‘‘Lila in Extremis’’

 ‘‘Me maquillo para esconder el gris hongo que me crece’’[1]

 

Por Laura V. Medel[2]

 

‘‘Verde, dónde te encuentras?

En qué rincón de la ciudad gris

te levantas con sueño?

 

Y a dónde voy?

 

Verde, contéstame eso’’

 

Ana María Rodas[3]

 

Pensar la ciudad. Sentir la ciudad. ¿Cuántas formas de sentipensarla son posibles? Si tan solo calculamos la cantidad de personas que a través del tiempo la han habitado (ya sea un domingo de paseo en Chapultepec o toda una vida en alguna de sus colonias), pudiera responderse que cuantas formas infinitas de árboles hay.

En mi última visita a la Ciudad de México, específicamente a la colonia Centro, posé mi atención sobre su arquitectura; iba con intención de fotografiar aquellos detalles que coronan las cumbres de los edificios, esos que solo pueden verse en un ejercicio de vuelco celeste de la mirada. Tal ejercicio terminó siendo también contemplación del verde de las copas frondosas, pero aplastadas, de árboles encontrando su límite en el roce con las fachadas grises de los edificios: el fenómeno de la yuxtaposición entre la actividad humana y la naturaleza. Ahí comenzaron mis sentipensares intencionados con respecto a la ciudad.

Coincidía por aquellos días el hecho de haber estado leyendo a Tita Valencia[4], entre los meses de abril y mayo. Un mes de abril de primavera-viacrucis (probablemente de los años ochenta o noventa), en una suerte de ejercicio de diálogo con los árboles de la ciudad, la escritora comienza a cartografiar espacio-temporalmente, en específico, a las jacarandas del Centro. El resultado: El trovar clus de las jacarandas. Publicado en 1995 por la Universidad Nacional Autónoma de México, este poema de aliento extenso, análogo a la dimensión característica de los grandes árboles, es la expresión de un sentipensar en el que se explora la relación entre historia, naturaleza —o lo que yo llamaría dendrología[5] poética— y la ciudad. En el prólogo a su libro, Tita se pregunta —y nos pregunta— con cierta angustia: ¿qué sería de la Ciudad de México si sus árboles mueren? (Valencia, 19Leer más

Criaturas que no redimen: un vistazo al bosque de Pequeñas leyendas

Por Ivannia Victoria Marín Fallas[1]

 

Fuera, fuera ojos, nariz y boca.

Y en polvo te conviertes y,

a veces, en imprudente y oscuro recuerdo.

Blanca Varela

 

Pequeñas leyendas (Taller Rural, 2025), de Félix Alejandro Cristiá, es una compilación de relatos donde lo aparentemente inamovible —la calma, la rutina de la vida cotidiana— comienza a resquebrajarse, permitiendo que el caos se filtre hasta disolver toda certidumbre. Ese caos emerge cuando lo conocido se vuelve extraño, cuando los márgenes del mundo se desdibujan, se confunden los sentidos y los personajes experimentan la desposesión de sí, absorbidos y transformados por fuerzas que exceden las suyas.

Uno de los núcleos más inquietantes y sugestivos del libro es la representación de la naturaleza como una potencia predatoria. Lejos de funcionar únicamente como artífice de encanto o como víctima, lo natural aparece también como entidad que somete sin piedad, ajena a cualquier patetismo humano y a los valores trascendentes que suelen pretender distinguir el bien del mal. Entre estas presencias se advierten figuras zoomorfas que amenazan el orden humano, así como espíritus del agua, fuerzas implacables o seductoras imágenes convocadas por duendes y seres del bosque. Todas ellas conforman un folclore latinoamericano atravesado por ecos antiguos, que generan una tensión fascinante, la atracción hacia aquello que no puede ni debe poseerse, lo que hiere no sólo por su capacidad de daño, sino por la belleza rebelde —a veces grotesca— de ciertos personajes femeninos que se deleitan en la evasión, el ejercicio de su voluntad y su resistencia.

Desde hace mucho tiempo, la representación cultural de la mujer se ha enmarcado, muy frecuentemente, en la subordinación a una masculinidad que rige entornos violentos y competitivos. Tal principio se manifiesta en dos polos que conviven dentro del mismo imaginario narrativo, por un lado, lo femeLeer más

“Antología” la miel como verso femenino

Por Diana Peña Castañeda[1]

 

Entre la flor y el mundo, la abeja dice: yo muero, pero la miel queda.

Porque en la miel reposa el verano; porque en cada gota el tiempo es infinito; porque en su néctar vibra la danza secreta del pétalo; porque su nobleza limpia la infamia; porque es bálsamo para el peregrino, dulzura sin artificio; porque el vuelo de la abeja es la promesa de que algo del mundo, aunque efímero, solo por un pequeñísimo instante, puede salvarse.

 

La miel parece invisible, pero como pocos alimentos mantiene la pureza de su estado original. En cualquier mezcla de fogón conserva su esencia franca sin imponerse a otros sabores o texturas, por más untuosa que sea la combinación. De hecho, se brinda como un toque final de la receta. Sus hilos dorados, simplemente se dejan caer con delicadeza y al tocar la lengua, desata un estallido de placer.

 

Pero para que se genere esa experiencia sensorial, la miel debe pasar por un proceso, diríase, demasiado perfecto. En medio de la pradera y bajo la luz del sol, la abeja recoge el néctar de la flor para condensarlo en la colmena. En el sentido más sublime, cada momento representa una sagrada comunión entre la vida y la muerte. Violentar ese ciclo es profanar lo divino.

 

Desde esa sacralidad, el verso femenino se ha ocupado de presentar toda esa dulzura en su estado más original. No para domesticarla ni racionalizarla, sLeer más

Después del daño una moderna declaración de odio desde las entrañas de la periferia

Por Diego Medina

 

Hace tiempo debí comentar alguno de los títulos de Bruno Bellmer, mas mea culpa, la tarea se postergó en mi escritorio durante mucho tiempo, en parte por el ajetreo urbano y las tribulaciones propias, pero sobre todo porque no encontraba las palabras adecuadas para hablar de la pluma de Bruno. Resulta que estamos ante una obra cruda, destripada, confrontativa e incómoda y por eso mismo genial y alucinante.

 

En Después del daño se narra la historia del Jordan, un bastardo que muchos desearían mejor no hubiera nacido, él mismo lo ha deseado a veces, pero fiel al instinto de supervivencia el Jordan se sobrepone a las dificultades a través, no tanto del crimen, sino del culerismo. Roba, trafica y se acuesta con su propia hermana, motivo que desencadena la odisea que transforma al Jordan. Pero es imposible sentir compasión por este hijo de puta, no es casual, la pluma de Bruno revela la oscuridad dentro del corazón del lector: somos capaces de desear el mal o, al menos, satisfacernos con la indiferencia ante el dolor de los demás, si lo consideramos merecido.

 

El Jordan también es violado, lo han tratado de asesinar y aun así la compasión o la pena se nos figura uLeer más

Aceitunas en conserva

Un bocado de las Memorias de Adriano en Marguerite Yourcenar

 

Por Diana Peña Castañeda[1]

 

 

Receta:

  • Aceitunas verdes y negras, dos puñados.
  • Romero y laurel, unas ramas frescas.
  • Aceite de oliva, bastante para cubrir.
  • Vinagre de vino, un chorro.
  • Dos dientes de ajo picados.
  • Un toque de pimienta recién molida.
  • Una pizca de sal gruesa.
  • Rayadura de cáscara de limón.

 

Las aceitunas guardan una solemnidad discreta que se descubre en la intimidad sensorial de la mesa. Son prólogo del apetito o epílogo para limpiar el paladar; siempre del lado del vino y del pan estimulan el ánimo y la conversación. Por eso, su preparación es un asunto exquisito que exige cuidado e intención. Escúrralas por completo, en absoluta calma. Hágales pequeños cortes, con suavidad, cuidando de no dañar la pulpa, esto hará que absorban mejor el aderezo. En un cuenco hondo, mézclelas con todos los demás ingredientes, comenzando por los secos. Finalice con bastante aceite. Las yerbas deben ser frescas; antes de agregarlas, suelte una pequeña palmada entre sus manos para que liberen sus óleos. Selle muy bien el cuento. Una vez todo listo, permítales reposar unos días, en un rincón de la alacena, seco y oscuro.

 

Al momento de servir procure rebanadas gruesas de pan rústico, ligeramente tostado para mojar en el aceite perfumado. En cada bocado notará cómo el laurel y el romero despuntan amablemente sus aromas, recordando los luminosos veranos en los que el cuerpo se alarga libremente sobre la arena, se escucha el canto suave de los grillos o se viaja sin rumbo. Y los frutos, lejanos, empiezan a madurar como si respoLeer más

Bellezo de Nuggets Raggs: el memento mori en el cuerpo cuir

Por Diego Medina

 

Hablar de poesía homosexual parece que es hablar del gay trágico, de un capítulo morboso de Mujer casos de la vida real, al menos eso ha pretendido la moral heterocentrista, machiprogre. Si bien es cierto que la tragedia le pisa los talones a la experiencia cuir por su naturaleza anormal, contestaria y rebelde, también es cierto que hay un mito detrás del marica visto desde la perspectiva hetero: no hay putos felices. Digo mito, porque el homosexual se ha convertido en una bestia mitológica que sirve para moralizar a través de la fábula. Así, por ejemplo, en muchos estratos sociales se sigue advirtiendo a los jóvenes que la principal causa del VIH/SIDA es la homosexualidad.

 

            Sin embargo, la cuestión gay es mucho más compleja y diversa. Es cierto que hay muchas prácticas nocivas dentro de la comunidad gay: el sexo sin condón, el uso de sustancias sin conocimientos de reducción de riesgos, el sexo en espacios públicos, con desconocidos, en lugares insalubres, etc. Pero las principales tragedias de la vida homosexual no residen en el ejercicio de su identidad, sino en el rechazo, la marginación y la discriminación estructurales hacia sus personas. Violencias que se suman a las desventajas económicas, sociales y políticas comunes a las mayorías empobrecidas y excluidas de nuestras sociedades latinoamericanas y del sur global.

 

            Lo que hace Rafael García-Godos, a.k.a NUGGETS RAGGS, en Bellezo es una autopsia al mito del marica, ¿qué dolor hay detrás de esa leyenda urbana que habita la palabra marica? Ese el quid de la cuestión homosexual. No nos referimos a las respuestas fáciles. Damos por sentado que hay motivos estructurales, pero ¿de qué está hecha la tristeza gay? Son preguntas que encuentran ecos, que no respuestLeer más

Las hormigas nos regresarán a la tierra

Por Jonathan Mirus

Estefanía Angueyra, Vuelo sostenido, Editorial Pontificia Universidad Javeriana, Colombia, 2024.

 

 

Una de las cosas que como lector me parecen más curiosas es la manera en la que ciertos libros llegan a nuestras manos. Aún recuerdo el episodio “En este pueblo no hay ladrones” de Radio Ambulante, producido por la National Public Radio (NPR) de Estados Unidos en donde se narra cómo una primera edición autografiada de Cien años de soledad (1967) fue robada en la Feria del Libro de Bogotá, en 2015. El libro movilizó todo el país, incluso se amenazó con 20 años de cárcel al ladrón. Finalmente, y como por arte de magia (o de realismo mágico), la policía lo encontró abandonado en una caja en el barrio de la perseverancia. Al final, el dueño donó el ejemplar a la Biblioteca Nacional de Colombia.

De forma menos radical, la búsqueda de libros que realizamos quienes nos interesa gastar nuestro dinero en papel siempre nos lleva por lugares curiosos y a conocer diferentes tipos de personas. Joel Liborio, un personaje de Silao, Guanajuato, me enseñó a “pepenar” libros en todos los recovecos posibles de la ciudad. Por esta misma necesidad literaria, formamos un colectivo para intercambiar, vender y regalar libros en la ciudad de León. Ahora ya no “pepeno” tanto como antes, ahora, por lo general, busco mis lecturas en la virtualidad: desde pequeñas editoriales independientes hasta libros que quizás no me sería siquiera posible pensar que existen. Uno de estos últimos es Vuelo sostenido (2024) de la poeta colombiana Estefanía Angueyra.

Conformado por tres secciones (Reclamo de la tierra, Interior de nácar y Sustancia escasa), el poemario resalta por la fuerza de la voz lírica. La poeta en muchas ocasiones busca nombrar la violencia, aquella que bebe de la naturaleza y que se une a lo humano. En Reclamo de la tierra es más que evidente. Desde un inicio el lector se da cuenta de que las imágenes que propone Angueyra contienen una quietud que va escalando lentamente, hasta llenar el cuerpo del lector: “Cuando muera seré gran alimento / las hormigas me desmembrarán / me repartiré como azúcar” (“Árboles”, p. 19).

Así, como estas mismas hormigas, poco a poco los poemas proLeer más

El fuego de distantes estrellas

Un poemario para rebeldes con corazones de kyber

Por Diego Medina

 

 Y sepan esto, llegará el día en que todas estas escaramuzas y batallas, estos momentos de desafío habrán inundado las orillas de la autoridad de los Imperios y entonces habrá uno de más. Una sola cosa romperá el asedio.

Manifiesto de Nemik

 

Este poemario de Darío González se incorpora a la lírica mexicana como una rara avis que despliega su plumaje épico para extender el universo de Georges Lucas. Decimos rara avis porque el firmamento de la lírica mexicana pecaba de orfandad en cuanto a la ciencia ficción. Afortunadamente esta carencia ha sido bien atendida por el autor. Más allá de las palabras complacientes, El fuego de distantes estrellas se levanta como aquel viejo armatroste que conquistó el corredor de Kessel en doce parsecs para emprender conquistar la galaxia una vez más.

 

Sin duda los conocedores del universo de Star Wars, ya sea a través de las películas, los cómics, las series, las novelas o los videojuegos, reconocerán las afortunadas referencias a esa galaxia muy lejana de la que habla González. Una épica espacial que enfrenta a Jedis contra Siths, a rebeldes contra imperiales y al miedo contra la esperanza. Se habla aquí de la Estrella de la Muerte, de los Banthas, del Episodio IV, de blásters, de la Fuerza y de distantes estrellas. Una orgía de referencias que a pesar de todo no llega al fetiche, por el contrario, el autor reescribe, adapta, reconstruye el universo de Lucas para que el poemario pueda ser leído por feligreses y gentiles.

 

Vibrante, perifrástico y barroco, épico, a fin de cuentas, desde la pluma de González se nos introduce en una guerra a lado de los héroes que lucharon por la libertad y la justicia en una galaxia que no tiene nombre y que podría ser cualquiera, un acierto, ya que de esta manera el autor declara su independencia de su hipotexto, es decir, no estamos frente a un fanfic, sino ante un artificio literario mucho más sofisticado. Hay en este libro imágenes transparentes que logran arrebatar al lector del asiento: “como la verde tiranía”, y casi podemos ver el rayo de la estrella de la muerte caer sobre Alderaan, Jedha o Scariff, o “El cielo, en cambio, sacude su lomo, / esparce su coraza por nuestros sueños rotos” que sucede en medio de una batalla en los cielos, que bien podríaLeer más

Un texto queer raro, sobre Week-end en Zipolite de Armando Gutiérrez

Por Diego Medina

 

Decir solamente que una obra es interesante, pero no atreverse a decir que es bella, nos obliga a reflexionar lo que entendemos por arte. Habría que recordar que lo bello sólo es lo terrible que podemos soportar, como diría Rilke, y que no todo el arte goza de tal monstruosidad. Mas no por eso deja de tener valor artístico. Dicho en cristiano: el alma del arte no es la belleza. Una verdad difícil de tragar por muchos puristas y, sobre todo, por aficionados al arte en cualquiera de sus expresiones.

 

Cuando leí Week-end en Zipolite y otros poemas póstumos me quedó claro que no estaba ante una obra que desbordara belleza, sino ante una propuesta interesante. Sabedor de sus recursos escriturales, Armando Gutiérrez Victoria, cuenta la historia de la muerte de A.G.V. a través de una serie de poemas que pueden dividirse en tres secciones. La primera parte titulada “A propósito de la vida y obra de A.G.V.”  gira en torno al descensus ad inferos de A.G.V. y se hace una semblanza del occiso a través de una serie de poemas que llevan títulos como “Esquela del domingo” y “De un Arcángel que está leyendo esto”.

 

En la segunda parte, titulada “Poemas póstumos y otroLeer más

Una poética en expansión

Hablemos de Mi nombre no es Ícaro de Eriko Stark

Por Diego Medina

 

Cada día me convenzo más de que la vanguardia de la poesía mexicana está en la poesía arropada bajo las seis franjas del arcoíris. Y en la poesía de Balam Rodrigo. Hace un año se publicaba El hombre que no se parecía a un caballo de Eriko Stark, un poemario que sorprendió a muchos, ya que su Divino poemario (2019) no había nacido bajo una buena estrella. Muchos pensamos entonces que Eriko había encontrado su forma de decir las cosas, el color de su voz y no estábamos equivocados.

 

Hoy nos convoca el nuevo libro de Stark Mi nombre no es Ícaro, publicado por la editorial Amatliöque. Nos encontramos ante una poética consolidada, elementos que funcionan como la huella digital de su literatura, altas y bajas propias de esa determinada manera de escribir y estrategias escriturales ya conocidas por sus lectores. Sin embargo, los temas abordados por Eriko gozan de buena salud, pues si bien la experiencia homosexual empapa las páginas de este nuevo engendro poético, encontramos también reflexiones concienzudas sobre la naturaleza de nuestra ciudad y nuestro pueblo. Desde una perspectiva queer, claro está.

 

Antes de hablar de las virtudes literarias de esta nueva entrega, me gustaría señalar algo que me pareció chocante. Primero, una de las secciones titulada “Tepito tenía el corazón” me parece más bien un ensayo dividido en versos. Pudo haber funcionado mejor como un poema en prosa. No entiendo por qué nuestro autor dividió este texto que claramente funciona si se lee a renglón seguido. Incluso me habría parecido más inLeer más