Primer aniversario de “Con Q mayúsculas”

5 Lecturas recomendadas para cerrar el año

 

Por Diego Medina

 

Este año se cumplió un año de “Con Q mayúscula”, columna en la que hemos reseñado algunas obras destacadas de reciente publicación, donde también hemos dado cobertura a sucesos importantes que atraviesan a la comunidad LGBTTTIQ y donde hemos denunciado el genocidio en Palestina. ¡Qué linda es la ingenuidad de quien escribe por amor a la vida! Cuando empecé a escribir esta columna semanal no imaginé que mis palabras llegaran tan lejos, sin embargo, ha sido lindo ver cómo estas impresiones atraviesan latitudes y corazones.

 

Para nadie es sorpresa que ha habido períodos en que no se han publicado reseñas, esto se debe principalmente a la falta de tiempo, entre la universidad, la literatura, el trabajo y los proyectos, no me he dado abasto. Agradezco a los autores que han compartido las reseñas de sus obras, a Ximena Cobos quien ha tenido a bien facilitarme un espacio en Enpoli para hacer este ejercicio. Abrazo también a los lectores y a los amigos, que son casi sinónimo.

 

Por un breve momento pensé en abandonar definitivamente este trabajo, por momentos me desanimó la hostilidad del mundo editorial y cultural con la literatura LGBTTTIQ, por momentos también me reconocí incapaz de la titánica labor de leer todo lo que hace falta leer (hay tantas lecturas queer y tan buenísimas), también pensé que de todas maneras hay personas que ya se dedican a esto y lo hacen mejor que su servidor, pero luego de respirar hondo y poner los pies en el suelo la verdad toca a mi puerta: no hay esfueLeer más

La idea de un lago: Ordenando el álbum de las imágenes difusas

Por Sergio E. Cerecedo

 

Hace un tiempo me decía un amigo fotógrafo que uno de los lugares comunes a la hora de elegir un tema para realizar una película documental es el registro de la vida y testimonios de algún familiar que está perdiendo la memoria. Y es que sí, la inquietud por la memoria propia, familiar, social y estructural que podemos tener desde antes, pero que sobre todo pega a nuestros tiempos, es la base y motor emocional de muchos relatos. Así, igual que en “Abrir Puertas y ventanas” (2012), Milagros Mumenthaler (Buenos Aires, 1977) indaga aquí en la construcción de esa memoria propia, en la identidad creadora de imágenes y que a su vez busca lo que le falta a través de imágenes físicas que puedan reestructurar un poco de su mente y su vida presente.

 

La premisa nos lleva a la actualidad de Inés, una fotógrafa en camino de la publicación de su primer fotolibro; se está separando de Pablo en términos cordiales, y en esos iguales términos lleva su embarazo con la consigna de criar al bebé en camino juntos pero separados, se acompañan en lo relacionado con el cuidado de éste, pero ya sin ser pareja. Inés, su hermano Nicolás y su madre llevan una relación con subidas y bajadas, en un entorno de una desaparición nunca aclarada del padre y con la llegada de una posible solución forense a la incógnita del paradero, pues su desaparición se dio en los setentas durante conflictos políticos. La relación de los tres adquiere nuevos matices y los lleva a una confrontación personal respecto a lo añorado del pasado, lo no tan bien recordado y qué papel tendrá en el presente, si se conservará o se irá como en una venta de garage.

 

La historia brinca entre los pasados de la infancia y adolescencia de Inés y Nicolás y por ende la adultez temprana de su madre, sus estancias en una casa de campo con los primos y con el pLeer más

“Creatura” Pan rústico de frutos silvestres, queso y nueces

Inspirado en Frankenstein de Mary Shelley

 

Por Diana Peña

 

“Comí algunas bayas que encontré en los árboles o esparcidas por el suelo, calmé mi sed en el riachuelo y me volví a dormir.” (Fragmento Frankenstein de Mary Shelley)

 

El viento desciende por las empinadas montañas, susurra despacio en la intimidad del bosque encendido por las hebras del invierno. Roza los árboles con un temblor leve, sus copas sueltan un silbido que hace eco en las piedras para caer en la suavidad del último pétalo aferrado al tallo. En el fondo del valle, la corriente del río murmura sus secretos debajo del hielo. Pareciera que un pequeño mirlo le escucha porque su canto, brevísimo, le sigue. Sobre el paisaje, la noche se alarga en el incipiente centelleo de estrellas.

 

Adentro, en la cabaña, el fuego de la chimenea abriga al anciano que toca guitarra sentado junto a la ventana; ayuda a la mujer que organiza los platos de la cena; en un rincón tararea una melodía, mientras un joven repara una herramienta. El calor se siente vigoroso como si cada resplandor sostuviera todo ese mundo que afuera cae vasto y frío.

 

El instante parece la natural secuencia de la vida. Pero para la creatura, que apenas empieza a habitar el mundo es la revelación que reposa entre el espíritu y la carne. La belleza existe, está frente a él, le rodea. Entonces, no puede más que admirar cada cosa que surge ante sus ojos como un niño cuando descubre su primera verdad. Siente alegría con la música de los animalitos en el bosque que él aún no puede igualar.  Se maravilla con el agua del cristalino arroyo donde encuentra vida y puede calmar su sed. Los árboles son sombra, refugio, comida.

 

Durante sus primeros días, su vida la orienta la necesidad. Aunque su ser proviene de materia muerta, está hecho de carne y hueso; su organismo son músculos, tejidos, nervios, un sistema digestivo que funciona. Descubre que el alimento le permite respirar; entiende, sin saberlo, que el hambre es la sensación más básica para sostenerse en la vastedad del mundo. Así, antes que cualquier emoción o pensamiento, comer es el primer impulso.

 

Al principio comerá las bayas y raíces que encuentra en el camino, beberá el agua que le ofrecen los manantiales. Se sentirá complacido porque lo mínimo le ha sido dado. Un día devorará el desayuno de una familia: pan, queso. Buscará un montículo de paja para descansar. Ha aprendido que el cuerpo necesita recomponerse porque la energía se desgasta rápidamente.

 

El gusto que aflora en su boca le revelará que es mejor la leche que el vino. Al mirar y probar, descubrirá que el fuego ennoblece la comida. Los alimentos asados son más sabrosos que las bayas que recoge, dirá. Y a partir de pequeños ensayos, como resulta obvio en las artes del fogón, encontrará que las nueces y raíces tienen mejor sabor cuando entran en contacto con el fuego. No así las bayas que se estropean, pero las prefiere sobre otras opciones que le brinda la naturaleza.

 

Luego, aprenderá que el alimento no es solo sustento físico, sino razonamiento. Comprenderá que robar comida, aunque genere bienestar en él es sufrimiento para otros. Sentirá beneplácito entonces, con una dieta de vegetales y frutas y excluirá destruir al cordero o a la cabritilla. Lo que la creatura ha interiorizado es la conciencia del daño y del amparo. Esa sensibilidad le despertará el deseo de compartir su mundo con alguien que tenga su mismo interés. “Mi compañera será idéntica a mí, y sabrá contentarse con mi misma suerte. Hojas secas formarán nuestro lecho; el sol brillará para nosotros igual que para los demás mortales y madurará nuestros alimentos.” (Fragmento Frankenstein de Mary Shelley)

 

***

El inicio es un cuenco vacío. La harina cae en pequeñas gotas, silenciosa como la nieve. La mano se desliza suave para formar un cráter en el centro donde el agua, apenas tibia, dulceada con levadura entra en contacto como un soplo de vida. Por eso es necesario que la conciencia de las manos se mantenga limpia para que en ese contacto nazca algo digno y luminoso.

 

Empujar, recoger, girar. La mezcla respira lento, se pega a la piel, resiste, luego cede.

Empujar, recoger, girar. Se siente tibia, vulnerable.

Empujar, recoger, girar. La masa está lisa como un guijarro de río.

 

Hay que dejarla reposar. Un instante cargado de misterio porque debajo del paño que la cubre no se sabe qué sucede, se intuye apenas porque crece sola, suavemente, sobre sus propios pliegues, acomodando cada partícula a la miga. Entonces se hincha, se redondea. No tiene prisa, si algo ha aprendido es que nada brota en pleno invierno.

 

Con un poco de miel, el fuego transforma las bayas en un caramelo espeso y brillante, y las nueces, abiertas al filo del cuchillo son pequeños corazones, algo ásperos, algo salados. El queso se deshace en pequeños cubos. Todo en conjunto es una plegaria de sabores que se riega por la masa como la dicha cuando está cerca del alma.

 

Luego, el contacto con el fuego hace que la masa se torne crujiente por fuera y esponjosa por dentro. El olor llena la casa. El ambiente se siente amoroso como una promesa suave y profunda. Al llevar un trozo a la boca, el cuerpo sabe que está experimentando el acto más bello, a la vez primitivo de transformar lo simple en refugio.

 

Eso es lo que la creatura busca, un resquicio tibio donde pueda existir sin miedo. Aprendió los rituales humanos: la noche es para dormir, el día para moverse; a cuidar del otro, aunque sea un extraño; a encender el fuego para mantener el abrigo; a limpiar, a cantar; que la familia es al tiempo, promesa y dolor. Se ha maravillado con la belleza del mundo. Cada aroma, el toque de la brisa, la aspereza de la leña, el pan que leva, el abrigo del fuego, todo en conjunto es para él un delicado orden que le deslumbra, pero del cual está excluido.

 

El rechazo del mundo no es por lo que hace, sino por lo que es. Un ensamble de retazos sin historia ni bendición que comienza con Víctor, su creador, su primera negación. El mundo lo abomina y ese sentimiento ajeno lo condena a mirar la vida solo, desde el otro lado de un vidrio empañado. Aprende entonces que el dolor congela y agota; que cuando la ternura se vuelve imposible, solo queda el odio.

 

“…Entré en una de las mejores casas; pero apenas si había puesto el pie en el umbral cuando unos niños empezaron a chillar, y una mujer se desmayó. Todo el pueblo se alborotó; unos huyeron, otros me atacaron hasta que, magullado por las piedras y otros objetos arrojadizos, escapé al campo. Me refugié temerosamente en un cobertizo de techo bajo, vacío, que contrastaba poderosamente con los palacios que había visto en el pueblo…” (Fragmento Frankenstein de Mary Shelley)

 

Mary Shelley, lo concibió en una noche de tormenta, lo dotó de sensibilidad para mostrar que incluso la belleza más preciosa de las cosas que nos rodean puede resultar insoportable cuando el mundo no te reconoce como suyo. Allí, en esa grieta, empieza la tragedia de aquello que llamamos humano.

 

 

 

Te doy mis ojos: la entraña detrás del golpe

Por Sergio E. Cerecedo

 

Muy a menudo con los dramas en cine, televisión, radio, novela y demás narrativas sucede la interrogante de por qué se sigue hablando de ello, además no falta quien, al describir la trama de un audiovisual al respecto, asegure que es algo de “La Rosa de Guadalupe”, dejando en evidencia los lugares comunes, y sin voltear a ver al enfoque, la forma, el planteamiento y la manera de verlo. “Te doy mis ojos” de la española Icíar Bollaín ganó en su tiempo 6 premios goya por su dirección, guion y actuaciones; y aunque es una película que vi muy joven, ha ganado con los años por su forma que, dentro de lo que el tema lo permite, desafía la obviedad sobre los maltratos, entrega personajes tridimensionales e indaga en la ira y el miedo humanos como detonadores de una violencia destructiva. El maltrato al interior de las familias y los núcleos sociales se sigue dando y, en palabras de una persona cercana, “por eso necesitamos muchos días conmemorativos al año que nos recuerden que debemos luchar contra la violencia”.

 

En sus primeros años de carrera, Bollaín fue conocida por su trabajo como actriz más que por el de directora en sus primeros años, pues cuando tenía 15 fue la protagonista de la hermosa “El sur” (Víctor Erice, 1983), y siguió actuando en otras como “Nos miran” (Norberto López Amado, 2002) y Rabia (Sebastián Cordero 2010). Pero es a partir de que se propone realizar un estudio de la obra del cineasta social británico Ken Loach y lo sigue al rodaje de “La canción de Carla” que empieza su formación como directora. En 1995 se estrena su ópera prima “Hola, ¿Estás sola?”, y para 1999 sorprende y gana el premio de la crítica en Cannes con  “Flores de otro mundo”, la narración de un peregrinar de tres mujeres de diferentes nacionalidades donde hablaba de la identidad femenina y las migraciones del caribe a España.

 

Dentro de esta filmografía, “Te doy mis ojos” fue su tercera película y la de mayor éxito crítico hLeer más

Análisis de la cinta “Otra ronda” | Sobre el alcohol como dispositivo de socialización

 

 

Por Carmina Cardiel

“Después de la primera copa, ves las cosas como te gustaría que fueran.

 Después de la segunda, las ves como no son.

Y después de la tercera, ya las ves como realmente son.

Ese es el momento más horrible de todos”

–Oscar Wilde

 

 

La filmografía del director danés Thomas Vinterberg es breve en comparación con la de directoras/es que aquí se han dado cita para el análisis de sus cintas; sin embargo, la película de la que hoy hablaremos dista mucho de tramas que tienen como eje central el uso lúdico y recreativo de sustancias y alcohol (Transpoting, Adiós a las Vegas, Rékiem for a dream, Viaje ácido, Se va como humo, Pulp Fiction, Miedo y asco en las Vegas, entre otras) y no por ello es menos recomendable.

Al contrario, luego de su estreno en Cannes edición 2020, Druk/Otra ronda, obtuvo diversos premios como: Mejor película en BFI London Film Festival, Mejor guionista en European Film Awards, Concha de plata al mejor actor en Festival Internacional de Cine de San Sebastián, Mejor director y Mejor película extranjera en 93° Premios Óscar, Mejor película extranjera en 77ª Medallas del Círculo de Escritores Cinematográficos y la Rosa de Sant Jordi a la mejor película extranjera en la 66ª edición de los Premios Sant Jordi.

 

Otra ronda

El alcoholismo es una enfermedad y no un vicio, cuya dependencia al alcohol deteriora la salud física y mental (…) No hay síntomas precisos, pero existen cambios notorios en el comportamiento de la persona. Quien lo padece tiene la necesidad de beber alcohol en cualquier momento y sin control, por lo que puede realizar cualquier actividad a cambio de conseguir alcohol, además de mostrar desinterés por su salud y aspecto físico, apunta el IMSS en su página principal. Sin embargo, una persona que padece de alcoholismo no siempre cumple con estas características, ya que, como toda enfermedad, va en deterioro y, por ende, es gradual.

No toda persona que padece de alcoholismo se ve deteriorada, esto siempre va a depender de la dieta y actividad física y cognitiva que lleve quien lo padece. La Asociación Civil de Alcohólicos Anónimos, institución dedicada al tratamiento psicoemocional no formal de este estigma, ha definido el alcoholismo como algo más complejo, como una enfermedad del alma; por lo que no importan los títulos ni la cartera, el padecimiento eLeer más

La Casa Belleville (Master)

Por Sergio E. Cerecedo

 

No sorprende al investigar sobre las directoras en el cine de horror que las estadísticas las siga encabezando Estados Unidos, que continúa produciendo mucho cine en general a pesar de los problemas laborales que hay dentro de la industria. Y no es de extrañarse que en una nación llena de doctrinas sobre el miedo a lo desconocido, sobre las cuales se cimenta el poder, las instituciones educativas no estén exentas de hechos atroces y cuestiones inspiradas en ello.

 

Esta película recrea un tanto cómo ese microcosmos que son las universidades puede ser opresivo para una persona cuyas condiciones personales y características no son las del sistema que impera. “La casa Belleville (Master)” pertenece a una vertiente del horror que toma los conflictos raciales —contra las personas de origen africano en específico— que empezaron a tener una oleada desde “Get Out” (Jordan Peele, 2017), tanto que este mismo director ha empezado a producir algunos filmes que van porLeer más

‘‘Lila in Extremis’’

 ‘‘Me maquillo para esconder el gris hongo que me crece’’[1]

 

Por Laura V. Medel[2]

 

‘‘Verde, dónde te encuentras?

En qué rincón de la ciudad gris

te levantas con sueño?

 

Y a dónde voy?

 

Verde, contéstame eso’’

 

Ana María Rodas[3]

 

Pensar la ciudad. Sentir la ciudad. ¿Cuántas formas de sentipensarla son posibles? Si tan solo calculamos la cantidad de personas que a través del tiempo la han habitado (ya sea un domingo de paseo en Chapultepec o toda una vida en alguna de sus colonias), pudiera responderse que cuantas formas infinitas de árboles hay.

En mi última visita a la Ciudad de México, específicamente a la colonia Centro, posé mi atención sobre su arquitectura; iba con intención de fotografiar aquellos detalles que coronan las cumbres de los edificios, esos que solo pueden verse en un ejercicio de vuelco celeste de la mirada. Tal ejercicio terminó siendo también contemplación del verde de las copas frondosas, pero aplastadas, de árboles encontrando su límite en el roce con las fachadas grises de los edificios: el fenómeno de la yuxtaposición entre la actividad humana y la naturaleza. Ahí comenzaron mis sentipensares intencionados con respecto a la ciudad.

Coincidía por aquellos días el hecho de haber estado leyendo a Tita Valencia[4], entre los meses de abril y mayo. Un mes de abril de primavera-viacrucis (probablemente de los años ochenta o noventa), en una suerte de ejercicio de diálogo con los árboles de la ciudad, la escritora comienza a cartografiar espacio-temporalmente, en específico, a las jacarandas del Centro. El resultado: El trovar clus de las jacarandas. Publicado en 1995 por la Universidad Nacional Autónoma de México, este poema de aliento extenso, análogo a la dimensión característica de los grandes árboles, es la expresión de un sentipensar en el que se explora la relación entre historia, naturaleza —o lo que yo llamaría dendrología[5] poética— y la ciudad. En el prólogo a su libro, Tita se pregunta —y nos pregunta— con cierta angustia: ¿qué sería de la Ciudad de México si sus árboles mueren? (Valencia, 19Leer más

Criaturas que no redimen: un vistazo al bosque de Pequeñas leyendas

Por Ivannia Victoria Marín Fallas[1]

 

Fuera, fuera ojos, nariz y boca.

Y en polvo te conviertes y,

a veces, en imprudente y oscuro recuerdo.

Blanca Varela

 

Pequeñas leyendas (Taller Rural, 2025), de Félix Alejandro Cristiá, es una compilación de relatos donde lo aparentemente inamovible —la calma, la rutina de la vida cotidiana— comienza a resquebrajarse, permitiendo que el caos se filtre hasta disolver toda certidumbre. Ese caos emerge cuando lo conocido se vuelve extraño, cuando los márgenes del mundo se desdibujan, se confunden los sentidos y los personajes experimentan la desposesión de sí, absorbidos y transformados por fuerzas que exceden las suyas.

Uno de los núcleos más inquietantes y sugestivos del libro es la representación de la naturaleza como una potencia predatoria. Lejos de funcionar únicamente como artífice de encanto o como víctima, lo natural aparece también como entidad que somete sin piedad, ajena a cualquier patetismo humano y a los valores trascendentes que suelen pretender distinguir el bien del mal. Entre estas presencias se advierten figuras zoomorfas que amenazan el orden humano, así como espíritus del agua, fuerzas implacables o seductoras imágenes convocadas por duendes y seres del bosque. Todas ellas conforman un folclore latinoamericano atravesado por ecos antiguos, que generan una tensión fascinante, la atracción hacia aquello que no puede ni debe poseerse, lo que hiere no sólo por su capacidad de daño, sino por la belleza rebelde —a veces grotesca— de ciertos personajes femeninos que se deleitan en la evasión, el ejercicio de su voluntad y su resistencia.

Desde hace mucho tiempo, la representación cultural de la mujer se ha enmarcado, muy frecuentemente, en la subordinación a una masculinidad que rige entornos violentos y competitivos. Tal principio se manifiesta en dos polos que conviven dentro del mismo imaginario narrativo, por un lado, lo femeLeer más

Petite Maman

Por Sergio E. Cerecedo

 

Entre las búsquedas y párrafos que le hemos dedicado a las películas de terror y fantasía con el motivo de la temporada de festejos a los difuntos y de recordar la mitología de nuestros países, quise dar una pausa a manera de bonus track, para ahondar en una película que también aborda el tema de quienes ya no están y de las partes del ser que también se han ido con el tiempo, recordando a la familia como un núcleo de apoyo más allá de los cánones sociales e institucionales y también con el grado de irrealidad que a veces nos gusta tanto enfocado en el deseo de conocer más de nuestros seres queridos con quienes compartimos tiempo limitado.

 

Es notable la primera secuencia donde seguimos a una niña en una habitación de un asilo de ancianos, ella ayuda a la anciana que habita ese cuarto a resolver un crucigrama, después se despide y se mueve al cuarto de al lado a despedirse también de otra señora y así sucesivamente, la cámara la sigue para finalmente llegar a un cuarto vacío donde permanece un momento antes de que su madre, que se encuentra guardando pertenencias de alguien ausente, le diga que tienen que irse. En los primeros minutos ya tenemos una muestra sutil y contundente de la ausencia y el camino para paliar lo que deja en la vida de quienes estaban cerca de ese ser que se ha ido.

 

La abuela falleció, y ahora Nelly y sus padres deben ordenar y escombrar la cLeer más

Análisis de la cinta “Frankenstein” | Sobre la importancia de nombrar la visión femenina en la literatura moderna  

Por Carmina Cardiel

 

Recientemente se estrenó en la plataforma digital más popular en LATAM y algunos cines independientes, la última obra maestra —dicen— de Guillermo del Toro: Frankenstein. La crítica le ha dado grandiosos créditos por el maquillaje y porque Quizá no sorprenda que Guillermo del Toro sea el primero en querer sacar a la creación de los sótanos del horror bizarro (…), pero demuestra su interés por humanizar el horror, llevándolo por un camino más cercano a la fantasía. Señala la Revista Rolling Stone, pero ¿Estos créditos verdaderamente habrían sido posible ser añadidos a Del Toro sin la mente creadora de su autora? ¿Por qué nadie habla de Mary Shelley como la alquimista del horror humano y quien vio como centro de partida y llegada a la humanidad?

 

Mary Shelley

Marry Wollstonecraft Shelley nació en Londres en 1797 y fue hija de la filósofa feminista Mary Wollstonecraft, autora de Vindicación de los derechos de la mujer. Su padre fue William Godwin, filósofo político y uno de los precursores del anarquismo. Hablar de Mary Shelley supone hablar del mundo basto y complejo de ideas en el que la novelista fue socializada.

El hogar de Mary era un lugar donde entraban constantemente escritores, científicos, reformistas y extranjeros politizados. Esto marcó su educación, pues aprendió a pensar críticamente desde niña. Creció leyendo literatura filosófica más que textos escolares y ella no acudió a la escuela; su “salón” fue su casa, la herencia de su madre y de su padre. A pesar de que su padre constantemente estaba más preocupado por cubrir deudas que de ser un padre presente, Mary estuvo marcada por las ideas de su madre, quien creía en la educación igualitaria, la libertad sexual y la autonomía de las mujeres.

Mary siempre sintió un rechazo social en medio de una época complicada como lo fue la victoriana, en donde la moral jugaba un papel muy importante dentro del entorno social de la burguesía de la época. Por un lado, estaban en apogeo las ideas revolucionarias francesas: libertad, derechos, secularismo. Por el otro, un fuerte conservadurismo moral tras la revolución francesa, la reacción social contra el radicalismo político, las restricciones severas sobre las mujeres y su rol social, el matrimonio como institución sacrosanta, las nuevas teorías científicas (galvanismo, anatomía, electricidad), y el cuestionamiento de la religión y de la autoridad. Mary creció entre esos dos polos: Educada para ser libre y racional en un mundo que castigaría duramente cualquier conducta “irregular”, y ella era esto último.

 

Cuando Mary inicia su relación con Percy Bysshe Shelley en 1814, rompe con todas las normas sociales: Él era un poeta radical, ateo y casado. Ella tenía 16 años, pero se monta en las alas de la vida para recorrer un camino lleno de dicha y creatividad, aunque también de muerte, aislamiento social y pobreza itinerante.  Este es el contexto justo que la inspira para la creación de —a mi muy personal punto de vista— la mejor novela de ciencia ficción —no ficción— de la historia humana: “Frankenstein”. Un personaje que nos habla sobre la marginalidad humana en medio de un mundo desolador que no es capaz de comprender el fondo del mar del devenir humano, un personaje sin lugar moral en la historia humana, un personaje que nos arroja a la cara el rechazo de la sociedad ante lo “no normativo” o lo anómico, desde un punto de vista sociológico.

 

Frankenstein

Antes de que el positivismo permeara con su rigidez y cuantificación la mirada científica de la investigación social, era común que en las mesas de discusión académica se plantearan temas sobre la condición del alma antes de poner por escrito lo que significa ser humano. Así que la Ciencia, la filosofía y la revolución, fueron el caldo de cultivo donde se creó Frankenstein.

Por otro lado, Mary estuvo marcada fuertemente por la muerte: su madre murió a los pocos días de alumbrarla, antes de que cumplieran tres años, tres de sus cuatro hijos perdieron la vida, su media hermana se suicidó, la esposa de su pareja también se suicidó, varias de sus amistades perecieron antes de los 25 años y Percy, el amor de su vida partió del plano terrenal a los 29 años. La melancolía del personaje principal de la novela no es casualidad, así como no lo es el entorno frío y oscuro en el que se desenvuelve la historia más triste escrita hasta ahora. Pero también es importante mencionar que el personaje no sólo tiene estas características humanas, sino que además atraviesa una profunda reflexión filosófica sobre el Self, la crítica social de la época y, por supuesto, la creación literaria de enorme potencia que la novela supone a través del autodescubrimiento de aquella criatura aterradora.

Mary expone en un cuerpo infrahumano los parches del dolor que azotan al mundo de su época, y es que ¿Qué es la humanidad como entidad sobreviviente al ser humano como individuo y no como un todo? Esa es una pregunta obligada después de leer la novela, pienso. El personaje al que da vida el Dr. Víctor Frankenstein queda expuesto como una cosa, pero jamás como un humano y en este sentido ¡Es monstruoso! Esta sentencia me obliga a repensar entonces: ¿Qué estudiamos los sociólogos y los antropólogos, y quizás los historiadores, si no a este monstruo a disposición del lente científico social partiendo del hecho como cosa?

Sartre tiene una frase que me gusta mucho y se acopla muy bien al análisis de hoy: SOMOS LO QUE HICIERON DE NOSOTROS.  Así pues, es como podemos comprender al incomprendido personaje de Shelley: la humanidad crea todo el tiempo escenarios, ideas, realidades de las que no se quiere hacer cargo una vez que ha visto los resultados, o sea las consecuencias de sus actos.

El monstruo aprende de una familia de campesinos todo lo que debía aprender y que no es complejo, aunque la mente humana siempre lo ve así: trabajo, cuidado, amistad, educación, pero sobre todo la carga moral entre el bien y el mal. Él aprende que los cazadores no odian al lobo, ni el lobo odia a las ovejas, sino que hay que aprender a sobrevivir o te van a matar. Esta parte es muy dolorosa porque así se comporta la humanidad. No existe bondad ni maldad, solamente autoprotección ante una amenaza que dura toda la vida: la sobrevivencia. Finalmente, lo único certero en la vida de la humanidad es la muerte. Y es de llamar la atención cómo Shelley tuvo esa capacidad para comprender de manera sensible algo que jamás va a morir mientras la humanidad exista, la consecuencia de ser humanos: El monstruo que creamos jamás perece.

Así pues, es que podemos entender las guerras, el hambre, las descomposición del tejido social, el asesinato, las violaciones, la traición, la condición humana más baja: las pasiones. Nada de eso existe sin nosotros, son meras consecuencias de lo que creamos, de lo que ambicionamos, de lo que creemos que es correcto haciendo caso al impulso, más que a la razón o a las emociones canalizadas.

 

Shelley en la mirada social y luego en la de Del Toro

Casi dos siglos después de la creación de Frankeinstein, llega una mujer que también habla sobre la condición humana de una manera más teórica-política y formal: Hanna Arendt, para quien este término deriva en: 

  • Labor: lo que mantiene la vida biológica.
  • Trabajo: lo que fabrica objetos duraderos, artefactos, “mundo”.
  • Acción: lo que ocurre entre seres humanos en pluralidad: lo político.

En Frankenstein, la creación del monstruo es un acto que debería pertenecer al trabajo (fabricar algo artificial), pero Víctor lo ejecuta como si fuera labor: es algo obsesivo, biológicamente impulsado, sin reflexión ética, casi automático y vomitivo/catártico.

Lo que Shelley muestra es que Víctor confunde los niveles de la actividad humana, exactamente el tipo de confusión que Arendt ve como peligrosa en la modernidad: la técnica invadiendo espacios propios de la acción humana y del juicio político.

El experimento de Víctor, al carecer de un marco de responsabilidad y deliberación (acción), se convierte en la raíz de una catástrofe moral y social. Esto se contrapone con la idea de Arendt sobre la acción humana, cuyas características son: ocurre entre personas, implica responsabilidad ante los otros, depende de la pluralidad, es decir, del hecho de que vivimos con otros y somos vistos por otros. Y bueno, Víctor crea, a partir de su ambición por el reconocimiento fantasmal de su padre, a un ser monstruoso que va más allá de lo humano y lo infrahumano, no se hace responsable social ni moralmente.

Ante estos hechos contrastados, podríamos entonces observar cómo hay cambios en las implicaciones morales y éticas de un siglo a otro en una sociedad de constante cambio como lo es la occidental. Pero también es de llamar la atención cómo esos supuestos cambios se reúsan a la acción y siguen teniendo forma aún hoy, después de transformaciones sociales y siglos de diferencia.

Jamás hay que olvidar que Frankenstein salió a la luz pública bajo un “Anónimo” porque para la época de nuestra adelantada Mary era mal visto que las mujeres escribieran, pues este ejercicio implica acciones moralmente mal vistas para una mujer (incluso a la fecha): juergas, alcohol, risas grotescas y un submundo de las características del mundo de los hombres. Sin embargo, creo firmemente que Guillermo del Toro logró captar la sensibilidad de Shelley y adaptó perfectamente la complejidad de una mente brillante que fue azotada por las limitaciones sociales de su época. Por ello también pienso que finalmente Frankentein no es una obra que denote romance desde la mirada de Guillermo, sino que, por el contrario, el hombre supo sacar a la luz con melancolía lo que es el amor/desamor apartado de un constructo romántico y lo hizo más bien humano.

La mayoría de las adaptaciones que ha tenido la obra siempre vienen de los masculinos, acto que me conmueve y me implica incomodidad hasta cierto punto, pues creo que Shelley gritó con toda la fuerza de sus pulmones cómo se sentía ante tantas pérdidas no sólo humanas, sino auto perceptivas a partir de su época. Fenómeno que con frecuencia ocurre en el mundo de las mujeres.

 

 

 

Bibliografía.

  1. Shelley, M. (1980–1997). The letters of Mary Wollstonecraft Shelley (B. T. Bennett, Ed.; Vols. 1–3). Johns Hopkins University Press.
  2. Fernández, José Luis, (2025), “Crítica: ‘Frankenstein’, de Guillermo del Toro”, en The Rolling Stone, https://es.rollingstone.com/arg-critica-frankenstein-de-guillermo-del-toro/
  3. Arendt, H. (2005). “La condición humana” (R. Gil Novales, Trad.). Paidós. (Obra original publicada en 1958).
  4. Arendt, H. (1961). Between past and future. Viking Press.