La luz a través del prisma: el blanco, entre la luz y las sombras

Por Diego Medina

 

Estamos en las vísperas del fin de año y como todos los años las agencias de noticias hacen un repaso de los eventos más importantes del año, se comparten los wrapped de Spotify y Pantone ha anunciado el color del próximo año. Esto ha hecho que se susciten acaloradas discusiones, no sobre el genocidio en Gaza, ni sobre el intervencionismo yankee y el vergonzoso premio a la paz que la FIFA le dio a Trump, sino sobre el papel simbólico de la selección de Pantone. Algunos influencers sugieren que esto puede ser un guiño a la estética old money, a las tradwifes, al cleanlook y, desde luego, al ascenso de las utlraderechas, las cuales también son ultra conservadoras. Una idea interesante y aunque me parece que algo de razón lleva, también me parece que hay en disputa algo más, algo como la idea misma de la luz y el color.

 

Este año Rosalía estrenó Lux, su nuevo álbum. La crítica lo alabó, Björk colaboró en él y se presume como uno de los trabajos más “experimentales” de la española. La portada del disco tiene a Rosalía en primer plano cubierta con un hábito blanco y de fondo, no un azul cielo, sino el azul del cielo. De nuevo el blanco y lo etéreo, lo místico, lo impoluto forma parte del diálogo cromático. Debemos advertir que este álbum gustó mucho a los sectores conservadores de España, quizá por sus referencias visuales o porque la misma Rosalía dedicó este trabajo a Dios.

 

Pantone seleccionó el color blanco Cloud Dancer porque éste representa la renovación, el renacimiento y los nuevos comienzos. He aquí el hecho por el cual escribo hoy. Durante mucho tiLeer más

Análisis de la cinta “Frankenstein” | Sobre la importancia de nombrar la visión femenina en la literatura moderna  

Por Carmina Cardiel

 

Recientemente se estrenó en la plataforma digital más popular en LATAM y algunos cines independientes, la última obra maestra —dicen— de Guillermo del Toro: Frankenstein. La crítica le ha dado grandiosos créditos por el maquillaje y porque Quizá no sorprenda que Guillermo del Toro sea el primero en querer sacar a la creación de los sótanos del horror bizarro (…), pero demuestra su interés por humanizar el horror, llevándolo por un camino más cercano a la fantasía. Señala la Revista Rolling Stone, pero ¿Estos créditos verdaderamente habrían sido posible ser añadidos a Del Toro sin la mente creadora de su autora? ¿Por qué nadie habla de Mary Shelley como la alquimista del horror humano y quien vio como centro de partida y llegada a la humanidad?

 

Mary Shelley

Marry Wollstonecraft Shelley nació en Londres en 1797 y fue hija de la filósofa feminista Mary Wollstonecraft, autora de Vindicación de los derechos de la mujer. Su padre fue William Godwin, filósofo político y uno de los precursores del anarquismo. Hablar de Mary Shelley supone hablar del mundo basto y complejo de ideas en el que la novelista fue socializada.

El hogar de Mary era un lugar donde entraban constantemente escritores, científicos, reformistas y extranjeros politizados. Esto marcó su educación, pues aprendió a pensar críticamente desde niña. Creció leyendo literatura filosófica más que textos escolares y ella no acudió a la escuela; su “salón” fue su casa, la herencia de su madre y de su padre. A pesar de que su padre constantemente estaba más preocupado por cubrir deudas que de ser un padre presente, Mary estuvo marcada por las ideas de su madre, quien creía en la educación igualitaria, la libertad sexual y la autonomía de las mujeres.

Mary siempre sintió un rechazo social en medio de una época complicada como lo fue la victoriana, en donde la moral jugaba un papel muy importante dentro del entorno social de la burguesía de la época. Por un lado, estaban en apogeo las ideas revolucionarias francesas: libertad, derechos, secularismo. Por el otro, un fuerte conservadurismo moral tras la revolución francesa, la reacción social contra el radicalismo político, las restricciones severas sobre las mujeres y su rol social, el matrimonio como institución sacrosanta, las nuevas teorías científicas (galvanismo, anatomía, electricidad), y el cuestionamiento de la religión y de la autoridad. Mary creció entre esos dos polos: Educada para ser libre y racional en un mundo que castigaría duramente cualquier conducta “irregular”, y ella era esto último.

 

Cuando Mary inicia su relación con Percy Bysshe Shelley en 1814, rompe con todas las normas sociales: Él era un poeta radical, ateo y casado. Ella tenía 16 años, pero se monta en las alas de la vida para recorrer un camino lleno de dicha y creatividad, aunque también de muerte, aislamiento social y pobreza itinerante.  Este es el contexto justo que la inspira para la creación de —a mi muy personal punto de vista— la mejor novela de ciencia ficción —no ficción— de la historia humana: “Frankenstein”. Un personaje que nos habla sobre la marginalidad humana en medio de un mundo desolador que no es capaz de comprender el fondo del mar del devenir humano, un personaje sin lugar moral en la historia humana, un personaje que nos arroja a la cara el rechazo de la sociedad ante lo “no normativo” o lo anómico, desde un punto de vista sociológico.

 

Frankenstein

Antes de que el positivismo permeara con su rigidez y cuantificación la mirada científica de la investigación social, era común que en las mesas de discusión académica se plantearan temas sobre la condición del alma antes de poner por escrito lo que significa ser humano. Así que la Ciencia, la filosofía y la revolución, fueron el caldo de cultivo donde se creó Frankenstein.

Por otro lado, Mary estuvo marcada fuertemente por la muerte: su madre murió a los pocos días de alumbrarla, antes de que cumplieran tres años, tres de sus cuatro hijos perdieron la vida, su media hermana se suicidó, la esposa de su pareja también se suicidó, varias de sus amistades perecieron antes de los 25 años y Percy, el amor de su vida partió del plano terrenal a los 29 años. La melancolía del personaje principal de la novela no es casualidad, así como no lo es el entorno frío y oscuro en el que se desenvuelve la historia más triste escrita hasta ahora. Pero también es importante mencionar que el personaje no sólo tiene estas características humanas, sino que además atraviesa una profunda reflexión filosófica sobre el Self, la crítica social de la época y, por supuesto, la creación literaria de enorme potencia que la novela supone a través del autodescubrimiento de aquella criatura aterradora.

Mary expone en un cuerpo infrahumano los parches del dolor que azotan al mundo de su época, y es que ¿Qué es la humanidad como entidad sobreviviente al ser humano como individuo y no como un todo? Esa es una pregunta obligada después de leer la novela, pienso. El personaje al que da vida el Dr. Víctor Frankenstein queda expuesto como una cosa, pero jamás como un humano y en este sentido ¡Es monstruoso! Esta sentencia me obliga a repensar entonces: ¿Qué estudiamos los sociólogos y los antropólogos, y quizás los historiadores, si no a este monstruo a disposición del lente científico social partiendo del hecho como cosa?

Sartre tiene una frase que me gusta mucho y se acopla muy bien al análisis de hoy: SOMOS LO QUE HICIERON DE NOSOTROS.  Así pues, es como podemos comprender al incomprendido personaje de Shelley: la humanidad crea todo el tiempo escenarios, ideas, realidades de las que no se quiere hacer cargo una vez que ha visto los resultados, o sea las consecuencias de sus actos.

El monstruo aprende de una familia de campesinos todo lo que debía aprender y que no es complejo, aunque la mente humana siempre lo ve así: trabajo, cuidado, amistad, educación, pero sobre todo la carga moral entre el bien y el mal. Él aprende que los cazadores no odian al lobo, ni el lobo odia a las ovejas, sino que hay que aprender a sobrevivir o te van a matar. Esta parte es muy dolorosa porque así se comporta la humanidad. No existe bondad ni maldad, solamente autoprotección ante una amenaza que dura toda la vida: la sobrevivencia. Finalmente, lo único certero en la vida de la humanidad es la muerte. Y es de llamar la atención cómo Shelley tuvo esa capacidad para comprender de manera sensible algo que jamás va a morir mientras la humanidad exista, la consecuencia de ser humanos: El monstruo que creamos jamás perece.

Así pues, es que podemos entender las guerras, el hambre, las descomposición del tejido social, el asesinato, las violaciones, la traición, la condición humana más baja: las pasiones. Nada de eso existe sin nosotros, son meras consecuencias de lo que creamos, de lo que ambicionamos, de lo que creemos que es correcto haciendo caso al impulso, más que a la razón o a las emociones canalizadas.

 

Shelley en la mirada social y luego en la de Del Toro

Casi dos siglos después de la creación de Frankeinstein, llega una mujer que también habla sobre la condición humana de una manera más teórica-política y formal: Hanna Arendt, para quien este término deriva en: 

  • Labor: lo que mantiene la vida biológica.
  • Trabajo: lo que fabrica objetos duraderos, artefactos, “mundo”.
  • Acción: lo que ocurre entre seres humanos en pluralidad: lo político.

En Frankenstein, la creación del monstruo es un acto que debería pertenecer al trabajo (fabricar algo artificial), pero Víctor lo ejecuta como si fuera labor: es algo obsesivo, biológicamente impulsado, sin reflexión ética, casi automático y vomitivo/catártico.

Lo que Shelley muestra es que Víctor confunde los niveles de la actividad humana, exactamente el tipo de confusión que Arendt ve como peligrosa en la modernidad: la técnica invadiendo espacios propios de la acción humana y del juicio político.

El experimento de Víctor, al carecer de un marco de responsabilidad y deliberación (acción), se convierte en la raíz de una catástrofe moral y social. Esto se contrapone con la idea de Arendt sobre la acción humana, cuyas características son: ocurre entre personas, implica responsabilidad ante los otros, depende de la pluralidad, es decir, del hecho de que vivimos con otros y somos vistos por otros. Y bueno, Víctor crea, a partir de su ambición por el reconocimiento fantasmal de su padre, a un ser monstruoso que va más allá de lo humano y lo infrahumano, no se hace responsable social ni moralmente.

Ante estos hechos contrastados, podríamos entonces observar cómo hay cambios en las implicaciones morales y éticas de un siglo a otro en una sociedad de constante cambio como lo es la occidental. Pero también es de llamar la atención cómo esos supuestos cambios se reúsan a la acción y siguen teniendo forma aún hoy, después de transformaciones sociales y siglos de diferencia.

Jamás hay que olvidar que Frankenstein salió a la luz pública bajo un “Anónimo” porque para la época de nuestra adelantada Mary era mal visto que las mujeres escribieran, pues este ejercicio implica acciones moralmente mal vistas para una mujer (incluso a la fecha): juergas, alcohol, risas grotescas y un submundo de las características del mundo de los hombres. Sin embargo, creo firmemente que Guillermo del Toro logró captar la sensibilidad de Shelley y adaptó perfectamente la complejidad de una mente brillante que fue azotada por las limitaciones sociales de su época. Por ello también pienso que finalmente Frankentein no es una obra que denote romance desde la mirada de Guillermo, sino que, por el contrario, el hombre supo sacar a la luz con melancolía lo que es el amor/desamor apartado de un constructo romántico y lo hizo más bien humano.

La mayoría de las adaptaciones que ha tenido la obra siempre vienen de los masculinos, acto que me conmueve y me implica incomodidad hasta cierto punto, pues creo que Shelley gritó con toda la fuerza de sus pulmones cómo se sentía ante tantas pérdidas no sólo humanas, sino auto perceptivas a partir de su época. Fenómeno que con frecuencia ocurre en el mundo de las mujeres.

 

 

 

Bibliografía.

  1. Shelley, M. (1980–1997). The letters of Mary Wollstonecraft Shelley (B. T. Bennett, Ed.; Vols. 1–3). Johns Hopkins University Press.
  2. Fernández, José Luis, (2025), “Crítica: ‘Frankenstein’, de Guillermo del Toro”, en The Rolling Stone, https://es.rollingstone.com/arg-critica-frankenstein-de-guillermo-del-toro/
  3. Arendt, H. (2005). “La condición humana” (R. Gil Novales, Trad.). Paidós. (Obra original publicada en 1958).
  4. Arendt, H. (1961). Between past and future. Viking Press.

 

 

“Highway 61 Revisited”, a 60 años de la obra maestra de Dylan

Por Greta Ortega

 

¿Qué es lo que más caracteriza a Bob Dylan? Por mucho tiempo, Dylan fue visto como un mesías de la música “folk”, pero no precisamente por su habilidad musical, sino por su narrativa. Una narrativa cruda, crítica y, en la mayoría de casos, desafiante.

 

Highway 61 Revisited[1] es sin duda uno de los álbumes más influyentes en la historia de la música y la carrera de Dylan, pero también es la demostración magistral de que Robert Allen Zimmerman no era sólo un poeta con conciencia social que criticaba todo a su paso y aun así era considerado “la voz de una generación”, también es un músico de primera.

 

Desde el primer segundo en este LP, nos topamos con una obra maestra “Like a Rolling Stone”. Considerada una de las mejores canciones de la historia del Rock; esta canción lo tiene todo, la narrativa crítica, cruda, cínica y desafiante tan característica de Dylan, y una musicalización casi celestial, enérgica y extensa. La canción que marcó el fin de una era y el comienzo de otra en la historia de Bob Dylan, que nos habla sobre cómo es tenerlo todo y perderlo todo. Y que lanza una frase como bomba “How does it feel, to be without a home, like a complete unknown, like a rolling stone?”

 

La mayoría de las críticas o los que hablan de este álbum lo ponen como “Like a Rolling Stone y 8 canciones más, ese es Highway 61”, siendo esto no en forma despectiva hacia las demás canciones, sino reLeer más

No soy una bruja

Por Sergio E. Cerecedo

 

Rungano Nyoni nació en Zambia y es una directora previamente formada como actriz en Gales. A lo largo de sus cortometrajes, ha logrado plasmar sus inquietudes alrededor de las creencias y costumbres de las sociedades africanas, las relaciones humanas en estos contextos y concretamente en las infancias y su crecimiento en el entorno de las creencias, clases y jerarquías sociales. Con ésta, su ópera prima, logró abrir diferentes discusiones sobre todo hacia la visión que en el mundo occidental se tiene de los países que durante mucho tiempo fueron parte de ellos.

 

Rungano Nyoni (2017)

El choque entre pensamiento mágico místico y la ejecución de las leyes civiles deja a una niña en medio de una situación que no puede controlar, desde un día que ella se encuentra en una zona rural de Zambia observando a una mujer mientras lleva el agua de un río cercano, la señora tropieza y, posteriormente, la siguiente secuencia nos muestra que la misma mujer acusa de brujería a la niña junto con más de veinte personas en la comandancia de policía, todos mueren por hablar en contra y algunos dicen puras sandeces y subjetividades, pero al final, al permanecer en silencio, se asume que el cargo es cierto y se decide llevarla a una comunidad para que desarrolle su vocación.

 

En el lugar al que la llevan el entorno es parecido al que se da a las reservas de poblaciones originarias en Estados Unidos y Canadá, una organización social donde pueden regirse por sus creencias pero que conlleva también un trato con el gobierno, inclusive hay una canción oficialista sobre las brujas al servicio del Estado y vemos que esto no se reduce solo a estar amarradas con un lazo blanco como un mecanismo de control, sino que taLeer más

Un futuro brillante: el destino de una semilla rara

Por Sergio E. Cerecedo

 

 

Lucía Garibaldi (2025)

En México ha iniciado la temporada de festivales hace un par de meses y es muy bonito presenciar la exhibición de corto, medio y largometrajes nacionales, pero también ver que se cuelan propuestas del Caribe, Centro y Sudamérica. En lo personal, me emocionó ver una propuesta de ciencia ficción, género que casi siempre se piensa como algo necesitado de mucho dinero y de difícil capacidad de verosimilitud si algo no se ve como Marvel, Warner o las grandes casas productoras. “Un futuro brillante” abrió el festival de Guanajuato de 2025 en el teatro Juárez, ante una audiencia que no quedó exenta de sensaciones y de fascinación por una película que le saca la vuelta a las propuestas espectaculares a raíz de una puesta en escena con detalles tecnológicos pequeños pero que están donde tienen que estar y que crean una película muy impresionante.

 

Elisa es detectada con un coeficiente mental alto y recibe una oportunidad de movilidad, estudios y mejor vida a partir de ello; la fuente de oportunidades se ubica en el norte de esta versión futurista (o retro futurista) de Uruguay. Ha habido un cataclismo ambiental atribuido a las hormigas, que ahora son exterminadas en cuanto se ven, los edificios residenciales son sometidos a una infinidad de fumigaciones para mantenerla lejos (es muy estético visualmente el humo verde sobre los edificios durante estas limpiezas). La tasa de natalidad ha bajado y el cliché de “los jóvenes son el futuro” se ha asentaLeer más

Concierto para otras manos: la adaptación física por la vocación

Por Sergio E. Cerecedo

 

En el quehacer del documental cinematográfico hay un consejo muy escondido que quien lo mira como espectador imagina poco su existencia: “ármate de paciencia, porque estas películas son de lento cocimiento”. Y, en lo personal, alguien que se desespera cuidando el hervor de unas papas o zanahorias o en la cola de las tortillas la va a tener muy difícil a la hora de acometer un seguimiento a una historia, región, situación que puede llevar años de ir y venir. En una asesoría, una persona de experticia en la materia te puede mirar fijamente para decir: “Tienes una película de dos años”, y tú decides si te bajas o ahí vas. Pues sobre todo para las personas que hacen ficción es muy difícil aceptar que vas a filmar una historia que probablemente se cuente sola y agarre un camino propio que tendrás que simplemente seguir a momentos.

 

Ernesto González Díaz (2025)

“Concierto para otras manos” tuvo un camino de 5 años para ver la luz desde que inició su filmación, y si bien no es fácil, barato, ni para muchos viable el aguantar a que los momentos lleguen y se hagan filmables, este recuento de vidas y haceres llega a nuestras salas después de haber ganado La diosa de plata en Guadalajara, para traernos un retrato interesante, con un lenguaje cinematográfico sencillo y atento.

 

José Luis González quiso ser pianista, estudió, se esmeró en sus pasiones y lo logró. Al formar una familia, llegaron al mundo sus hijas, quienes siguieron sus pasos estudiando música; y por último su hijo David, a quien desde los estudios de ultrasonido se le vieron diferencias en el desarrollo que no iban por el camino. Conforme nació y fue creciendo se hicieron visibles las diferencias entre un brazo y el otro y la estructura de su rostro, también se hizo patente un problema en los oídos que no le permite escuchar al cien por ciento, sin embargo, el gusto de observar a la familia practicar la música hizo que le llevaran a clases de piano. Sus padres pensaron que hasta donde él llegara sería un camino bueno, pero con todo y la limitante de no poder mover algunos dedos, empezó a participar en concursos y cimentar una carrera como pianista.

 

Al escuchar y ver a David podemos notar una mente abierta, sensible y muy consciente de qué puede y no puede hacer. Durante el metraje le vemos como un habitante del mundo que también crece para ser dueño del suyo, un camino de adaptación y adecuación en una disciplina tan difícil como la música académica o de concierto (o tantas definiciones que pueden parecer imprecisas para el caso), que muchas veces tiene reglas protocolarias de siglos atrás que, en la opinión de muchos, ha hecho que la composición para orquesta haya llegado a un límite. Y es que precisamente el mLeer más

Las margaritas | La libertad multicolor de Věra Chytilová

Por Sergio E. Cerecedo

 

Las vanguardias cinematográficas de los 60´s son, fuera de la nueva ola francesa y el free cinema de Inglaterra, algo que raramente sale de los círculos más eruditos. Es difícil alimentar la curiosidad sobre hechos pasados sobre todo cuando lo que en alguna época fue novedoso ha quedado atrás, y a veces se siente feo, sobre todo cuando uno ve que las innovaciones tecnológicas han hecho sustituibles a las piezas porque, aunque su discurso sea relevante, su técnica no parece novedosa.

 

Hoy en día puede parecer muy fácil con los filtros digitales replicar los efectos visuales y tratamientos de imagen, pero hay que valorar que en varios países del este de Europa hay una tradición importante de dar vida a lo inanimado, ya sea a través de marionetas, fotografías, recortes tipo collage o un sin fin de técnicas que dan otro sentido a la creación de imágenes.

 

En plena efervescencia de cambios políticos que llegarían en muchos lados del mundo a su límite en 1968, la directora checa Vera Chytilova concibe y materializa una de las películas más plástica y sensorialmente audaces que han existido. El resultado puede ser extraño, desigual o difícil de entender, pero a mí me resulta tan disfrutable sin necesidad de comprender o ser certero al interpretar lo que sucede en ella, aunque su contenido y simbolismo por supuesto que merece una interpretación y búsqueda de ello. Aunque Vera no recurre a las técnicas antes mencionadas, como la animación, sino al montaje rápido, las superposiciones de imágenes y algunos filtros de color, su propuesta debe tanto a la visualidad de las artes plásticas de su país como a sus propias inquietudes y a las ganas mismas de romper esos cánones, una contraposición que al día de hoy sigue pareciendo maravillosa, divertida y con algunas líneas argumentales que van más allá del bien y el mal.

 

Dos mujeres de veintitantos años planeando salir a divertirse haciendo las bromas más pesadas, desde coquetear a señores con dinero para que les paguen todo hasta echar mucho desmadre. No es difícil ver, si uno tiene la paciencia, que a menudo en las secuencias hay un lenguaje simbólico entre ellas acerca de las cosas que tienen prohibido hacer, lo que resulta un poco absurdo si nosotros como público no aceptamos la convención de leer entre líneas. A continuación, veremos una serie de viñetas en las cuales siguen con este comportamiento y desparpajo infantil. Veremos a una interrumpir la cita de su hermana con un hombre mucho mayor e importunar al fulano en turno comiendo muchos dulces, preguntando cosas indiscretas y llevando con sus acciones toda la contra a lo que normalmente debía hacer una mujer según el conservadurismo rancio.

 

En el metraje podemos divertirnos mucho con números con música de fondo que en mucho remiten al cine mudo y al clásico de hollywood, pero solo en formalidad, pues es notable cómo Chytilova se sirve de estas formas a grosso modo para después trastocarlas con un sentido político y social muy puntilloso. Alrededor de todo el metraje ronda la pregunta de ¿Qué es la libertad? ¿A dónde vamos con lo que hacemos y a donde llevamos nuestro ser? Estas preguntas se exploran de maneras extremas, no siempre claras y nuevamente con un simbolismo sutil que deriva entre temas como el cuerpo y la sexualidad. La presencia de la comida, el atracón y la saciedad, funcionan como íconos de aquello que la sociedad siempre ha dicho, especialmente a las mujeres, que tomemos con medida.

 

El cambio de filtros de colores dentro de la misma secuencia monocroma a cada cambio de encuadre es de un surrealismo desbordado, divertido y que por sí mismo ya habla de desafiar el lenguaje, la atención, las convenciones del cómo narrar una historia con la estructura aristotélica clásica. Las personas dedicadas al arte en los sesenta cuestionan, destrozan y re estructuran todo aquello que las instituciones que dictan lo que debe de ser el cine. El montaje también está lleno de elipsis entre las aventuras de las chicas en la calle y la convivencia introspectiva que tienen en su casa, dentro de estas pláticas podemos leer muchas preguntas, muchas de ellas de carácter inocente, exploratorio y fuera de cualquier método científico, dando a entender que esta infantilización les ha sido dada por su propia opinión. Cuestionamientos punzantes que, junto con la destrucción de alimentos en una de las secuencias más recordadas, le valió la prohibición a la película durante muchos años.

 

La puesta en escena es curiosa, pues lo expresivo de las actuaciones puede resultar teatral, de artes vivas, sobre todo en lo que a expresión facial y corporal concierne —como en los bailes—, pero el montaje segmenta estas exageraciones, nos regala retazos incompletos de esta realidad. El experimento es notable en varias secuencias, pero especialmente en aquella donde una de las hermanas acompaña a un pretendiente a su casa y el lugar está lleno de mariposas disecadas, el ir y venir de los diálogos y las expresiones faciales es nuevamente reminiscente de la animación stop motion.

 

Hay también en varias ocasiones estampas referentes a las revistas de moda y los figurines, en ellas se entiende una burla a lo que pretende ser el estilo de vida vendido como el ideal para la mujer en esa época. Las escenas donde vemos cuerpos desnudos nos hacen patente esa libertad muchas veces ausente que estas amigas disfrutan y buscan de muchas formas, que casi nunca se dirían correctas.

 

De las sensaciones que recuerdo y han ido evolucionando en mí con cada visionado de esta película es la de tener, como estudioso y practicante del sonido cinematográfico, sentimientos encontrados respecto a la manera de abordar el sonido, hay desde las primeras secuencias unas ganas tremendas de burlarse de la convención y de lo típicamente bien hecho, el realismo en el sonido es sacrificado en pos de un expresionismo rítmico en el cual los personajes realizan varios movimientos que no tienen sonidos incidentales aunque estén en primer plano, pero de repente alguno de ellos lo tiene y esto crea un ritmo con la musicalización o con algún sonido continuo como un reloj, hibridando y confundiendo de una manera interesante entre los sonidos de las acciones (foleys), los efectos, y las mismas notas musicales de la banda sonora. Desgraciadamente no le podemos preguntar a su autora, pero lo plasmado crea una singularidad en la que oímos lo que ella quiere. Lo cual es palpable desde las primeras secuencias. La sonoridad de la película es rara, con música disonante llena de instrumentos de aliento que por momento parecen alarmas, por momentos cantos de gansos. Amorfas, desconcertantes pero que no nos dejan ignorarla.Leer más

La Mirada Materna como Espejo: el arte relacional de Claude Cahun y Marcel Moore

 

Por Janaína Marina Rossi*

 

De la izquierda a la derecha: Claude Cahun y Marcel Moore. Jersey Heritage Trust Collection. 1928. [1]

 

¿Cómo apreciar, ver, una obra artística femenina? ¿Sin contaminaciones hermenéuticas y excesos de ruidos críticos?

Aprendí con el Master DUODA que hay que ver con las entrañas, haciendo “Tabula Rasa” de los prejuicios. Por la práctica nombrada por Carla Lonzi, entiendo desnudarse, deshacerse de los monumentos fálicos de los conceptos e ideas adquiridas, empezar virgen y así, llegar al horizonte de nuestra propia visión original.

Así que empiezo con una pregunta sentida: ¿por qué la obra de Claude Cahun y Marcel Moore me instiga y a una generación de mujeres ubicadas en la monstruosidad femenina, como yo?

Sé que las monstruas me seducen. Así, difícil no partir de mí: mujer que ama mujeres y siempre planteándome, no por mis “derechos”, sino desde el deseo, por la monstruosidad. Yo, quien siempre elijo los márgenes como lugar más cómodo, siguiendo el vuelo de las Arpías que como dice Barbara Verzini: “…están colocadas en el borde del mundo, en el límite de lo que el hombre conoce, de lo que el hombre conoce, ha pisado, ha colonizado y navegado”[2]. Luego, fuera del Patriarcado. Mirándolo de lejos o desde lo alto, sobrevolando, airosas, en gracia y risa clitórica de la decaída del mismo”.

Las monstruas, guardianas de la Diferencia. Siempre en plural en su aparición. Aladas, te raptan, te transportan, extáticamente, hacia su Misterio magnético.

El arte de Cahun y Moore nos rapta. Nos lleva al lugar trascendente de la alteridad que es política de la relación, condición del engendramiento no solo de su obra, sino de todo ser vivo y de todo lo creativo. Aunque los hombres hayan iniciado una tradición donde o se olvidan de Ella (Naturaleza, Mujer, Diosa, como dicho por Luce Irigaray[3]), o se les roba la metáfora y producto de la generación.

Su creación consiste en un juego entre iguales en su diferencia sexual, que a causa de este contexto intercalan e intercambian entre ellas en un diálogo amoroso, erótico, creativo y entretenido, que consiste en un campo experimental de otras estéticas y otras éticas, generando juntas, conjurando, un arte que nos trasporta al mundo de la monstruosidad femenina.

Donatella Franchi afirma que “crear un contexto de relaciones es un verdadero acto creativo y que para una mujer, la relación es un valor en sí[4]. Y está la marca de la diferencia sexual en la obra de estas dos mujeres. Carla Lonzi ha denunciado la visión patriarcal que quiere dibujar el artista como genio solitario: “Yo encuentro abstracto, es decir, no verdadero, irreal, todo ese constituirse de la personalidad masculina como un producir a partir de sí […] existe siempre una relación, un diálogo”.

Claude y Marcel demuestran el gusto femenino Leer más

Las amargas lágrimas de Petra Von Kant

Por Sergio E. Cerecedo

 

Rainer Werner Fassbinder (1972)

Junio es un mes al que la cultura de los últimos 100 años ha aportado fechas más allá de las del santoral, fechas resultado de luchas sociales y recordatorios de empatía, de la necesidad de una lectura activa de la otredad y una convivencia diaria que la lleve a la práctica con quienes consideramos diferentes en creencias, identidad y muchos aspectos más, es un momento para pensar en toda la amplitud de la palabra diversidad.

 

En una escena crucial, la protagonista de la película dice a una amiga cercana que “Puedes compadecer lo que no puedes comprender”, y es precisamente en esta historia de amor y una relación disfuncional entre dos mujeres que la delgada línea entre un concepto y el otro se estudia, con resultados duros, punzantes, difíciles de ver porque se contraponen con muchos de nuestros ideales en la vida, en esas amargas lágrimas que describe el título, dado que empezamos a sentir que fuera de ese mundo opresivo, donde frecuentemente queremos lo que no podemos tener, nuestros sentimientos se desbordan, porque al fin y al cabo, eso compartimos como humanidad

 

La obra de Fassbinder se ha catalogado frecuentemente en el género del melodrama, el director pertenece a la lista histórica de cineastas que filmaron en tiempo récord (41 películas en 14 añoLeer más

La hija como madre en la lengua de la imagen: Ana Casas Broda

Por Kenia Namiliz Salas Peláez

*Este texto fue escrito para el Máster la Política de las Mujeres, Universidad de Barcelona

 

La casa, obra materna, conserva y expande la divinidad de las Tres Madres, origen de la genealogía femenina, origen del cuerpo en el mundo. Ana Silva precisa “Las Tres Madres —abuela, madre e hija— están trenzadas por un hilo de oro irrompible e intocable”.[1] Es así que la relación madre-hija, hija-madre, aquel hilo de oro, constituye la casa materna, que al tiempo teje y protege la obra de la madre; como apunta Luce Irigaray “[…] lo divino se encuentra en la casa, y es la mujer quien lo guarda. Y las madres lo transmiten a sus hijas”.[2] Laura Mercader, con una lucidez extraordinaria, da nombre y por ello una proposición significante —lo que sabemos no es cosa menor— a la relación de las Tres Madres: la casa natal.[3]

La casa natal es el espacio simbólico y material[4] que acontece, y lo ha hecho siempre, en la inmensidad de Amor. Tal es su infinidad que “se mueve, circula, se ondula, se cae, remonta, planea…”.[5] Infinidad que excede al orden masculino. La casa natal hace un desplazamiento preciso para la creación femenina y el cuidado de la grandeza de las mujeres. La entrañable Virginia Woolf lo supo y plasmó en su ensayo Un cuarto propio; quiero decir que pienso el cuarto de Virginia como una analogía de la casa natal, la morada simbólica y material de la libertad femenina. Virginia era plenamente consciente de las perlas que se gestan en la casa natal. Por ello, nos convoca a tener cuidado para no perderla, y con ella, perdernos a nosotras mismas. Nos susurra: cierra las puertas de la casa, revisa que no quede vestigio del orden simbólico patriarcal. Pon atención: “¿No hay ningún hombre presente? ¿Me prometéis que detrás de aquella cortina roja no se esconde un hombre? Somos todas mujeres. ¿Me lo aseguras?”[6]

Virginia incita, sin vacilar —quiero subrayar que no hay temor en su palabra—, a proteger la obra materna del dominio patriarcal, plenamente consciente de que las tradiciones patriarcales despojan a la madre, colocando al hombre en su lugar. Tal conclusión no surge de una supuesta locura, sino de su profunda sabiduría. Pues “con un olvido y un desconocimiento increíbles, las tradiciones patriarcales han borrado las huellas de las genealogías madres-hijas. Hoy en día, la mayor parte de los científicos pretende, a menudo con la mejor fe, que todo esto jamás ha existido, que no es otra cosa que imaginación femenina o feminista”.[7] Esta es la razón por la cual la lectura sobre la locura de Virginia que algunos han propuesto probablemente provenga Leer más