Por Diego Medina
La poesía gay suele hablar del contacto entre hombres en varios registros. Está por ejemplo aquel que nombra lo priápico: la erección y el culo que le rinde culto, la adrenalina, los sitibundos desesperados de leche masculina. Están también los que hablan del trauma sexual: la violación, el incesto, los deseos antisociales. Pero hay un erotismo que habla de estrellas, atardeceres, rompecabezas y hombres que lloran y juegan deportes de contacto; un erotismo arriesgado porque desnuda a los hombres desde adentro. Ésta es la poesía de Israel Nicasio, autor de El punto de donde se ha desprendido el cometa, un poemario de una ternura purísima.
A través de 27 poemas, nuestro autor nos ofrece una perspectiva gay de los hombres que pisan la cancha, que se baten atléticamente en duelo contra sus semejantes, el pináculo del homoerotismo. Sin embargo, su poesía no es la de un sexópata, sino la de un militante de la sensualidad que explora a través de los sentidos: que si el olor del sudor o del suavizante de telas, que si los balones cayendo cual cometas, que si el frío o la “palmada en la espaLeer más


Es dentro de este contexto, que aunque no explora tan a profundidad, pues la película se centra más en las relaciones sociales entre familias y personajes, donde la trama de la ópera prima de David Zonana se desarrolla y enriquece si el espectador conoce estas circunstancias sociales, en las que el albañil Francisco Cruz, introvertido pero buena onda con los cuates y generoso con su familia, ve morir de una caída a su hermano en plena construcción de una casa rica. Aunado a los retrasos en los pagos y abusos del patrón —a uno de los trabajadores le hacen dos veces un descuento por un vidrio roto que ya se cubrió—. Pancho recla





Acercarnos a la obra de Fanny Buitrago supuso una sensación de gozo al descubrir sus estrategias narrativas que suelen romper con lo predecible, lo esperado dentro del desarrollo de las historias. La experiencia de leerla suscita mucha expectativa sobre los cierres de los cuentos, ya que siempre me sorprendieron, y eso como lectora se agradece. Un placer que brota también al notar que hay una apuesta meticulosa por la construcción de una unidad interconectada a profundidad. El vacío fue el punto de partida, no querer sentir lo que me proponía Fanny. Negarme a conectar con lo que ha dolido por su proximidad. Las espinas que atacan desde afuera, que no se parecen a las del amor, no son buscadas y llegan desde el contexto macroeconómico y político. Hay una desesperanza y un constante estar respondiendo a aquellos que llegan y modifican el paisaje. También, a través de sus cuentos, me sentí con la libertad de ser fea desde la libertad de encontrarme yo, de tener el derecho a ser protagonista desde este cuerpo, desde esta piel y con este sexo, porque Fanny entrega personajas en las que podemos mirarnos más allá de que esto sea una frase hecha, utilizada ya con ligereza frente a nuestro encuentro con autoras. Sus personajas no son esperpénticas, solo son, ocurren con sus cuerpas algunas veces grandes, de las que Fanny decide hacernos ver su tambaleo.
En esa misma línea, desde que leo a mujeres tengo el deseo de encontrarme personajas siendo protagonistas en las historias. Aunque no aparecen tan palpables en los primeros cuentos, me dio mucha alegría leer a mujeres fuertes guardianas de sabiduría y memoria. No sé si es el objetivo de Fanny, pero su obra también me despierta una especie de rabia histórica con lo que cuenta, y lo cierra perfecto con lo que yo interpreto como una justicia también de carácter histórico. Entonces, leerla deja una sensación de tristeza, es como leer lo que ha pasado a lo largo del tiempo desde el colonialismo y lo que está sucediendo en la actualidad; Fanny nos muestra el desastre que provoca el capitalismo y del que muchas veces no nos damos cuenta. Así, el trabajo de Fanny como autora, en Bahía Sonora, nos muestra una memoria colectiva e histórica, y lo que según es el progreso, a costa del despojo. En ese sentido, sus posicionamientos políticos están presentes en todos los cuentos, en unos más patentes que otros, pero siempre allí. Dejándonos ver quién es ella en torno a la colectividad en donde creció. Para mí como lectora es importante saber de dónde par




Desde el centelleo de sus fogones como si se tratase de una liturgia sagrada dispone los ingredientes, afila presurosamente los cuchillos, rectifica sabores, se relame los dedos. Un vals estridente de medianoche avisa que la mesa está servida. Abre las puertas del gran salón, la luz de las lámparas ondea, los comensales se sientan. Cada cosa en su lugar. Su risa se retuerce entre los hilos del mantel. El Diablo no solo está vivo, es un exquisito gourmet y Rosemary, metáfora de la inocencia, su invitada especial.
“Sin señas particulares” es contada con un marco formal que poco tiene que ver con el melodrama clásico del cine nacional y más con el thriller criminal y con unas connotaciones sobre el lado oscuro del espíritu humano que elevan la narrativa a un nivel aberrantemente real.
En El Lector ocurre algo más o menos parecido, pero con muchas más interrogantes éticas y morales al medio. Hanna y Michael se conocen en 1958 cuando la segunda guerra mundial había terminado. Una tarde de lluvia él enferma en la calle y ella le brinda ayuda y lo acompaña hasta su casa. Michael ya recuperado acude al edificio donde la mujer vivía para agradecerle; sin embargo, lo que parecía que podría ser una relación fraternal, termina convirtiéndose en un verano apasionado entre el regazo de lecturas y el calor de una pasión prohibida por considerarse en nuestros tiempos como pederastia, debido a los 21 años de diferencia que existe entre ambos.