La siguiente obra fue leída en voz y cuerpa de su autora en el micro abierto INSolentes, organizado por la editorial Tinta en las Uñas en colaboración con Enpoli, la Faro Tláhuac y la Fundación Elena Poniatowska, que se llevó a cabo en el marco del 8M.
Por Algebra “Olive” Aguilar
También estamos muertas cuando matamos nuestros sueños.
Filomeno me salvó la vida. Lo hizo en realidad en dos ocasiones. Octavio, mi esposo, me hizo la falsa promesa de que regresaríamos a la Ciudad de México cuando su mamá se recuperara de la enfermedad. Yo ayudé a mi suegra, sin titubear, como una hija más. Ella se recuperó hace ya casi un año, yo no veo el día de regresar.
Vinimos a vivir a Nochixtlán, el rancho es un galerón de adobe con apenas dos cuartos, una cocina y un baño en el patio, aquí, Octavio pasó de ser obrero de la ciudad a ser campesino y desde que llegamos yo no pude seguir trabajando fuera de casa. Nos despertamos de madrugada, él sale, va a la tierra, regresa cansado a medio día y duerme hasta que siente hambre. Yo no paro hasta la noche. Mi hijo es aún pequeño y por eso mismo es tan feliz: juega en la tierra, se trepa a la palmera y quiere montar a Filomeno. Manuel y yo recorríamos varios kilómetros para ir y regresar de la escuela, nos gustaba pues cruzábamos un río tranquilo y el paseo de los álamos.
Filomeno siempre me ayuda, como cuando voy por provisiones al pueblo o atravieso con mi niño el arroyo. Recuerdo especialmente su ayuda cuando mi pequeño Manuel se lastimó el pie al caer del enorme fresno junto al pozo. Filomeno, mi burro de pelaje gris, lo cargó hasta el médico del puLeer más








Ella y él. Una niña de 14 arrullada por el desastre que dejó la bancarrota de su madre, una viuda colonial; y un millonario de 26 comprometido en matrimonio por un pacto familiar. En esta historia bañada por las aguas del Mekong ninguno de los dos tiene nombre, solo son: ella y él / la niña y el chino / la pequeña blanca y el hombre de Cholen.
