Por Lizette Sánchez
El frío que entra por la grieta en el techo me despertó. El sonido de los perros ladrando y el gallo de mi papá muy puntual avisaban que el día comenzaba. ¡Clara! ¡Hay que ir por la leche!
Mamá Toña, mi abuelita, había llegado con los hongos recolectados, el té de monte y quelites salidos de la siembra del maíz.
-¡Clara! ¡Niña! Salió el sol. Anda, ve por la leche para preparar el atole.
Salí de la cama de un salto, busqué mis botas negras, no me gustan, son pesadas y me quedan grandes.
-Toma, niña, llena el bote. No olvides darle agua a la vaca. Leer más









