Sirat: Trance en el desierto

Viaje subsónico por la guerra y la pérdida

 

Por Sergio E. Cerecedo

Oliver Laxe es alguien que desde su origen francés pero radicando en España se nota como alguien de mucho viaje, que busca y conoce países de los alrededores y no conforme con afincarse desde niño y filmar en Galicia, ha estudiado y desarrollado proyectos en Barcelona, Inglaterra y Marruecos, a donde vuelve con esta película en extremo sensorial, por lo que recomiendo verla en una sala de cine, donde podemos tener no solo el discurso argumental si no la experiencia completa que su producción merece.

El inicio de la película es de una plasticidad muy potente, ya que nos muestra desde encuadres muy cerrados y abstractos, la manipulación e instalación de un grupo de bocinas que, en una elipsis con transición sonora muy bien lograda, pasan de ser cajones en un desierto soleado a estar en la noche rodeados de gente en un rave (evento de música electrónica) sonando a todo lo que da. Dentro del éxtasis de la multitud asistente, vemos a un hombre de mediana edad con un niño, repartiendo volantes al público, de esta manera conocemos a Luis y su hijo pequeño, Esteban, acompañados de su perrita han viajado desde España hasta Marruecos buscando a su hija, por algunos indicios y su gusto por la música electrónica, todo en un contexto tirando a distópico en el que las fuerzas armadas están a punto de entrar en lo que parece ser la tercera guerra mundial.

Al acabarse el evento y ser desalojados por el ejército que les ofrece repatriar a los asistentes europeos, Luis decide seguir a uLeer más

Postales de Leningrado: collage para los luchadores ausentes

 Por Sergio E. cerecedo

 

En los años 2000 en gran parte de Latinoamérica se abren muchas puertas de libertad creativa y de expresión en cuanto a temas y periodos históricos que antes hubieran estado vetados, inclusive películas inspiradas en hechos reales como El Violín (Francisco Vargas Quevedo, 2005). Como parte de esto “Postales de Leningrado” se ubica como una película inspirada en hechos personales de la directora Mariana Rondón y las personas que conoció. Rondón actualmente se ha consolidado como una directora socialmente comprometida que ha abordado cuestiones como la identidad de género, las tensiones devenidas por la brecha generacional y ha demostrado un particular interés en las infancias y en su visión del mundo.

 

El relato se desarrolla en los años 60, en una familia variopinta y divertida que realiza los preparativos para recibir el año nuevo haciendo un concurso para ver quien cocina mejor e integrando a los más chicos a la cocina y el trabajo doméstico. Aquí se nos cuelan varios hechos, al constatar como espectadores que los familiares presentes son ancianos, niños y mujeres con hijos; nos damos cuenta que los hombres no están, se encuentran en la guerrilla del lado de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), frente muy ligado a las luchas antiimperialistas y por ende, a Cuba y a Rusia. Ese día vemos el arresto de un miembro de la familia que resulta ser el germen de muchas cosas que salen a relucir en la historia familiar. En lo abstracto, vemos como Teo, uno de los niños es marcado profundamente por ver cómo se sacrifica y limpia a un cerdo antes de comerlo, metáfora poderosísima de la exposición de las infancias a los contextos y hechos violentos.

 

La narración, aunque parece costumbrista y convencional, tiene su primera capa de complejidad ya que vemos las vivencias desde Teo, uno de los niños de esta familia, pero sonoramente tenemos la narración de una pequeña que resulta ser su prima y resulta ser atemporal. Teo es mucho más grande y sus períodos de infancia parecen no coincidir mucho y no se nos aclara cómo él le contó a ella lo sucedido o como se enteró. Por él vemos cómo desde la cárcel los familiares apresados tienen un plan para salir y seguir luchando contra el régimen imperante y, paralelo a esto, cómo han vivido en la guerrilla en las montañas, lo cual es mostrado a través de filmaciones que un Estadounidense que los sigue está realizando, donde se nos muestra la necesidad de vivir en el anonimato ante el peligro de caer en la cárcel y ser torturados y desaparecidos.

 

A pesar de tratar temas serios, la película se permite jugar con los recursos con los que cuenta los hechos, especialmente el abordaje desde un aire infantil, pues parecer que nos Leer más

Itu ninu: semillas de conexión

 Por Sergio E. Cerecedo

 

En las anécdotas con amistades que han migrado, tanto a otros países como a ciudades de la misma nación, por estudios, trabajo o cambio de aires, es común el saber de personas que, a muchos kilómetros de casa, descubren que vienen del mismo pueblo o ciudad, se conocen y se hacen amigos o muchas veces pareja. De entre tanta gente que viene y va elegimos la familiaridad del hogar representada en otras personas, si le aunamos a ello unas condiciones difíciles alrededor, la imposibilidad de volver al terruño y la necesidad , tanto práctica como emocional de no estar solo, encontramos gran parte del germen de esta historia.

 

La directora Itandehui Janssen ha pasado su vida entre los Países Bajos, de donde viene su padre, y la herencia mixteca de su madre, en esta unión de pensamientos y culturas nos trae esta película, filmada en Edimburgo, Escocia, donde Itandehui es investigadora universitaria y hace tiempo planteó una línea de investigación sobre el gasto de recursos y la contaminación que genera la industria audiovisual. En este contexto, la película incorpora lo aprendido en la investigación y se planteó trabajar con el equipo humano y técnico mínimo —por ello Itandehui también asume la dirección de fotografía—, para acometer una narración de ciencia ficción, que curiosamente es un género que casi siempre eleva el presupuesto de las producciones, pero que aquí es abordado de una manera minimalista y puntual en su desarrollo.

 

En un futuro donde la emergencia climática ha rebasado a los países más vulnerables del planeta, la gente ha migrado a países más desarrollados y donde aún encuentra agua y oxígeno en buenas condiciones, ahí, la suerte y las necesidades van a unir a Sofía (Alejandra Herrera), quien trabaja en un centro de reciclaje de tecnología, y a un botánico (Armando Bautista García) que se dedica a injertar semillas y a lograr hacer crecer árboles que ya difícilmente se encuentran en la naturaleza; juntos encuentran que son de la misma comunidad, del mismo país y optan por escribirse cartas en papel en su lengua nLeer más

Análisis de la cinta “Baxter” | Reflexión sobre la domesticación de animales de compañía, o el antropocentrismo

Por Carmina Cardiel

 

“Las relaciones entre humanos y animales deben entenderse como vínculos sociales y afectivos que co-constituyen mundos compartidos, más allá de una visión antropocéntrica

que reduce a los animales a objetos o símbolos.”

Varela Trejo, 2019

 

Baxter (1989) fue dirigida por el francés Jérôme Boivin, quien principalmente ha dedicado su carrera a la pantalla chica; sin embargo, hizo algo que casi ningún cineasta se ha atrevido a llevar a cabo: una película desde la voz de un perro bastante particular que no cae en el cliché de la nobleza y obediencia perfecta para con los seres humanos, como hemos visto en “Lazzy”, “Los 101 Dálmatas” o “Hachiko”.

Boivin nos lleva de la pata del perro a una historia que narra toda su visión con respecto a la humanidad, pero también le da un pensamiento y libre albedrío y desde ahí ya rompe con la idea romántica que asocia la bondad con los animales no humanos.

 

¿La moral es algo natural o es una construcción exclusivamente humana?

Baxter es un perro bull terrier que fue obsequiado como animal de compañía a una anciana solitaria después de ser adoptado en un refugio canino; es decir, en primer plano se observa como el animal, por ser considerado no humano, es visto como “un algo” y no como un ser mamífero y lo que ello supone, que siente y que tiene necesidades; necesidades no humanas, pero quizás sí afectivas y fisiológicas. El director nos deja ver que quizás incluso psicológicas dentro de los parámetros de la pequeña bestia.

El can empieza a desarrollar a través de la ansiedad en consecuencia de su encierro, actitudes feroces y defensivas, pues puede olfatear el miedo. Así es como planea vivir en otra casa y con otra familia hasta que lo consigue, no sin un acto que, de haber sido visto por las personas, podría haberse tachado de ruin y su historia igual no habría sido diferente.

Baxter vive por un tiempo felizmente con su nueva familia, hasta que esta procrea a un bebé que se ve envuelto en situaciones particulares que señalan al can como una amenaza, entonces Baxter encuentra el deseo de estar con humanos que no amen, pero que tampoco le teman. Así es como conoce a Charles, un pequeño fan de Hitler con a penas 13 años, con quien curiosamente hace “match” desde su primer encuentro.

Baxter piensa, observa y desea, pero carece de empatía moral. Al permitirnos escuchar la voz interior de Baxter, el director prácticamente nos obliga a enfrentar una pregunta incómoda, pero muy necesaria en estos tiempos modernos donde la gente dice tener “perrijos y gatijos”: ¿la moral es algo natural o es una construcción exclusivamente humana?

Algo que me parece muy particular en esta trama es que el perro protagonista es de una raza que siempre ha sido considerada como peligrosa para la convivencia humana, de esto podríamos pensar que el director quizás quiso decirnos que ver nuestro reflejo como humanidad, siempre resulta incómodo y qué mejor que tener a quien echarle la culpa, en lugar de asumir nuestra responsabilidad y comportamiento para con los seres que conviven con nosotros.

Una de las escenas más perturbadoras de la cinta es ver cómo la crueldad de Baxter no surge de la nada o del vacío, sino que es construida por los humanos que lo rodeanLeer más

Araya: Los rostros conocedores del recurso natural

Por Sergio E. Cerecedo

 

En estos días en las redes sociales es abrumadora la post verdad y el odio con que mucha información es manipulada con fines políticos, el deseo de ganar y de ver quién opina más alto en lo que concierne a conflictos sociales e internacionales que derivan en lo bélico, nos nubla mucho la visión y nos lleva a veces a no escuchar a quienes lo viven de cerca o a quienes incluso han salido de su país para salvaguardarse. Es por eso que en el tiempo presente me viene la necesidad de levantar los dedos y decir “pidos” como lo hacíamos en la escuela primaria en medio de un juego o partido de deportes para llamar a una tregua, ganas de observar el patrimonio de una nación por lo que su naturaleza brinda pero también por su gente llena de vivencias, anécdotas y evolución constante. Hoy elijo voltear a ver otras batallas y escrituras de la historia: las del cine de Venezuela.

 

Venezuela tuvo una relación muy cercana con México durante la época de Oro de nuestra cinematografía, figuras como Rómulo Gallegos vieron adaptadas sus novelas en co-producciones mexicanas y precisamente la adaptación de obras de teatro y novelas dio mucha tela de donde cortar a la creación cinematográfica de ese país posterior al auge petrolero. Dentro de esta industria y narrativas que se empezaban a cimentar y comenzaban a tejer una identidad con sus convenciones, surge Margot Benacerraf (Caracas, 1947-2024), quien tenía muchas inquietudes sobre la realidad social de su país y sobre el lenguaje. Estudió tanto literatura como filosofía y, posteriormente, cine en Francia.

 

Margot dirigió el cortometraje documental “Reverón”, el cual retrata las anécdotas de un renombrado pintor.  “Araya”, por su parte, se erige como una película con una narrativa menos convencional que las de la época y como la primera que llamó la atención en el mercado internacional llegando a Cannes y ganando el premio FIPRESCI, por ello, a continuación nos adentraremos en su historia, intenciones estéticas y lenguaje.

 

Desde los primeros momentos en los que observamos paisajes naturales, el narrador se esfuerza por no sobreexplicar lo que la imagen está mostrando y aunque a veces lo hace —sobre todo en el segundo tramo cuando acompañamos los oficios y tareas de la gente de la salinera y pueblos aledaños—, su tendencia más bien es la de la reflexión poética y la interpretación reflexiva, así como en la primera parte nos comparte la memoria históLeer más

Monstruo de Xibalba: el multicolor del Más allá

Por Sergio E. Cerecedo

Un viejo amigo que solía ir a trabajar por temporadas en la ahora controvertida Tulum, hace unos 10 o 12 años, me comentaba mucho que vivir en la llamada Riviera Maya podría sentirse como un espejismo, donde todo lo que mucha gente trabaja no se ve, el idioma originario vive marginado y también quien lo habla trata de defenderse de diversas maneras, como un paraíso que existe para los ojos de todos, pero cuyo goce cada vez era más reservado para quien tiene el recurso económico. Por otras personas importantes en mi vida pude percatarme también de las diferencias sociales en las cuales la gente que en los hoteles te atiende con una sonrisa y con atención, fuera de ellos, en su entorno cotidiano, no se siente con la confianza de hablarte si no está el vínculo del intercambio de servicios, ambos mundos permanecen ajenos.

En este contexto, la Riviera Maya ha sido objeto de retratos muy televisivos y vacacionales de la región más propias de la publicidad y del perpetuar esta explotación a lo bello sin una cercanía cotidiana al estilo de vida o las diferencias con otras regiones del país, la directora Manuela Irene lleva su inquietud de trabajar con infancias a la ruralidad de Yucatán, logrando un relato con puntos sumamente interesantes en su primer película, que, dicho sea de paso y como han mencionado directora y fotógrafo, también apostaron por este proyecto bajo la premisa de que hay muy pocas películas clasificación A, ya que las infancias también deben audiover contenidos sobre otras infancias.

Rogelio es llevado a unas vacaciones obligadas por hechos de violencia en su ciudad natal con Eduarda, su Nana, a la península de Yucatán. El discurso de la inocencia como búsqueda, la urbanidad como una burbuja en la cual poco se tiene de referente al pasado de las civilizaciones forman el escenario. Rogelio es alguien que oculta cosas, anda por ahí cumpliendo caprichos y sus amistades no son la imagen de gente idealizada por la nostalgia al estilo del melodrama, sí es un niño con intereses un tanto macabros —como ahora los hay muy de moda por algunas series gringas—, pero que detrás de ello alberga curiosidad y también la soledad del explorador solo con su causa. Las leyendas que sus amigos le cuentan de monstruos y espíritus queLeer más

La mujer de estrellas y montañas

Por Sergio E. Cerecedo

En el 2025, las muestras de películas nominadas al Ariel nos hicieron llegar de forma tanto virtual como en proyecciones en espacios públicos muchas películas de corrida comercial corta que no tuvieron mucha vida más allá de la cineteca y de las personas muy clavadas en su cinefilia y en lo que se está haciendo en el país. Entre ellas nos llegó esta película de Santiago Esteinou, realizada durante cinco años y que es dueña de una poesía algo trágica, significativa y que nos envuelve en un relato importante.

 

En este país que tenemos tan de etnias, lleno de zonas, como la antigua Aridoamérica, llena de pueblos a los que la falta de un desarrollo de escritura y registros propios como los que tuvieron las civilizaciones de Mesoamérica, hay —sin romantizar— mucho conocimiento del ser y las culturas que quedó perdido en el tiempo. Así, en diversos momentos de la película se nos recuerda que este no conocer el contexto, origen y sustento de esas creencias, acciones y tradiciones, desde los remedios caseros hasta la cosmogonía, lleva a las personas que no son de una cultura hegemónica a la marginalidad, a la incomprensión, tal como es el caso de Rita y muchas personas más.

 

Rita, fue una mujer rarámuri que como tantas personas en la era pre internet y de la época en la que esta red aún no era de un usLeer más

Análisis de la cinta “Carrie” | Sobre la socialización del desprecio a los cuerpos femeninos

Por Carmina Cardiel

“Mis pasiones, concentradas en un solo punto,

se parecen a los rayos de un sol reunidos por una lupa:

prenden fuego inmediatamente a cualquier objeto que encuentran a su paso.”

Marqués de Sade, Juliette

 

 

Carrie (1977), rodada por el aclamado director estadounidense Brian De Palma, conocido por grandes rodajes como Cara cortada, Ojos de serpiente, Vestida para matar y Los Intocables, entre otras, está basada en una novela de Stephen King, lo cual es de llamar la atención, pues, como se ha mencionado en esta columna, el terror casi siempre etiqueta a personajes femeninos marcados como “lo tenebroso”. Este es el caso de la adolescente Carrie White, a quien hoy toca desmenuzar desde el lente violeta.

 

El castigo de los cuerpos femeninos

Recuerdo haber cumplido a penas 11 años cuando mi primer periodo llegó, esto marcó mi vida a pesar de que en casa ya me habían hablado sobre ese momento “biológico y natural” que toda chica experimenta. Sin embargo, a pesar de que en casa todo el tiempo se me despojó de prejuicios con respecto a los cambios de mi adolescente cuerpo, el día que sucedió lloré mucho porque ciertamente había un miedo interiorizado desde el exterior de casa: “me iba a convertir en mujer”.

¡De qué diablos hablan! ¿Qué significa ser mujer entonces? Como yo jamás tuve muñecas, seguí jugando el resto de mi vida con lo que se pusiera en frente y pudiera divertirme, hacerme aprender y entretenerme ¿Por qué el hecho de que pudiera ovular tendría que suponer una demarcación en mi vida? Pues así fue. Recuerdo que los consejos de la familia externa y amistades “cercanas” (tías, primas más grandes, las abuelas, las madrinas, las amigas de mamá y papá) me decían que ahora debía cuidarme, que ya no podía usar faldas ni shorts porque a partir de eso yo podía crear vida ¿A caso esa idea no es aterradora a los 11 años cuando tú sigues mirando bichitos y revolviendo la tierra con shorts puestos en un parque bajo un cielo azul?

Las faldas y vestidos siempre me gustaron en la infancia, pero a partir de ese momento, los pantalones se convirtieron en una especie de cuidado, como un cinturón de castidad, como “un refugio contra la mirada de los hombres”. Hasta que cumplí 26 años volví a ponerme faldas y vestidos y dejéLeer más

La idea de un lago: Ordenando el álbum de las imágenes difusas

Por Sergio E. Cerecedo

 

Hace un tiempo me decía un amigo fotógrafo que uno de los lugares comunes a la hora de elegir un tema para realizar una película documental es el registro de la vida y testimonios de algún familiar que está perdiendo la memoria. Y es que sí, la inquietud por la memoria propia, familiar, social y estructural que podemos tener desde antes, pero que sobre todo pega a nuestros tiempos, es la base y motor emocional de muchos relatos. Así, igual que en “Abrir Puertas y ventanas” (2012), Milagros Mumenthaler (Buenos Aires, 1977) indaga aquí en la construcción de esa memoria propia, en la identidad creadora de imágenes y que a su vez busca lo que le falta a través de imágenes físicas que puedan reestructurar un poco de su mente y su vida presente.

 

La premisa nos lleva a la actualidad de Inés, una fotógrafa en camino de la publicación de su primer fotolibro; se está separando de Pablo en términos cordiales, y en esos iguales términos lleva su embarazo con la consigna de criar al bebé en camino juntos pero separados, se acompañan en lo relacionado con el cuidado de éste, pero ya sin ser pareja. Inés, su hermano Nicolás y su madre llevan una relación con subidas y bajadas, en un entorno de una desaparición nunca aclarada del padre y con la llegada de una posible solución forense a la incógnita del paradero, pues su desaparición se dio en los setentas durante conflictos políticos. La relación de los tres adquiere nuevos matices y los lleva a una confrontación personal respecto a lo añorado del pasado, lo no tan bien recordado y qué papel tendrá en el presente, si se conservará o se irá como en una venta de garage.

 

La historia brinca entre los pasados de la infancia y adolescencia de Inés y Nicolás y por ende la adultez temprana de su madre, sus estancias en una casa de campo con los primos y con el pLeer más

Te doy mis ojos: la entraña detrás del golpe

Por Sergio E. Cerecedo

 

Muy a menudo con los dramas en cine, televisión, radio, novela y demás narrativas sucede la interrogante de por qué se sigue hablando de ello, además no falta quien, al describir la trama de un audiovisual al respecto, asegure que es algo de “La Rosa de Guadalupe”, dejando en evidencia los lugares comunes, y sin voltear a ver al enfoque, la forma, el planteamiento y la manera de verlo. “Te doy mis ojos” de la española Icíar Bollaín ganó en su tiempo 6 premios goya por su dirección, guion y actuaciones; y aunque es una película que vi muy joven, ha ganado con los años por su forma que, dentro de lo que el tema lo permite, desafía la obviedad sobre los maltratos, entrega personajes tridimensionales e indaga en la ira y el miedo humanos como detonadores de una violencia destructiva. El maltrato al interior de las familias y los núcleos sociales se sigue dando y, en palabras de una persona cercana, “por eso necesitamos muchos días conmemorativos al año que nos recuerden que debemos luchar contra la violencia”.

 

En sus primeros años de carrera, Bollaín fue conocida por su trabajo como actriz más que por el de directora en sus primeros años, pues cuando tenía 15 fue la protagonista de la hermosa “El sur” (Víctor Erice, 1983), y siguió actuando en otras como “Nos miran” (Norberto López Amado, 2002) y Rabia (Sebastián Cordero 2010). Pero es a partir de que se propone realizar un estudio de la obra del cineasta social británico Ken Loach y lo sigue al rodaje de “La canción de Carla” que empieza su formación como directora. En 1995 se estrena su ópera prima “Hola, ¿Estás sola?”, y para 1999 sorprende y gana el premio de la crítica en Cannes con  “Flores de otro mundo”, la narración de un peregrinar de tres mujeres de diferentes nacionalidades donde hablaba de la identidad femenina y las migraciones del caribe a España.

 

Dentro de esta filmografía, “Te doy mis ojos” fue su tercera película y la de mayor éxito crítico hLeer más