La crítica social como denuncia; su efecto destructivo y constructivo

Imagen tomada de Mexicanos sin Fronteras 

Por Irving Garnelo Pérez[1]

garneloperezirving@yahoo.com.mx 

El presente artículo tiene la intención de exponer la necesidad que la realidad nos exige de sobrepasar la crítica, esa que se puede interpretar como crítica social, pues en cierta medida se ejecuta para hacer una demanda que puede llegar a tener un motivo legítimo. Si bien en el ámbito del periodismo se han hecho una serie de críticas referentes a todos los cambios que se suscitan por la administración de uno o varios partidos políticos, lo cierto es que pareciera que se sigue una tendencia ―que con el anterior sexenio era necesaria― que resulta ser una crítica social que pone de manifiesto los efectos caóticos y violentos de la impunidad y la injusticia.

En el gobierno del sexenio anterior no solo no se tuvo la capacidad administrativa de resolver varios conflictos generados por la corrupción, sino que en todo caso se resaltó una alianza entre grupos criminales y funcionarios corruptos que eran y son parte del gobierno del PRI. Frente a ello surgieron varias críticas, algunas para señalar a funcionarios corrompidos, otras para resaltar a aquellas minorías que han sido afectadas por las nulas políticas del Estado mexicano, otras para subrayar errores que se tenían al momento de procesar una ley o reforma, y otras para ser la voz de los grupos sociales oprimidos y violentados tanto por grupos delictivos como por las mimas autoridades.

En esos años, tales críticas en el ámbito del periodismo, pero también en otros, se formularon buscando, principalmente, ser una denuncia de las consecuencias dadas por la nula injerencia o por formulaciones de acciones políticas deficientes o bien de un sistema capitalista neoliberal que se señalaba y se sigue señalando como el generador de pobreza, desigualdad, violencia y una desmoralización en la sociedad. Todas esas críticas  aluden a que son denuncias sociales que se dan en los medios de comunicación, las cuales principalmente se formulan para poderlas compartir con el público que son grupos (mayoritarios o minoritarios según sea el caso) de la sociedad civil.Leer más

De pasajes y paseos comerciales, políticas públicas e intenciones subyacentes

Foto tomada de: Diario octubre

Por Ximena Cobos Cruz 

Estos meses de júbilo, descontento, incertidumbre, críticas prematuras y algunas acertadas es necesario hacer ejercicios profundos de memoria, no sólo pensando en que la memoria histórica es una de las grandes ventajas de los pueblos para no repetir errores y construir hacia el futuro. En ese sentido, hacer consciencia de las calles que transitamos en lo cotidiano, reparar en cómo las habitamos, mirarnos en ellas en perspectiva es reconocer o no cambios en las prácticas sociales de uso del espacio, lo cual sirve mucho en el análisis y crítica tanto de políticas como de acciones gubernamentales.

El Centro Histórico de la Ciudad de México es un espacio que guarda un simbolismo ligado a la identidad nacional por su naturaleza arquitectónica, la cual “reúne los testimonios de seis siglos (del XV al XX) de historia”[1], además de que en él convergen la presencia de tres Méxicos: el prehispánico, el colonial y el independiente[2] Esa huella histórica facilita la consolidación de discursos oficiales que promueven una idea de mito fundacional en dicho espacio y que extienden su valor mediante la protección de sus edificios, pretendiendo resguardar la memoria viva de la construcción de la nación, baste conocer que “de los 4200 edificios del centro, más de la tercera parte están catalogados como monumento histórico”[3]. Aunado a esto, su centralidad, como punto de partida del trazo de la ciudad, le suma importancia y lo convierte en el único centro de referencia a nivel social y político[4]. En ese sentido, como lo explica Monnet[5], al transformar el mito en discurso de propaganda y arrojarlo al campo de la lucha social se puede conseguir que sea un instrumento de movilización, por lo que, de acuerdo con Soltero, la razón de finalizar marchas o campañas en el Zócalo está en capitalizar su valor simbólico[6].

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La soberanía como herramienta de liberación: la propuesta de Venezuela

Imagen: «De Guevara a Chávez» por Bein Hein

Por Alonso Mancilla

Estados Unidos es uno de los pocos países hegemónicos, por decirlo de una forma políticamente correcta, pues el poder ha mitificado el concepto imperio, que no es otra cosa que pasar por encima de los otros Estados soberanos para conquistarlos y subordinarlos, ya que los extorsiona, amenaza y sabotea. No es nuevo que utilice a Juan Guaidó como herramienta para interceder “divinamente” en asuntos nacionales de Venezuela, pasó en México muchísimos años, por ejemplo, con la firma del tratado “McLane-Ocampo”, que sirvió para que el presidente Benito Juárez fuera reconocido por los Estados Unidos y para derrotar, con ayuda Yanqui, a los conservadores mexicanos que estaban en guerra (civil) con los liberales; por su parte, el presidente Porfirio Díaz cedió las aguas transfronterizas a Estados Unidos con la celebración del tratado de aguas, el cual dejó en gran desventaja a México; también utilizando a Díaz, se presentó el periodo de expansión, pero esta vez de forma económica, es decir, por medio de “fomentar las inversiones estadounidenses en este país y así lograr una paulatina y gradual integración económica de México a Estados Unidos (Herrera, 2011: 170), incluso, para 1910, Norteamérica había invertido en México 45% del total de las inversiones hechas en toda América Latina; en tanto, en 1923, Álvaro Obregón firmó los tratados de Bucareli para que Estados Unidos reconociera su gobierno como oficial, lo que significó un retraso en desarrollo por 30 años. No hablemos de la integración de México al Banco Mundial, a la OCDE, al FMI y la firma del Tratado de Libre Comercio.Leer más

A propósito de Venezuela

Por Stephanie Tania Fernández Ojeda

Filóloga y estudiante de Derecho.

stfo10@gmail.com 

 

En la serie de Netflix Salvados, el reportero Jordi Évole realiza dos entrevistas al expresidente de Uruguay, José Mujica, en una de ellas —y sólo para parafrasearlo— menciona que cada vez que la comunidad internacional pretende “salvar” o “ayudar” a un país que tiene una forma de gobierno dictatorial o lo que ellos creen que es dictatorial o abusivo, las cosas empeoran.Leer más

¿Por qué aún no es legítima la confrontación del EZLN?

Foto: El subcomandante Marcos y el presidente López Obrador en 1996, en San Cristóbal de las Casas. (Del libro “La mafia nos robó la presidencia”).

Por Alonso Mancilla

Para hablar del Ejército Zapatista de Liberación Nacional nunca es tarde, menos ahora que las críticas al actual presidente, además de necesarias, se han vuelto constantes. Empero, la confrontación que hace el EZLN al nuevo presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, aún no puede ser legítima, porque este grupo no ha sabido construir un sistema de alianzas de clase que le permita ponerse al frente y posicionarse como el camino a la transformación de la sociedad. Leer más