El peligro de no soñar juntas o de por qué 300 mil mujeres negras marcharon en Brasilia

Por Ana Hurtado

Para la RMMAD.

Llegamos desde tierras distantes, algunas incluso, cruzando más de un país. Orígenes bien diversos y trópicos que nos atravesaban a todas, sin importar nuestro lugar en el mundo. No podemos escapar de esos trópicos, de esas líneas invisibles que traspasan nuestros cuerpos, nuestros territorios y nuestro presente, que ya es ancestral.

Llegamos para escucharnos, para hablar, para reír, para sostener una imaginación política y reconocer que aspiramos a una vida que sea gentil con nosotras, porque hay cierta mentira en pensar que las cicatrices y los rastros de dolor son los hilos que nos unen. No es cierto. Los hechos atroces nos permiten encontrarnos. Entonces pienso que el dolor es un eufemismo de la utopía que describía Galeano, esa que se mantiene en el horizonte y sirve para seguir andando. La asociación entre dolor y utopía fue resultado de la mezcla entre reflexión y conmoción tras reconocer que, históricamente, las mujeres negras hemos sostenido mundos complejos, enfrentando un despojo constante de posibilidades y aparentemente condicionadas al desgaste, al sufrimiento, a la tristeza y por consecuencia, a la muerte. Y sin embargo seguimos combativas.

Poco más de 300 mil mujeres negras de todo el mundo caminamos juntas el 25 de noviembre del 2025 por la Explanada de los Ministerios en Brasilia, Brasil. Fue una convocatoria global y un acto histórico, cuyo objetivo central fue unir voces para demandar el Buen Vivir y la Reparación Histórica a los efectos colaterales del racismo. A esta caminata le antecedió una jornada intensa de diálogos y actividades planeadas para la sanación y la construcción colectiva. Espacios donde el debate culminaba con risas y fugacidades amorosas, y no de aquellas que idealizan la convivencia y la congelan en un momento irrepetible, no. ErLeer más

Primer aniversario de “Con Q mayúsculas”

5 Lecturas recomendadas para cerrar el año

 

Por Diego Medina

 

Este año se cumplió un año de “Con Q mayúscula”, columna en la que hemos reseñado algunas obras destacadas de reciente publicación, donde también hemos dado cobertura a sucesos importantes que atraviesan a la comunidad LGBTTTIQ y donde hemos denunciado el genocidio en Palestina. ¡Qué linda es la ingenuidad de quien escribe por amor a la vida! Cuando empecé a escribir esta columna semanal no imaginé que mis palabras llegaran tan lejos, sin embargo, ha sido lindo ver cómo estas impresiones atraviesan latitudes y corazones.

 

Para nadie es sorpresa que ha habido períodos en que no se han publicado reseñas, esto se debe principalmente a la falta de tiempo, entre la universidad, la literatura, el trabajo y los proyectos, no me he dado abasto. Agradezco a los autores que han compartido las reseñas de sus obras, a Ximena Cobos quien ha tenido a bien facilitarme un espacio en Enpoli para hacer este ejercicio. Abrazo también a los lectores y a los amigos, que son casi sinónimo.

 

Por un breve momento pensé en abandonar definitivamente este trabajo, por momentos me desanimó la hostilidad del mundo editorial y cultural con la literatura LGBTTTIQ, por momentos también me reconocí incapaz de la titánica labor de leer todo lo que hace falta leer (hay tantas lecturas queer y tan buenísimas), también pensé que de todas maneras hay personas que ya se dedican a esto y lo hacen mejor que su servidor, pero luego de respirar hondo y poner los pies en el suelo la verdad toca a mi puerta: no hay esfueLeer más

Mientras hablar sea gratis

“Hija de madre soltera”

 

Por jaazia

 

Recientemente vi un reel o un tiktok en instagram, que explica por qué la frase “hija de madre soltera” tiene un machismo de fondo, desarrolla su argumentos con puntos interesantes y que, hasta cierto punto, comparto. Habla de hacer énfasis en la irresponsabilidad del padre, de honrar el trabajo de la persona que se hizo cargo de dos, la justicia lingüística y de cómo el feminismo nos pide nombrar el mundo de forma justa.  

Hasta acá, todo bien. Pudo ser un reel más, un reel menos, en mis horas desperdiciadas en la plataforma, esperando generar un pico de dopamina o qué sé yo. Pero no, no fue así. No sé si porque habla de un tema que me toca personalmente, de temas que conozco profundamente o simplemente estaba premenstrual, pero me generó una clase de incomodidad y conflicto, aun cuando comparto (de nuevo, hasta cierto punto) su punto. Conforme pasaron los días, lo platiqué con mis amigas, lo charlé con mi mamá, lo pensé y resultaron algunos esbozos de ideas.

Estamos acaso en la era de la literalidad, entiendo que regresamos a explicarlo todo de nuevo (como lo dije en la columna anterior), pero es real que tenemos que llegar al punto tal en el que tenemos que decir las cosas así de claras: hija de padre ausente. Primero, quizá una cosa de la edad, pero para mí siempre fue bastante claro que cuando se hablaba de madre soltera existía una relación directa a la ausencia del padre, cualquiera que fuera la causa. Incluso, como fue pasando la vida y una se adentra al feminismo, me di cuenta que de hecho todos los padres medio que son ausentes, los papás no existen son las mamás. El trabajo de crianza, educación y cuidados ha sido, históricamente, feminizados o relegados a las mujeres (quizá por eso la mayoría de los varones quieren tener hijos, pero ese es tema para otra columna).

Esto me hace pensar también que estamos en un momento en el que tenemos la retención y la atención por los suelos, no por nada en las películas y series comerciales repiten el plot una y otra vez, pero de nuevo ¿de verdad llegamos a esto? Nuestra capacidad de pensamiento crLeer más

La idea de un lago: Ordenando el álbum de las imágenes difusas

Por Sergio E. Cerecedo

 

Hace un tiempo me decía un amigo fotógrafo que uno de los lugares comunes a la hora de elegir un tema para realizar una película documental es el registro de la vida y testimonios de algún familiar que está perdiendo la memoria. Y es que sí, la inquietud por la memoria propia, familiar, social y estructural que podemos tener desde antes, pero que sobre todo pega a nuestros tiempos, es la base y motor emocional de muchos relatos. Así, igual que en “Abrir Puertas y ventanas” (2012), Milagros Mumenthaler (Buenos Aires, 1977) indaga aquí en la construcción de esa memoria propia, en la identidad creadora de imágenes y que a su vez busca lo que le falta a través de imágenes físicas que puedan reestructurar un poco de su mente y su vida presente.

 

La premisa nos lleva a la actualidad de Inés, una fotógrafa en camino de la publicación de su primer fotolibro; se está separando de Pablo en términos cordiales, y en esos iguales términos lleva su embarazo con la consigna de criar al bebé en camino juntos pero separados, se acompañan en lo relacionado con el cuidado de éste, pero ya sin ser pareja. Inés, su hermano Nicolás y su madre llevan una relación con subidas y bajadas, en un entorno de una desaparición nunca aclarada del padre y con la llegada de una posible solución forense a la incógnita del paradero, pues su desaparición se dio en los setentas durante conflictos políticos. La relación de los tres adquiere nuevos matices y los lleva a una confrontación personal respecto a lo añorado del pasado, lo no tan bien recordado y qué papel tendrá en el presente, si se conservará o se irá como en una venta de garage.

 

La historia brinca entre los pasados de la infancia y adolescencia de Inés y Nicolás y por ende la adultez temprana de su madre, sus estancias en una casa de campo con los primos y con el pLeer más

“Creatura” Pan rústico de frutos silvestres, queso y nueces

Inspirado en Frankenstein de Mary Shelley

 

Por Diana Peña

 

“Comí algunas bayas que encontré en los árboles o esparcidas por el suelo, calmé mi sed en el riachuelo y me volví a dormir.” (Fragmento Frankenstein de Mary Shelley)

 

El viento desciende por las empinadas montañas, susurra despacio en la intimidad del bosque encendido por las hebras del invierno. Roza los árboles con un temblor leve, sus copas sueltan un silbido que hace eco en las piedras para caer en la suavidad del último pétalo aferrado al tallo. En el fondo del valle, la corriente del río murmura sus secretos debajo del hielo. Pareciera que un pequeño mirlo le escucha porque su canto, brevísimo, le sigue. Sobre el paisaje, la noche se alarga en el incipiente centelleo de estrellas.

 

Adentro, en la cabaña, el fuego de la chimenea abriga al anciano que toca guitarra sentado junto a la ventana; ayuda a la mujer que organiza los platos de la cena; en un rincón tararea una melodía, mientras un joven repara una herramienta. El calor se siente vigoroso como si cada resplandor sostuviera todo ese mundo que afuera cae vasto y frío.

 

El instante parece la natural secuencia de la vida. Pero para la creatura, que apenas empieza a habitar el mundo es la revelación que reposa entre el espíritu y la carne. La belleza existe, está frente a él, le rodea. Entonces, no puede más que admirar cada cosa que surge ante sus ojos como un niño cuando descubre su primera verdad. Siente alegría con la música de los animalitos en el bosque que él aún no puede igualar.  Se maravilla con el agua del cristalino arroyo donde encuentra vida y puede calmar su sed. Los árboles son sombra, refugio, comida.

 

Durante sus primeros días, su vida la orienta la necesidad. Aunque su ser proviene de materia muerta, está hecho de carne y hueso; su organismo son músculos, tejidos, nervios, un sistema digestivo que funciona. Descubre que el alimento le permite respirar; entiende, sin saberlo, que el hambre es la sensación más básica para sostenerse en la vastedad del mundo. Así, antes que cualquier emoción o pensamiento, comer es el primer impulso.

 

Al principio comerá las bayas y raíces que encuentra en el camino, beberá el agua que le ofrecen los manantiales. Se sentirá complacido porque lo mínimo le ha sido dado. Un día devorará el desayuno de una familia: pan, queso. Buscará un montículo de paja para descansar. Ha aprendido que el cuerpo necesita recomponerse porque la energía se desgasta rápidamente.

 

El gusto que aflora en su boca le revelará que es mejor la leche que el vino. Al mirar y probar, descubrirá que el fuego ennoblece la comida. Los alimentos asados son más sabrosos que las bayas que recoge, dirá. Y a partir de pequeños ensayos, como resulta obvio en las artes del fogón, encontrará que las nueces y raíces tienen mejor sabor cuando entran en contacto con el fuego. No así las bayas que se estropean, pero las prefiere sobre otras opciones que le brinda la naturaleza.

 

Luego, aprenderá que el alimento no es solo sustento físico, sino razonamiento. Comprenderá que robar comida, aunque genere bienestar en él es sufrimiento para otros. Sentirá beneplácito entonces, con una dieta de vegetales y frutas y excluirá destruir al cordero o a la cabritilla. Lo que la creatura ha interiorizado es la conciencia del daño y del amparo. Esa sensibilidad le despertará el deseo de compartir su mundo con alguien que tenga su mismo interés. “Mi compañera será idéntica a mí, y sabrá contentarse con mi misma suerte. Hojas secas formarán nuestro lecho; el sol brillará para nosotros igual que para los demás mortales y madurará nuestros alimentos.” (Fragmento Frankenstein de Mary Shelley)

 

***

El inicio es un cuenco vacío. La harina cae en pequeñas gotas, silenciosa como la nieve. La mano se desliza suave para formar un cráter en el centro donde el agua, apenas tibia, dulceada con levadura entra en contacto como un soplo de vida. Por eso es necesario que la conciencia de las manos se mantenga limpia para que en ese contacto nazca algo digno y luminoso.

 

Empujar, recoger, girar. La mezcla respira lento, se pega a la piel, resiste, luego cede.

Empujar, recoger, girar. Se siente tibia, vulnerable.

Empujar, recoger, girar. La masa está lisa como un guijarro de río.

 

Hay que dejarla reposar. Un instante cargado de misterio porque debajo del paño que la cubre no se sabe qué sucede, se intuye apenas porque crece sola, suavemente, sobre sus propios pliegues, acomodando cada partícula a la miga. Entonces se hincha, se redondea. No tiene prisa, si algo ha aprendido es que nada brota en pleno invierno.

 

Con un poco de miel, el fuego transforma las bayas en un caramelo espeso y brillante, y las nueces, abiertas al filo del cuchillo son pequeños corazones, algo ásperos, algo salados. El queso se deshace en pequeños cubos. Todo en conjunto es una plegaria de sabores que se riega por la masa como la dicha cuando está cerca del alma.

 

Luego, el contacto con el fuego hace que la masa se torne crujiente por fuera y esponjosa por dentro. El olor llena la casa. El ambiente se siente amoroso como una promesa suave y profunda. Al llevar un trozo a la boca, el cuerpo sabe que está experimentando el acto más bello, a la vez primitivo de transformar lo simple en refugio.

 

Eso es lo que la creatura busca, un resquicio tibio donde pueda existir sin miedo. Aprendió los rituales humanos: la noche es para dormir, el día para moverse; a cuidar del otro, aunque sea un extraño; a encender el fuego para mantener el abrigo; a limpiar, a cantar; que la familia es al tiempo, promesa y dolor. Se ha maravillado con la belleza del mundo. Cada aroma, el toque de la brisa, la aspereza de la leña, el pan que leva, el abrigo del fuego, todo en conjunto es para él un delicado orden que le deslumbra, pero del cual está excluido.

 

El rechazo del mundo no es por lo que hace, sino por lo que es. Un ensamble de retazos sin historia ni bendición que comienza con Víctor, su creador, su primera negación. El mundo lo abomina y ese sentimiento ajeno lo condena a mirar la vida solo, desde el otro lado de un vidrio empañado. Aprende entonces que el dolor congela y agota; que cuando la ternura se vuelve imposible, solo queda el odio.

 

“…Entré en una de las mejores casas; pero apenas si había puesto el pie en el umbral cuando unos niños empezaron a chillar, y una mujer se desmayó. Todo el pueblo se alborotó; unos huyeron, otros me atacaron hasta que, magullado por las piedras y otros objetos arrojadizos, escapé al campo. Me refugié temerosamente en un cobertizo de techo bajo, vacío, que contrastaba poderosamente con los palacios que había visto en el pueblo…” (Fragmento Frankenstein de Mary Shelley)

 

Mary Shelley, lo concibió en una noche de tormenta, lo dotó de sensibilidad para mostrar que incluso la belleza más preciosa de las cosas que nos rodean puede resultar insoportable cuando el mundo no te reconoce como suyo. Allí, en esa grieta, empieza la tragedia de aquello que llamamos humano.

 

 

 

La luz a través del prisma: el blanco, entre la luz y las sombras

Por Diego Medina

 

Estamos en las vísperas del fin de año y como todos los años las agencias de noticias hacen un repaso de los eventos más importantes del año, se comparten los wrapped de Spotify y Pantone ha anunciado el color del próximo año. Esto ha hecho que se susciten acaloradas discusiones, no sobre el genocidio en Gaza, ni sobre el intervencionismo yankee y el vergonzoso premio a la paz que la FIFA le dio a Trump, sino sobre el papel simbólico de la selección de Pantone. Algunos influencers sugieren que esto puede ser un guiño a la estética old money, a las tradwifes, al cleanlook y, desde luego, al ascenso de las utlraderechas, las cuales también son ultra conservadoras. Una idea interesante y aunque me parece que algo de razón lleva, también me parece que hay en disputa algo más, algo como la idea misma de la luz y el color.

 

Este año Rosalía estrenó Lux, su nuevo álbum. La crítica lo alabó, Björk colaboró en él y se presume como uno de los trabajos más “experimentales” de la española. La portada del disco tiene a Rosalía en primer plano cubierta con un hábito blanco y de fondo, no un azul cielo, sino el azul del cielo. De nuevo el blanco y lo etéreo, lo místico, lo impoluto forma parte del diálogo cromático. Debemos advertir que este álbum gustó mucho a los sectores conservadores de España, quizá por sus referencias visuales o porque la misma Rosalía dedicó este trabajo a Dios.

 

Pantone seleccionó el color blanco Cloud Dancer porque éste representa la renovación, el renacimiento y los nuevos comienzos. He aquí el hecho por el cual escribo hoy. Durante mucho tiLeer más

Te doy mis ojos: la entraña detrás del golpe

Por Sergio E. Cerecedo

 

Muy a menudo con los dramas en cine, televisión, radio, novela y demás narrativas sucede la interrogante de por qué se sigue hablando de ello, además no falta quien, al describir la trama de un audiovisual al respecto, asegure que es algo de “La Rosa de Guadalupe”, dejando en evidencia los lugares comunes, y sin voltear a ver al enfoque, la forma, el planteamiento y la manera de verlo. “Te doy mis ojos” de la española Icíar Bollaín ganó en su tiempo 6 premios goya por su dirección, guion y actuaciones; y aunque es una película que vi muy joven, ha ganado con los años por su forma que, dentro de lo que el tema lo permite, desafía la obviedad sobre los maltratos, entrega personajes tridimensionales e indaga en la ira y el miedo humanos como detonadores de una violencia destructiva. El maltrato al interior de las familias y los núcleos sociales se sigue dando y, en palabras de una persona cercana, “por eso necesitamos muchos días conmemorativos al año que nos recuerden que debemos luchar contra la violencia”.

 

En sus primeros años de carrera, Bollaín fue conocida por su trabajo como actriz más que por el de directora en sus primeros años, pues cuando tenía 15 fue la protagonista de la hermosa “El sur” (Víctor Erice, 1983), y siguió actuando en otras como “Nos miran” (Norberto López Amado, 2002) y Rabia (Sebastián Cordero 2010). Pero es a partir de que se propone realizar un estudio de la obra del cineasta social británico Ken Loach y lo sigue al rodaje de “La canción de Carla” que empieza su formación como directora. En 1995 se estrena su ópera prima “Hola, ¿Estás sola?”, y para 1999 sorprende y gana el premio de la crítica en Cannes con  “Flores de otro mundo”, la narración de un peregrinar de tres mujeres de diferentes nacionalidades donde hablaba de la identidad femenina y las migraciones del caribe a España.

 

Dentro de esta filmografía, “Te doy mis ojos” fue su tercera película y la de mayor éxito crítico hLeer más

Análisis de la cinta “Otra ronda” | Sobre el alcohol como dispositivo de socialización

 

 

Por Carmina Cardiel

“Después de la primera copa, ves las cosas como te gustaría que fueran.

 Después de la segunda, las ves como no son.

Y después de la tercera, ya las ves como realmente son.

Ese es el momento más horrible de todos”

–Oscar Wilde

 

 

La filmografía del director danés Thomas Vinterberg es breve en comparación con la de directoras/es que aquí se han dado cita para el análisis de sus cintas; sin embargo, la película de la que hoy hablaremos dista mucho de tramas que tienen como eje central el uso lúdico y recreativo de sustancias y alcohol (Transpoting, Adiós a las Vegas, Rékiem for a dream, Viaje ácido, Se va como humo, Pulp Fiction, Miedo y asco en las Vegas, entre otras) y no por ello es menos recomendable.

Al contrario, luego de su estreno en Cannes edición 2020, Druk/Otra ronda, obtuvo diversos premios como: Mejor película en BFI London Film Festival, Mejor guionista en European Film Awards, Concha de plata al mejor actor en Festival Internacional de Cine de San Sebastián, Mejor director y Mejor película extranjera en 93° Premios Óscar, Mejor película extranjera en 77ª Medallas del Círculo de Escritores Cinematográficos y la Rosa de Sant Jordi a la mejor película extranjera en la 66ª edición de los Premios Sant Jordi.

 

Otra ronda

El alcoholismo es una enfermedad y no un vicio, cuya dependencia al alcohol deteriora la salud física y mental (…) No hay síntomas precisos, pero existen cambios notorios en el comportamiento de la persona. Quien lo padece tiene la necesidad de beber alcohol en cualquier momento y sin control, por lo que puede realizar cualquier actividad a cambio de conseguir alcohol, además de mostrar desinterés por su salud y aspecto físico, apunta el IMSS en su página principal. Sin embargo, una persona que padece de alcoholismo no siempre cumple con estas características, ya que, como toda enfermedad, va en deterioro y, por ende, es gradual.

No toda persona que padece de alcoholismo se ve deteriorada, esto siempre va a depender de la dieta y actividad física y cognitiva que lleve quien lo padece. La Asociación Civil de Alcohólicos Anónimos, institución dedicada al tratamiento psicoemocional no formal de este estigma, ha definido el alcoholismo como algo más complejo, como una enfermedad del alma; por lo que no importan los títulos ni la cartera, el padecimiento eLeer más

La ignorancia como poder: notas sobre el antifeminismo y la manósfera

Por Mikel Armenta López

No hace mucho, el feminismo pasó de ser un fenómeno poco entendido por los hombres a convertirse en el enemigo público número uno, bajo la premisa de que hoy vivimos en una dictadura: una dictadura que mezcla lo feminista, lo woke y un régimen que, según algunos, ya no permite a los hombres “ligar” como antes ni expresarse libremente —aunque se trate de discursos de odio—. Pero la creación de un enemigo no ocurre de la noche a la mañana: se construye desde diversos frentes, principalmente desde páginas o grupos de la manósfera, cuya fórmula del antifeminismo parece infalible.

Por ejemplo, el youtuber Jota Red Pill asegura que el feminismo debe combatirse a toda costa, pues —según él— promueve la “extinción” de la familia como institución social y nacional, dejando de lado modelos no tradicionales de familia: familias homoparentales, familias elegidas, familias sin padres (en muchos casos) o sin madres, e incluso familias con otros miembros no humanos como compañeros, entre otras.

¿Qué es el antifeminismo? Son ideas y narrativas que cuestionan el feminismo desde el negacionismo y la victimización masculina. La filósofa Renata Salecl, en su libro Pasión por la ignorancia, se pregunta: ¿qué elegimos saber y por qué? Si bien durante mucho tiempo hemos centrado la atención en el binomio saber/poder, hoy la relación ignorancia/poder merecer la misma atención.

Es cierto que los hombres nos vemos expuestos: el feminismo ha interpelado de manera contundente los pilares de una sociedad patriarcal diseñada desde la masculinidad. Esta sacuLeer más

‘‘Lila in Extremis’’

 ‘‘Me maquillo para esconder el gris hongo que me crece’’[1]

 

Por Laura V. Medel[2]

 

‘‘Verde, dónde te encuentras?

En qué rincón de la ciudad gris

te levantas con sueño?

 

Y a dónde voy?

 

Verde, contéstame eso’’

 

Ana María Rodas[3]

 

Pensar la ciudad. Sentir la ciudad. ¿Cuántas formas de sentipensarla son posibles? Si tan solo calculamos la cantidad de personas que a través del tiempo la han habitado (ya sea un domingo de paseo en Chapultepec o toda una vida en alguna de sus colonias), pudiera responderse que cuantas formas infinitas de árboles hay.

En mi última visita a la Ciudad de México, específicamente a la colonia Centro, posé mi atención sobre su arquitectura; iba con intención de fotografiar aquellos detalles que coronan las cumbres de los edificios, esos que solo pueden verse en un ejercicio de vuelco celeste de la mirada. Tal ejercicio terminó siendo también contemplación del verde de las copas frondosas, pero aplastadas, de árboles encontrando su límite en el roce con las fachadas grises de los edificios: el fenómeno de la yuxtaposición entre la actividad humana y la naturaleza. Ahí comenzaron mis sentipensares intencionados con respecto a la ciudad.

Coincidía por aquellos días el hecho de haber estado leyendo a Tita Valencia[4], entre los meses de abril y mayo. Un mes de abril de primavera-viacrucis (probablemente de los años ochenta o noventa), en una suerte de ejercicio de diálogo con los árboles de la ciudad, la escritora comienza a cartografiar espacio-temporalmente, en específico, a las jacarandas del Centro. El resultado: El trovar clus de las jacarandas. Publicado en 1995 por la Universidad Nacional Autónoma de México, este poema de aliento extenso, análogo a la dimensión característica de los grandes árboles, es la expresión de un sentipensar en el que se explora la relación entre historia, naturaleza —o lo que yo llamaría dendrología[5] poética— y la ciudad. En el prólogo a su libro, Tita se pregunta —y nos pregunta— con cierta angustia: ¿qué sería de la Ciudad de México si sus árboles mueren? (Valencia, 19Leer más