La esquina o Divagación en torno a la sorpresa ontológica

Por Márcia Batista Ramos[1]

“Si le volvemos la espalda, ese paisaje quedará sumido en su permanencia oscura. Quedará sumido por lo menos; no hay nadie tan loco que crea que ese paisaje se reducirá a la nada. Seremos nosotros los que nos reduciremos a la nada y la tierra continuará en su letargo hasta que otra conciencia venga a despertarla. De este modo, a nuestra certidumbre interior de ser reveladores se une la de ser inesenciales en relación a la cosa revelada.” Jean Paul Sartre

En una esquina cualquiera, percibí la fantasía dialéctica de las avenidas y los cientos de cuerpos con la boca cubierta que se movían para todos los lados, mecánicamente, sin verse, sin tocarse, siquiera miraban de reojo… Todos sin expresarse.

Me sentí, sinceramente, gris y desgarrada, en mi vejez de muchos años. Envuelta en una extraña niebla. Percibí la verdad fragmentada: que yo había atravesado mi propia vida con los ojos vendados. Un escalofrío traspasó mí espalda. ¿Qué podría decirme a mí misma, en aquél momento, si aún me sentía como una niña?

Miré a la bóveda del cielo de yesoLeer más

Oscuridad y frío

Por Araceli Mariscal

 

La vida a veces puede ser extremo de todo, nunca es la nada, dicen algunos que ni aún cuando se muere. Siempre creí que la oscuridad, además de ser donde no hay luz, era la nada. Ahora entiendo que también es Todo. El todo es la oscuridad porque no sabes dónde empieza y dónde termina, es más, no se tiene ni siquiera la certeza de que haya un punto medio.

El punto medio significaría que es medible, sin embargo, ¿Quién puede medir la oscuridad? ¿Quién podría definirla siquiera? Quizá las definiciones cabrían en la oscuridad misma y tal vez ni así abarcaría su extensión. ¿Cómo defines el amor? ¿Cómo defines lo que sientes por mí? ¿El amor sería entonces un sentimiento medible? Leí apenas de una amiga que en sus redes escribió que para ella, respecto al amor, éste era la ausencia del Ego… Tengo que admitir que no estuve de acuerdo con este planteamiento, dudé de él, me cuestioné y dije que sería mejor decir que: el amor es domesticar al Ego.

Domesticar porque es una parte primitiva del ser, si no lo tuviéramosLeer más

Hay un helicóptero en el jardín

Por Lisa Mena[1]

Justo hoy que nos destapábamos ese vino.

Leo y releo y no entiendo ¿Cómo es posible que se les haya escapado una estupidez así?

¿Cómo les explico?, ¿por dónde empiezo? 

Rápido, una estrategia, eso sí que sabés hacerlo: resulta ser que siempre me dediqué a otra cosa. No, no me pongas esa cara, por favor. Es algo útil y necesario lo que hago, no te das una idea…No, no, no, ¡no!, arrancá distinto.

Supongo que en cualquier momento me llaman.

Mirala a Ruth ahí en el jardín, siempre que los padres se apartan a tomar un vino en silencio es porque todo está bien. Una vez te confesó que eso la ponía contenta… ¿cómo la encaro?, ¿cuánto tiempo voy a tener?Leer más

El giro de la falda de Tereza

Camila Gabriela Conceição da Silva[1]

Brasil, Bahia, Salvador

Como muchas mujeres de esta Tierra llamada Bahia, Tereza nace empobrecida. Hija de una olvidada ciudad del interior, São Miguel das Matas. Solo quien vivió y vive allí conoce su nombre, pero cuando salen se alejan del camino de retorno.

Tereza tenía 13 años cuando fue empujada a la “gran ciudad” con promesas de un horizonte más favorable. En este momento nutria otra vida además de la suya, estaba embarazada de su primer hijo.

No se sabe cuáles impulsos la movían o la paralizaban. Sus sufrimientos y dolores eran intransferibles, vivía todo sola, pero en su cuerpo era incapaz de ocultar las cicatrices que se le dibujaban a medida que avanzaba.

En la ciudad, Tereza conoció a un hombre de origen campesino como ella. Fueron a vivir juntos y recuperó su esperanza de una vida mejor. Pronto confirmó que en este mundo la vida es más pesada cuando se es mujer. Tuvo que elegir entre dos sufrimientos: quedarse o irse. Ella eligió, en la intimidad de su silencio, partir. De esta vez, sumando una hija alrededor de su falda.

Los ojos de Tereza nunca fueron un hogar para el miedo. Lejos de desmoronarse Leer más

Leticia Maldonado | Minificciones

Leticia Maldonado Gómez estudió Psicología Educativa en la Universidad Pedagógica Nacional. Es maestra especialista de la Unidad de Educación Especial y Educación Inclusiva, perteneciente a la Dirección de Educación Especial de la Secretaría de Educación Pública (traducción: labora en una escuela pública en la Ciudad de México). Escritora aficionada, ha tomado un par de talleres en la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM), con Kyra Galván y Gerardo de la Torre; en el Centro Cultural Elena Garro, con Marisabel Macías; y en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia, con César Gándara. Actualmente, forma parte de la Escuela Feminista Comunitaria de Creación Literaria, coordinada por Ingrávida. Hacerle al cuento es una de sus grandes pasiones.

 

Invicta

La intempestiva sensación de picazón y ardor perturbó mi sueño. Retiré el cubrecama, observé numerosas hormigas rojas recorriendo mis piernas, algunas se introducían y otras emergían del interior.

La ansiedad invadió las entrañas y la razón, y un estremecimiento recorrió mi piel. Obcecada y curiosa resolví ayudar a la colonia de solenopsis invicta con la abertura. Rasgué la piel de los muslos hasta dejar el músculo expuesto. Fue evidente la desorganización de los himenópteros ante mi intervención, se alejaron en desorden, algunos huyeron, y los más continuaron con la tarea, parecían cavar un túnel.

Habría averiguado a dónde pretendían llegar, pero no resistí más, aborrezco el contacto de los insectos con mi piel. Rellené la hendidura con el músculo contuso que por alguna razón fue insuficiente. Tomé algunas de las hormigas que deambulaban por ahí y las usé como arcilla. Coloqué la piel en su lugar, en vez de zurcir, cautericé la herida.

Me erguí, di unos pasos y confirmé el vigor de mis piernas. Estaba lista para continuar.Leer más

Grito

Por Natalia Mariposa[1]

Escuché un grito, no era mi voz, no era yo quien gritaba. No entendía las palabras, solo que el grito era agonizante e intentaba comunicar un dolor. Descubrí que soñaba porque podía transportarme casi volando para descubrir quién gritaba. Las canchas de fútbol donde soñaba, rodeadas de árboles me impedían ver el lugar del nacimiento de aquel grito doloroso, buscaba entre ramas el sonido que provenía de una mujer atormentada. Desperté, de una pesadilla cuya amargura me siguió a la realidad.

El grito continuaba, aun cuando ya estaba bajo mis sábanas, con mi gatita acurrucada en las piernas y el calor del hogar. Me pellizqué el brazo izquierdo con la esperanza de encontrar respuesta, volvieron a gritar. Era una voz Leer más

Pestañeo

Por Eunice Sánchez

Ya no aguanto. Me digo a mi misma encerrada en el baño. Me refugié fingiendo que quería hacer popó. Pero mi hija no se rinde, empuja la puerta con sus diminutas manos al ritmo de varios “mami, maaaaammiiii, MMAAAMMIII.

—Tessa, ya voy bebé, mami está haciendo del baño

—Maaaaaamiiiiii- Grita una vez más

¿Cómo una pequeñita puede gritar tan fuerte? Apenas son las 10am y ya hemos gritado las dos lo suficiente, estamos agotadas.

Le jalo la palanca al retrete solo para reafirmar mi engaño, abro la puerta y ahí está. Nueve kilitos abrazando a su oso Pink, con sus botitas de lluvia bien puestas y con una enorme sonrisa en su pequeño rostro. Esa hermosa sonrisa, sus dientitos blancos y filosos. Pienso que aquella vez pudimos haberla perdido, nunca más esa sonrisa.

Pesó 2 kilos 930 gramos al nacer. No lloró, solo se quejó y al escuchar mi voz abrió sus ojitos de almendra. Dos pujidos intensos bastaron, ella hizo todo lo demás.

—Lo hicimos bien, Tessa— le pude decir mientras sentía los efectos de la anestesia y escuchaba que estaba teniendo una hemorragiaLeer más

Belen Carvente | Mordaz

Belen Carvente Mendoza es estudiante de doctorado en astrofísica y docente de matemáticas.

 

Mordaz

I

El odio se metió tanto entre los dientes

que se te hicieron gigantes huecos

en la sonrisa que se inserta en mi piel.

Y no lo digo metafóricamente,

tus huecos-dientes me están perforando el cuello

y el hombro

y mi seno izquierdo.

Cierro los ojos cansados

ya no me quedan ganas

ni de pelearLeer más

La señora de los gatos

Por María del Carmen Suárez Alcántara[1]

Anoche vine, me quedé, pero hacía frío, me quedé afuera viendo las caras que aparecían a través del cristal; los comensales felices, la música suave y los meseros presurosos atendiendo a los clientes, y allí estaba el cuadro de la familia feliz, el niño que no deja de saltar de silla en silla de juguetear con el clásico juguete que mamá le ha traído para que no se aburra, mientras su padre lo mira con orgullo. Y allí me quedé viendo ese cuadro que pudo haber sido el mío, pero no sé por qué no fue, yo vine mañana esperando de nuevo verme con mi hijo, dándole de comer una sopa de crema con pan y entonces comenzó a doler, me comenzó a doler la sopa calientita, sí rica sopa calientita y no sé por qué pasó o cómo pasó, pero de repente el niño lloraba, se asustaba de verme, como si no me reconociera, por eso comencé a gritarle mi nombre, mi nombre:

– Dolor, dolor.

Entonces quise tocarlo y un ruido como de rayo cimbró el lugar y mi vestido blanco comenzó a teñirse de rojo y una voz de mujer se escuchaba a lLeer más

Lluvia de obsidiana

Por Yolanda González Muciño[1]

Comenzó el año 12 Casa. Los itzcuintlin no paraban de ladrar cuando Matlacueitl, furiosa, escupió fuego por la boca abrasándolo todo. Cayó una quiahuitl doliente, una quiahuitl de día, una quiahuitl de noche enlodando las casas de cal y canto, el maíz y las milpas, todo se llevó el atl, el día funesto en que la niña Malinalli nació. Eso dijeron los oquichtlin de Coatzaqualco, rumoreaban que Malinalli era ave de mal agüero. Cimatl, madre de Malinalli, fue amenazada por ellos y cada día, cada noche, cada día al amanecer, todo el tiempo mal encarados decían: “cihuatl cihuatl, malin malin, cihuatl cihuatl, malin malin”. Cimatl vivía atormentada porque su segundo esposo la amenazó, entonces ella urdió un plan. Y esa noche, antes de llevarlo a cabo…

Cimatl encendió el bracero, le puso el comalli y, sobre él, el maíz azul a tostar. Los granos saltaron cual chapulines danzantes, los molió en el metate y cuando en fina masa quedaron, puso el pinole a hervir en una olla de barro rojo, que movía de vez en vez. Cuando el atolli soltó el hervor, le agregó chocolatl y lo endulzó con miel de maguey. Extendió, sobre la mesa, el mantel blanco bordado con flores rojas y amarillas. Puso los tamallis humeantes en un chiquihuite. Sirvió el atolli en jarros de barro negro, el vapor formó collares en el aire. El aroma a chocolatl envolvió a las mujeres en la cocina. Cimatl apapachó a la pequeña Malinalli y mientras cenaban, le narróLeer más