Sobre SUTURAS de Yosselin Islas
Por Martín Rangel Noguez [1]
I. ESCRIBIR O MORIR
Que la mística es “somatización de la fe”, escribe Luna Miguel, mientras piensa al respecto de la obra ensayística de Hilda Doolittle. Somatización de la fe. Esto es: poner cuerpo a la creencia, registrar en la carne el ritmo de las cosas sagradas. En SUTURAS (Burroughs Editorial, 2025), su más reciente plaquette de poemas, Yosselin Islas (Hidalgo, 1996) realiza precisamente esa operación mística al interior del duelo materno. Una visita que se siente como un ejercicio de exploración urbana al interior de una pesadilla de fiebre o una catedral abandonada, embrujada. Su poemario no solo documenta la pérdida de un hijo, sino que transforma esa pérdida en algo que tiene mucho de experiencia visionaria, de conocimiento corporal que sirve de puente con una genealogía antigua: la de místicas, acaso también de curanderas y, me atrevo: de ciertas brujas.
Luna recuerda que para las místicas medievales la escritura no era tanto un tema de elección sino una necesidad imperiosa. Margarita de Oingt lo expresó así: “o escribía o se moría”. Hildegarda de Bingen recibía la orden divina de escribir, y su desobediencia la conducía “directamente al lecho de la enfermedad”. Esta urgencia vital, esta escritura como imperativo corporal, atraviesa cada una de las páginas de SUTURAS. El título mismo anuncia el programa místico del libro: escribir igual a suturar. Como explica Enid Carrillo en la presentación, “palabra a palabra, la poeta une sus tejidos corporales, los limpia de la pus y la sangre seca, los desinfecta. Con hilo y aguja, verso por verso, la autora ayuda a la cicatrización de su herida”. No se trata de una metáfora: la escritura opera aquí como práctica médica, como una suerte de saber ancestral transmitido entre las mujeres que han tenido que aprender cómo reparar lo desgarrado. En “Síndrome del miembro fantasma”, Yosselin explicita:
El poema nace en las vísceras;
hay que removerlas,
hurgar en los extremos,
hallar el órgano intacto,
aquel que aún guarde rastro de vida.
La escritura exige aquí lo mismo que exigía la experiencia mística medieval: una entrega total del cuerpo. “Nos pide ensuciarnos las manos, / el rostro, / el cuerpo entero / para encontrarlo”. El poema no se contempla desde la distancia; hay que “hurgar”, penetrar en la herida, tocar lo que duele. La pregunta final es una invocación, un reto: “¿Quién quiere hurgar primero?”. Como las místicas que abrían su cuerpo al éxtasis doloroso, Yosselin convoca a sus lectores a compartir esa inmersión en la profundidad de la víscera.
II. HERIDA QUE NO CIERRA
Luna Miguel distingue entre el asombro —suspensión filosófica que abre los ojos— y el estremecimiento —experiencia mística que sacude la carne y abre grietas—. El estremecimiento, explica, “tiene que ver con la fe, el misterio”, mientras que el asombro pertenece al orden del conocimiento racional. Las místicas, más que las filósofas, buscan estremecerse: habitar el misterio desde el cuerpo vulnerable/vulnerado. SUTURAS es un libro del estremecimiento. Su materia prima es la grieta que el duelo abre en el cuerpo de la madre: “Soy este pedazo de herida insomne / que vela por la noche, / el humedal que se apodera de los huesos”. Esta herida funciona como espacio místico por excelencia, como umbral entre mundos. En “Síndrome del miembro fantasma II”, la poeta lo enuncia con precisión:
La herida nos precede.
(…)
Hay heridas que no cicatrizan nunca,
heridas que son fecundas.
En el ciclo, la anomalía.
La herida fecunda es una paradoja mística: aquello que debería sanar se convierte en fuente de vida, de visión, de conocimiento. Como las llagas de los santos, como los estigmas de Santa Teresa, esta herida permite el acceso a lo sagrado. Yosselin insiste: “Las heridas deben sanar, dicen, / pero aquí solo sana el que está enfermo; / nosotros solo tenemos el cuerpo a medio hacer”. El cuerpo incompleto, el cuerpo herido, es el único capaz de experiencia mística. Que esa “enfermedad”, sería solo peor la cura. La normalidad, la salud, el cierre de la herida significarían el fin de la visión.
III. CONOCIMIENTO & PERSECUCIÓN
Rob Faure Walker, siguiendo a Silvia Federici, describe en su artículo “A Return to Dreamings: Jung and the Witch Trials” (Revol Press, 2025) cómo las herbolarias medievales “desarrollaban un conocimiento de herbolaria y proporcionaban servicios médicos a la comunidad”. Estas mujeres vivían apartadas, en los bosques, y dominaban especialmente el uso del cornezuelo del centeno (ergot), que “se utilizaba para inducir abortos y hacer el parto más seguro”. El conocimiento sobre el ergot era conocimiento sobre el umbral: cómo atravesar la frontera entre vida y muerte, cómo decidir sobre la gestación, cómo salvar a la madre durante el alumbramiento.
Este saber las volvió peligrosas. Los juicios de brujas, argumenta Federici, fueron necesarios para arrebatar a las mujeres el control sobre sus cuerpos reproductivos. La acusación de “brujería” castigaba precisamente ese conocimiento íntimo, corporal, transmitido entre mujereLeer más→