Reseña colectiva después de leer a Mayra Santos-Febres

Por Crysti, Danae, Nat, Victoria, Cecilia, Gloria

Cuando nos acercamos a la obra de Mayra Santos-Febres nos encontramos una autora con la capacidad de escribir sobre diversos temas y a cada uno darle su toque especial. Es lindo hallar una escritora que tiene tantas historias por contar. Además de que resulta liviana, divertida, con una profundidad que no termina por ser pesada, sino disfrutable por su dinamismo en esa variedad de historias que imagina. Mayra se muestra como una escritora con muchas voces y estilos, en sus narraciones destaca la sensibilidad de sus personajas, la manera en la que ellas viven su cuerpo, sensualidad y negritud; siempre con un maravilloso toque de humor y crítica.

 

En esta edición de Pez e vidrio también podemos encontrar una escritora que se comparte en su proceso, pues en su segunda edición, revisada y aumentada, contiene un apartado dos con cuentos que, ella misma nos comparte en el prólogo, tienen otra intención. Son cuentos en los que se ha dado otros permisos como autora, entonces experimenta incluso con la extensión de los textos, con los juegos de estructuras de cajas, con la seriedad que, no obstante, no vuelve cansino el texto. Además, es una escritora atrevida de diversas formas, y la que se nos revela en ese compartirse en su proceso como cuentista a través del segundo apartado es una Mayra que se permite trastocar a ciertas figuras de la historia de la literatura —entre otras—, y poner el foco en las mujeres, desmitificando a los grandes héroes.

 

Así pues, leer a Mayra siempre es un deleite; las historias que ofrece van más allá de lo normativo y eso es quizá el centro de su escritura. Romper con aquello “válido y aceptado”, para ofrecer precisamente esos matices tan variados. Al ser una mujer caribeña, cuando la leo tengo la sensación de estar en un ir y venir, Leer más

La catábasis del desamor en Cenizas de asfalto de Darío González

Por Diego Medina

 

Lo dicho, la literatura marica está dinamitando la tradición mexicana. Ya hemos hablado de Fabre y de Hernández Candelaria como autores que articulan su obra poética como obras teatrales. Darío González se suma a este grupo, al respecto Rodolfo Remolín comenta: “Épica en tema, sucesión de «cuadros teatrales” que oscilan entre el collage y el monólogo, los poemas están articulado por la decepción y el desencanto». Darío divide su poemario en dos actos, el primero con VIII escenas y el segundo con 3 más, de hecho, hay un error ya que la Escena X se vuelve a marcar como IX, mientras que la XI se marca como X, un detalle menor que vale la pena corregir en la siguiente edición.

 

Cada escena está descrita de manera poética, no se limita a dar un lugar y estado del clima, por el contrario, usa metáforas e imágenes poéticas para introducir el tema de las escenas, cada una de las cuales se compone a su vez de varios poemas. Aunque en realidad cada descripción de la escena es un poema en sí mismo, por ejemplo, mi descripción favorita es la de la Escena III: “Unos niños persiguen algo que ven desde arriba. Se entiende globo, pero también cometa, Dios. En cualquier caso, extienden las manos hacia arriba como pidiendo, queriéndolo alcanzar o diciéndole adiós.”

 

Como hemos dicho, cada escena agrupa una serie de poemas, entre 1 y 9. Hay también una serie de poemas-narrativos esparcidos en diferentes escenas titulados “Visitación”  —que van de la I a la IV— en los cuales el yo lírico se encuentra con un vagabundo con quien sostiene conversaciones que prometen ser el instrumento de una revelación final, pero cuya revelación final nunca llega, quizá para darnos a entender el absurdo y la carencia de sentido del dolor.

 

Detallada la estructura básica del poemario de Darío González, entremos de lleno en la “historia”. Este es un poema de largo aliento —dividido como tragedia— que puede resultar “pesado” para quienes no tienen el corazón roto, pues se trata de un poema de desamor, con un lenguaje épico, sólo que en este caso el lenguaje no está al servicio de las hazañas homéricas, sino de la derrota, del héroe trágico, de Héctor y Príamo, de quien ha visto destruido su corazón como los troyanos que vieron arder su patria en las manos de Aquiles. Sin embargo, a diferencia de Fabre, Hernández Candelaria y su servidor, Darío tiene la cortesía de no usar referencias épicas directamente, no hay nombres de héroes, dioses, ni mitos, en todo caso González construye su propio universo, aunque eso sí, lo poetizado sucede en Guanajuato.

 

Dice Alexis Aparicio de la obra de González: “lamento lírico a modo de venganza por lo que nunca pudo ser”, en este sentido hay que ubicar este poemario como una catábasis en la que el yo lírico se bate en duelo contra la ciudad donde una vez amó y fue despedazado, hay en las páginas de este poemario una belleza difícil de digerir porque nace desde el dolor y la amargura, sobre todo esto último, pues el tema del desamor se mezcla con el de la marginalidad de las vidas cotidianas de las ciudades. Así, de manera paralela nuestro autor detona la herida, revienta la cicatriz y saca la pus del alma del héroe trágico de este poema de largo aliento estructurado de forma “teatral”, es decir, desciende al infierno para completar el ciclo del héroe, aunque esto último sólo se sospecha en los últimos versos del libro: “Lo que quedará, además de las falsedades, / ya será dicho cuando termine la canción”.

 

Me parece que Darío González tiene un brillante futuro en la literatura, muchas de sus imágenes son exquisitas, la fluidez del texto se agradece y, aunque he dicho antes que para algunos puede parecer pesado, me refiero sobre todo a que no todos están acostumbrados a verse al espejo frente a frente con su lado más oscuro y triste, y eso es precisamente lo que hace González. Por otra parte, la estructura del poemario no es una cosa menor, sobre todo si se toma en cuenta que se puede fracasar fácilmente cuando se experimenta y se pone en crisis un género literario, en todo caso González sale bien librado.

 

En cuanto a los materiales debo decir que no son mis favoritos, pero se agradece que Escrúpulos Editorial haya trabajado tan cuidadosamente la maquetación y edición. Pueden adquirir su ejemplar a través del autor o ponerse en contacto con la editorial. Mi calificación para este título que continúa la tradición marica de poner en crisis el género poético es de 4.1/5.

 

 

 

Jacqueline Costales y “el oficio de los pájaros”

Por Aníbal Fernando Bonilla

 

Una de las voces de actual prestancia en la lírica ecuatoriana es la de Jacqueline Costales Terán (1964). Oriunda de la ciudad de Riobamba, su trabajo poético trasciende en los círculos literarios. De metódica rigurosidad y labor seria, la poeta viene —sin petulancias— construyendo un estilo particular, en donde la sencillez y el lenguaje diáfano son los mejores elementos compositivos en el engranaje textual.

 

Afable y generosa, tuvo a bien compartirme su última publicación: Pluma descalza (Casa Cultural Somos Arte-Káustika Ediciones, s/f), antología personal que recoge buena parte de su obra en el período comprendido entre 1984 y 2023. De formato llamativo y elegante, se encuentra segmentado así: “Voces de hoy”, “Voces viajeras”, “Voces románticas de ayer” y “Voces telúricas”.

 

Sus poemas están ligados íntimamente con la aprehensión nostálgica, los “recuerdos inútiles”, la luz de luna y el espejo de las madrugadas de ayer. También, con el vacío, el silencio, la conjetura, el dolor, “la soledad / como ventarrón de ceniza”. Ella esboza “el canto inmortal de la alegría”, pese a la rutina y el desvelo “en esta precaria vida / que me cae a pedazos”. Alude a los trozos y trazos palpitantes que componen el poema, cuya carga evocadora guarda la memoria. A la par, cavila sobre el sentido metafórico coLeer más

“Baba au rhum para Emma”

Un dulce inspirado en Madame Bovary

 

Por Diana Peña Castañeda[1]

 

Normandía francesa, 1850. Madame Bovary avanza por los amplios salones de la nobleza. Su deleite salta del tapiz de terciopelo que cubre el piso a las cortinas ribeteadas con encajes que se mecen al siseo del viento que entra de los campos verdes y ondulados. Los resplandores de las llamas de los inmensos candelabros que cuelgan en las paredes se proyectan en lo tazones de plata, alineados sobre la mesa junto a la vajilla dorada. Los criados de traje inmaculado sirven comidas ostentosas como la de aquel banquete en el castillo de Vaubyessard:

 

“…muchos vinos de España, del Rin, sopas de cangrejos y de leche de almendras, pudín de Trafalgar y toda clase de carnes frías con gelatinas” Emma, nos cuenta Flaubert, se sintió “envuelta por un aire cálido, mezcla de perfume de flores y de buena ropa blanca, del aroma de las viandas.”  Está tan entretenida con toda esa magnificencia que ni siquiera el súbito recuerdo de su niñez en la granja desnatando la leche puede ensombrecer el brillo de sus aspiraciones. Su más íntimo deseo es ser dueña de una vida esplendorosa.

 

Después, la veremos en su casa en Yonville. El espacio de la sala es sencillo como la comida que se sirve: una sopa de cebollas, puré de verduras, ternera con asaderas. Emma está hastiada de esa vida y de esas comidas. La rutina de la vida doméstica la atormenta. Su corazón está embebido de la riqueza que observa en las fiestas de los palacios burgueses, de los manjares, de los perfumes costosos que emanan de los trajes de frac y los amplios faldones. Es a ese mundo al que ella anhela pertenecer. Al no poder, desahoga su enojo con esa criada que llora en un rincón de la casa rural.

 

Emma se alimenta de novelas románticas que la llevan a idealizar la fortuna, la belleza, por supuesto, el amor. Todo comenzó durante su tiempo en el convento. Devoraba los libros que a escondidas llevaba una solterona encargada de reparar la ropa. Así, sus tareas religiosas se llenaron de historias de lenguajes apasionados, de juramentos, de tragedias. Pero siempre el lujo rugiendo como un león. También ese sueño fue fusionado por los sermones que repetían la gloria de un matrimonio eterno. Dice Flaubert que el alma de Emma estuvo, durante cuatro largos años, suscitada de dulzuras inesperadas.

 

Entonces, esa idea de amor celestial y vida ostentosa fue la que ella plasmó en su pastel de bodas: “primeramente en la base, había un cuadrado de cartón azul que figuraba un templo con pórticos, columnatas y estatuillas de estuco todo alrededor, en hornacinas consteladas de estrellas de papel dorado; después, en el segundo piso, se erguía un torreón en bizcocho de Saboya, rodeado de pequeñas fortificaciones de angélica, almendras, uvas pasas, cuarterones de naranjas; y, finalmente, en la plataforma superior, que era una pradera verde donde había rocas con lagos de confituras y barcos de cáscaras de avellanas, se veía un Amorcillo balanceándose en un columpio de chocolate, cuyos dos postes terminaban en dos capullos naturales, a modo de bolas, en la punta.”

 

Para Emma la riqueza es distinguida como la nata, y el amor principesco es empalagoso como el dulce. Su pastel simboliza un santuario al amor y a la fortuna. Entonces los cuarenta y tres invitados a la boda contemplarán un bizcocho de columnas en crema que se encumbran en mitad de un césped azucarado, rodeado de un gran lago de confituras; en la cima cupidos y tortolitos que se columpian y, en cada espacio, frutillas y almendras. El diseño es pomposo, pero falso como el cartón que lo sostiene. El dulce, según Flaubert, en madame Bovary es la metáfora de un amor sublime y la elevada riqueza que ella busca, pero que nunca llegará.

 

El banquete de bodas también refleja esa peligrosidad de lo falso. Más que las cantidades exageradas es la disposición de un menú grotesco para el gusto de ella: La mesa estaba puesta bajo el cobertizo de los carros. Había cuatro solomillos, seis pollos en pepitoria, ternera guisada, tres piernas de cordero y, en el centro, un hermoso lechón asado rodeado de cuatro morcillas con acederas. En las esquinas estaban dispuestas botellas de aguardiente. La sidra dulce embotellada rebosaba su espuma espesa alrededor de los tapones y todos los vasos estaban ya llenos de vino hasta el borde. Grandes fuentes de natillas amarillas, que se movían solas al menor choque de la mesa, presentaban, dibujadas sobre su superficie lisa, las iniciales de los nuevos esposos en arabescos de finos rasgos.”

 

Familiares, vecinos, todo un entorno rural sentados durante más de 16 horas a la mesa disfrutando las viandas, hablan de asuntos de campo, comen haciendo ruidos exagerados, beben sin descanso. Y eso es ordinario hasta el odio para lo que Emma considera una aventura de pasiones magníficas que, por supuesto, no están presentes en Yonville.

 

Emma se ha casado con Charles Bovary, un médico, quien busca compañía tras quedar viudo. Su personalidad no ocupa mayores ambiciones más allá de atender pacientes humildes en pueblos y tener a su lado una esposa bonita y una hija considerada. Esa idea se proyecta en su dieta: sopa, pan y queso. Él come por necesidad, por eso no se queja ni cuestiona lo que le sirven a la mesa. Tampoco se asombra con platos extraordinarios como los que sirvieron en el castillo Vaubyessard.

 

La comida es también un símbolo de la relación de Emma con sus amantes. Carnes, vinos y lujo con Rodolfo; dulces, confites y elegancia con León. Amores que no perduran, placeres que no la sacian. Tampoco la sacia su estatus maternal. Berthe ha nacido y Emma debe proveerle el alimento. Sin embargo, se rinde. No por falta de amor hacia su hija, es que ella desea tener todo el amor y la grandeza material a su disposición. Ocuparse de aquello que supone la maternidad la aleja de su propósito. Por eso delega el menester de amamantar a una nodriza.

 

La fantasía de madame Bovary está acompañada de licores y bebidas fuertes. Champaña y vino son sinónimo de lujo y amores idealizados, es lo que ella bebe en las fiestas y en los paseos con sus amantes. Té para la armonía y la calma, por eso ella lo bebe en grandes cantidades mientras sus caprichos son incontrolables. Licores con porcentajes altísimos de alcohol para menguar la desesperación de lo que le producen sus insatisfacciones y la suerte que le ha tocado. El licor es como el deleite apasionado que embriaga y luego le deja un vacío.

 

Si la correspondencia de Emma con la comida y el licor es intensamente alusiva a su sentir, lo es en particular su agrado por el dulce. En esta historia el azúcar se traduce en emociones tanto en la esfera pública como privada y la íntima. Ella consume frutillas almibaradas, postres y confituras como una extensión de sus deseos de amor y riqueza. Ese sabor dulce y suave le produce una sensación de satisfacción inmediata, contraria a lo que le genera su cotidianidad que le resulta aburrida.

 

Emma come postres como una niña, pero Flaubert no los detalla, lo que nos permite recrear uno tradicional de la época. Un baba au rhum llegado desde Polonia y acogido como suyo en Francia, exclusivo de los banquetes burgueses. Es un bizcocho esponjoso, muy refinado, bañado hasta embriagar en jarabe de ron. Es denso, perfumado, muy goloso como las aspiraciones de Emma. Cada bocado sugiere su deseo de amor y lujo en abundancia. La masa empapa todo el jarabe alicorado del mismo modo que Emma absorbe los excesos. Es un postre que, aunque con apariencia consistente, se deshace de inmediato al contacto con la boca, igual que sucede con los sueños de Emma.

 

El arsénico es retratado como un dulce por Flaubert. Las frustraciones y los excesos de Emma son evidentes en el último bocado que ella probará al final de sus días. Dice Flaubert, como si al ingerir arsénico le produjese un gusto dulce en la boca. Mientras espera el efecto, ella piensa: “¡Ah, es bien poca cosa, la muerte! -pensaba ella-; voy a dormirme y todo habrá terminado.”

 

La historia nos ha mostrado a una madame Bovary individualista y superficial quien desprecia incluso a su propia hija y a su familia por perseguir el ideal de una vida noble rodeada de lujos y amores de ensueño; luego, al no lograr sus deseos decide un final definitivo. Pero ¿Es realmente Emma una mujer cínica o, es la encarnación de la ironía de una época sin un fundamento moral?

 

La vida de Emma se desarrolló en un momento y en una sociedad conservadora y patriarcal marcada por el consumo material desmedido. Las decisiones de una mujer pesaban poco en relación con las de un hombre. Ella es educada para ser compañía, cuyas acciones deben estar centradas en la familia y el esposo. Luego, cualquier anhelo fuera de esos límites es desproporcional incluso, delictivo.

 

Pero, aunque con una personalidad figurada desde lo trivial, Emma nos ha mostrado que el espíritu de la mujer se teje de muchos más afanes que sobrepasan la vida en familia y la rutina doméstica. También, nos ha enseñado que está bien no resignarse a la suerte, que es importante cuestionarse y que el deber del hogar es, cuando menos, de dos. 

 

Charles es un esposo y padre ausente. Tal vez no en el sentido material porque procuró cumplir todos los caprichos de Emma; no abandonó a Berthe. Pero se nos muestra como un hombre distante emocionalmente con ambas. De un lado, no comprende lo que le sucede a Emma. De otro, no procura llenar el vacío que Emma ha dejado en la hija al retirar su vínculo materno. Cuando Emma muere, él no administra los últimos recursos dejando a la niña a su suerte, huérfana, sin alimento al cuidado de una tía sin recursos. Sin embargo, la memoria nos recuerda que fue Emma la desnaturalizada.

 

Madame Bovary puede ser muchas cosas, pero en estricto, es una crítica a la falsedad social definida, antes y ahora, por lujos, expectativas inalcanzables, miedo a la desaprobación que llevan a la frustración y al afán tanto a mujeres como a hombres. Madame Bovary empieza contándonos de Emma y termina, por qué no, con la historia de un farmacéutico que anhela el reconocimiento. “El farmacéutico se les unió en la plaza. No podía, por temperamento, separarse de la gente célebre. Por eso conjuró al señor Larivière que le hiciese el insigne honor de aceptar la invitación de almorzar.”  

 

Apresurado, Homais quien estuvo auxiliando a Emma, deja el cadáver que aún yace sobre la cama para mandar a buscar pichones, chuletas, nata y huevos, no para honrar el duelo sino para ofrecer una comida a Larivièr. Tampoco es cortesía hacia este, es su deseo de mostrarse fino porque ahora, comparte un motivo con un médico respetable.

 

Receta de Baba au rhum

 

Para la masa:

 

Ingredientes:

12 gramos de levadura fresca.

220 gramos de harina.

70 gramos de mantequilla blanda.

40 gramos de azúcar blanca granulada.

4 gramos de sal.

3 huevos grandes batidos.

 

Preparación:

En la batidora agregar la harina, la sal y un poco de huevo batido.

Mezclar ligeramente a velocidad baja.

Incorporar más huevo y aumentar la velocidad.

Añadir la levadura fresca desmenuzada.

Incorporar el resto de huevo batido hasta que la masa sea más homogénea.

Añadir el azúcar.

Agregar poco a poco la mantequilla muy blanda.

La masa estará lista cuando se separe de las paredes del tazón y tenga una textura elástica.

Disponer un tercio de masa en moldes para babas, previamente engrasados y enharinados.

Dejar reposar la masa en los moldes por mínimo dos horas.

Hornear a 180 °C durante 10-15 minutos hasta que estén doradas y al insertar un palillo, este salga limpio.

Embeber las babas calientes en el jarabe de ron tibio.

Dejarlas escurrir sobre una rejilla.

Decorar con rosetones de crema chantilly.

 

Para el jarabe de ron:

 

Ingredientes:

 gramos de ron añejo.

Litro y ½ de agua fresca.

500 gramos de azúcar.

 

Preparación:

Llevar a ebullición durante cinco minutos: el agua, el azúcar.

Dejar entibiar para agregar el ron.

 

Dispóngase a degustar un delicioso Baba au rhum. Cuando lleve la cucharita a su boca, cierre los ojos y deje que el dulzor alicorado inunde su boca como el recuerdo de alguna de esas fiestas enloquecidas.

 

 

 

[1] Comunicadora Social, especialista en Comunicación Organizacional, Magister en Ciencia Política. Interés en escribir sobre la comida como elemento narrativo en la literatura y como arte simbólico de la memoria social.

 

 

 

Entre Pliegues y Rosas: El Mundo Interior de Emily Dickinson

Por Kenia Salas Pelaez

 

Emily Dickinson se extiende más allá de lo decible; por eso es posible Viciarse de su Rocío, sentirlo más que entenderlo. Como bien señala Virginia Woolf sobre la poesía de Emily Brontë —y que aquí recupero para hablar de Dickinson—: “es más bien asombroso que pueda llegar a hacernos sentir lo que no era capaz de decir […] fue capaz de liberar la vida” (2007, p. 82). Emily Dickinson excede el logos y, con absoluta libertad, crea su propio mundo, su propio universo simbólico, para arroparnos con él.  Porque, vaya que nos habla directamente. Aunque en vida no buscó multitudes lectoras, lo cierto es que Susan Huntington Gilbert –su amada– representa a todas y cada una de las mujeres que hoy la leemos. Nosotras tomamos forma en esa figura lectora en femenino: la lectora principal de su obra. Así, la presencia de la lectora femenina se vuelve imprescindible, como lo fue Susan, porque el mundo simbólico de Emily siempre ha deseado revelarse a ella, a nosotras. Pero no con el lenguaje del hombre, sino con la lengua materna. Por eso no dudo que su obra sea un enigma para la razón masculina, que se sostiene en interrogantes y desconfía del misterio.

 

Dicha necesidad de una lectora, de una interlocutora —o, mejor dicho, de una relación— surge porque la escritura de Emily no está fuera de la vida. A diferencia de cómo suelen presentarse los llamados genios creativos —hombres solitarios, para quienes el vínculo estorba, asfixia, y por eso buscan el mutismo—, Emily escribe desde la cercanía. Es decir: escribe en relación. Y me permito decir que el mutismo no es lo mismo que el silencio. En el silencio habita la vida: ese movimiento sutil, ese sonido leve, como el canto de las aves o el susurro del viento al agitar las hojas, “no es ausencia” decía la poeta lesbiana Adrienne Rich en su poema Cartografías del silencio:

El silencio puede ser un plan
rigurosamente ejecutado

el plan de acción para una vida

Es una presencia
tiene una historia       una forma

No debe ser confundido
con ninguna clase de ausencia

El mutismo, en cambio, clausura. Este modo de escribir, de vincularse, se distingue profundamente de la escritura masculina. Como señala Carla Lonzi: “yo encuentro abstracto, es decir, noLeer más

La reina del drama: sobre Lxs Olímpicxs de Ángel Hernández Candelaria

Por Diego Medina

 

Ángel Hernández es la reina del drama, lo digo como un cumplido, desde luego. Su nuevo libro Lxs Olímpicxs (2024) es un poemario que se elabora desde las referencias mitológicas, pero también desde la imitación (mímesis) de algunas de sus estructuras, como lo es la introducción de un Coro que interviene en diferentes partes de la obra. Un recurso que ya había utilizado Luis Felipe Fabre en Poeta griego arcaico (2024) para contar la historia de Medusa, como lo hicieran los tragediógrafos, sin embargo, Ángel Hernández cuenta la historia de un marica, que es todos los maricas, y esta historia habla del desamor, de la pasión (pathos), del recuerdo, del arrabal y la cultura pop, lo cual marca una diferencia notable con el poemario de Fabre.

 

Antes de hablar más sobre Lxs Olímpicxs es necesario que rescate una observación que me hizo Alejandro Miravete, pues en efecto la poesía marica está sirviendo helenismo desde hace tiempo, baste recordar además de Fabre a Ricardo Rosales con Polirritmia primera: Como Aquiles y Patroclo (2023) y un servidor con Los obituarios de Patroclo (2025), es decir, la poesía marica tiene al menos 4 títulos recientes con temáticas griega, lo cual se podría explicar fácilmente si suponemos que los homosexuales son unos sibaritas, esteticistas y culteranos. Y sí, pero hay algo del mito que trasluce las páginas de todos estos poetas porque nos dice algo de la época en la que vivimos. ¿Son estos momentos que necesiten hombres y mujeres de una sola pieza como lo son los héroes épicos? Tal vez no, pero el mito nos sirve para nombrar algo que no podríamos hacer de otra manera.

 

El mito es útil para la poesía marica en parte porque universaliza lo que durante mucho tiempo fue considerado una anormalidad, una excepción a la norma, y porque los maricas somos reinas del drama. Nos encanta la idea de dioses heridos, de héroes trágicos, de acertijos cuya resolución es imposible como la voluntad del hombre para cambiar su destino. Es en este registro en el que Ángel Hernández desarrolla una pLeer más

El anhelo vengativo en la poesía de Aníbal Malaparte

Por Ernesto Contreras

 

¿Y quién no ama sin esperanza?

¿Y quién no merodea tus cementerios?

¿Quién no goza con ginebra barata?

¿Quién no tomó partido por Lucifer?

 (Delirios Nihilistas, 2023)

 

Como Aníbal Malaparte ha dejado en claro en no pocas entrevistas, él llegó a la literatura por la doble vía de los poetas malditos del siglo XIX y los poetas revolucionarios del siglo XX. En más de un sentido, eso explica tanto la temática como el estilo de su poesía.

Su obsesión por Vladimir Maiakovski también se encuentra documentada en su propia obra. Maiakovski no es solamente un poeta que regaló a Malaparte una forma de entender la poesía relacionada con la iconoclastia y la militancia revolucionaria, sino que también regaló un estilo literario que solo puede ser comprendido al participar en la lucha de clases.

 

La burguesía,

el clero y la policía,

nos criaron con odio y mentiras,

inculcando hasta el cansancio

la idea de que somos prescindibles

¿es una sorpresa, que les devolvamos el favor?

(Conversaciones de odio, 2020)

 

Los poetas escriben sabiéndose de antemano derrotados. Es un conocimiento instintivo para ellos el saber su vida triste y su mala muerte, pero esta sabiduría intuitiva es una irónica melancolía que deviene en resistencia contra un sistema capitalista disfrazado de destino que ha deLeer más

El bufe en la poesía, sobre Dislocación del macho de Mario Frausto Grande

Por Diego Medina

Sucede que el mundo de los hombres está dividido en un complejo sistema de castas, desde los blancos, hegemónicos, ricos e influyentes en la cúspide, hasta los maricas prietos en las antípodas sociales. La intelectualidad marica ha señalado esto de diferentes maneras, desde análisis materialistas dialécticos (pensemos en FHAR), hasta reivindicaciones esteticistas que se regodean en referencias a la literatura clásica y desde luego la literatura que se enuncia como literatura de locas.

 

Sucede que la educación sexual, las políticas de integración e inclusión hoy promueven una clasificación de identidades calcada del contexto del norte global, y aunque términos como queer nos han sido útiles por ser “términos paraguas”, la verdad es que nuestra tradición tiene sus propias categorías, una de ellas es la de LOCA. Uno de sus adeptos más acérrimos fue Pedro Lemebel, quien en Loco afán. Crónicas de Sidario, rechazaba el término gay, porque lo consideraba un término a medida de la fantasía gay de New York, pero alejado de su contexto sudaca. En cambio, prefería usar el término “loca” porque los miembros de la comunidad no estaban ceñidos a una sola experiencia, de tal manera que eran homosexuales, travestis, transexuales, transformistas y sexoservidores. A diferencia de la palabra “gay”, el término loca no construye hegemonías. Y esto lo sabe nuestro autor quien lo cita al inicio de su obra.

 

Hoy la poesía marica latinoamericana habla de jotos, de maricas, de Leer más

Nombrar la semilla y lo indecible de la tierra

Por Aníbal Fernando Bonilla[1]

 

Tras la lectura de Esqueletos (Ediciones Exilio, Colección de poesía Últimos pasos, Bogotá, 2022) intento descifrar cuál es el registro esencial que mueve los hilos textuales. Pruebo con algunos términos que podrían abarcar algún indicio: raíz, tierra, aire. Y, regreso nuevamente, a comprender la sustancia de este poemario incandescente, tierno y tenaz, a la vez. La creatividad escritural de Ángela Briceño (Tunja, Colombia, 1987) se expande en una especie de lienzo lírico que alude a la composición/transposición de la línea versal, para lo cual bucea en las entrañas del Ser.

 

Línea tras línea acrecienta el sentido artístico, más allá de la recomendación tradicional que supone la estructura poética, ya que en esta obra hay una pretendida manera de subvertir el poema, con inteligencia, audacia y mucha imaginación. Líneas, digo, “las primeras líneas blancas”, que van y vienen en la hoja como las propias líneas que guardan el extrañamiento de la vida en la palma de las manos. Precisamente, desde las manos dadoras de ensoñación emerge este artificio que no da tregua ante el flagelo y el dolor. Manos maternales, manos laboriosas, manos ausentes, manos amantes.

 

Exploro el vocablo que sintetice este grito poético, y relievo el tono polifónico que marca un compás constante en el conjunto poemático. El agua, por ejemplo, vendría a resignificar el nacimiento de las ideas, de las cosas, el fluir permanente de lo anhelado y consumado. La fe y el bautismo en las mujeres y hombres de buena voluntad. El ritual de las aguas también es “la marca deLeer más

¿En qué momento una nace deseando el dolor? A flor de piel de Nora Muñiz

Por Ju Ximénez

 

¿Por qué no tienes nombre? Siempre la niña, la niña, la niña. ¿Acaso al no nombrarte se siente menos la comezón en tu piel?

Decidiste que el dolor guiara tu mente, y que en lugar de los brazos de tu madre, te abrazara la sangre. Te arde, te arden los brazos, te arden las piernas, detrás de las rodillas; a veces duele tanto estar viva y no hay una manera de rascarse la existencia, en cambio, tú la has encontrado de algún modo. El dolor te da el mismo placer que un instante de felicidad, quizá te rascas buscando el consuelo que nadie puede darte.

 

¿En qué momento una nace deseando la sangre?

Mira tus brazos

Tus piernas

Tus dedos

Mira el cúmulo de piel

La sangre que está goteando

¿En qué momento una nace deseando el dolor?

 

No dejes que tu humanidad se escape por la piel que se desprende de tu cuerpo.

¿Por qué guardas las costras de los otros?,  ¿Crees que así puedes tener lo que te falta? Leer más