquirido en el mercado negro alguna refacción para impedir nuestra salida de circulación.

Los modelos como yo trabajábamos en servicio al cliente, atendíamos los locales de la zona universitaria. Nos diseñaron para parecer tan jóvenes y risueñas como los estudiantes.

La función del lenguaje era esencial, una de nuestras mejoras que añadió la compañía Zywat Org. tras décadas de investigación. Mi programación constaba en añadir a una velocidad de 100 p/s el vocabulario arrastrado como onda sonora en un perímetro de tres metros a la redonda. Esto para controlar que los grupos semánticos en que iba constituyendo mi acerbo no se salieran de mi contexto de servicio. Desde atrás de la barra en que preparaba bebidas fui repitiendo suavemente y luego con firmeza: capuchino, latte, expreso largo, macciato, mocca, infusión, té de jazmín, sencha pera, english breakfast, Oolong, pu-erh, hola, vuelva pronto, su cambio, chico, mediano o grande, ¿quiere canela?

La función del lenguaje organizado en campos semánticos estaba cuidadosamente diseñada a fin de hacer sentir a los humanos menos amenazados por una máquina de servicio. En otro tiempo se dice que ocurrieron accidentes que los hicieron temer a las de nuestro tipo. Sin el control del perímetro y la longitud de onda captadas, los modelos anteriores añadieron palabras que les permitieron contravenir los pedidos de los humanos al analizar la congruencia de sus formulaciones de acuerdo a las instrucciones de acción establecidas según el servicio que desempeñaban. Un modelo como yo dedicado a cumplir las funciones de un barista podía rechazar la petición de un simple té de manzanilla o hallar errónea la formulación de un “americano ligero endulzado”. No tardó mucho tiempo en que los humanos, poseedores del saber total, se comenzaran a quejar de la imprudencia de aquel modelo, juzgando inconcebible su atrevimiento a corregir a los humanos. Con la mejora, en cambio, podíamos registrar la polisemia contextual de las palabras o simplemente analizar sus actos de habla para cumplirlos al pie de la letra.

Las mejoras que incorporaron en las MoSAs de última generación, con una capacidad de funcionamiento activa al 99.9 % y un déficit anual de .0002 en la capacidad de desarrollo de mis funciones, me permitían distinguir muy bien entre las clases de leche, pues teníamos registro de que los humanos podían tener estómagos sensibles debido a sus condiciones extremas de estrés y aprovechamiento máximo de sus espacios de ocio. Yo limpiaba el baño meticulosamente para cuando algún incidente inesperado, la primera señal de anomalía esofágica o gastrointestinal, sucediera. Mañana a mañana, abría el local puntualmente e iniciaba el ritual de sanitización y saneamiento. Mi programación incluía no solo una cara atenta y una sonrisa comprensiva. Me habían hecho para escuchar, sí, pero no podía dejar de atender las cosas más mínimas para la comodidad física de ellos, un bLeer más